lunes, 29 de marzo de 2021

Manual de geografía fantástica.

 


Oklahoma 148 es la dirección de la casa donde pase mi infancia y adolescencia, los textos de esta colaboración tienen que ver con esos años y las reflexiones que hago 40 años después.

En Dakota había una tlapalería. En Pensilvania una taquería, una tortería, una farmacia, una verdulería y un enorme tobogán. Las bicicletas las reparábamos en Rochester. Nueva York siempre cosmopolita albergaba un restaurante polaco y una tienda de productos japoneses cuando no se había popularizado el sushi y un día a la semana un mercado sobre ruedas que va de Georgia a Alabama.

Mi primera escuela estaba Georgia y después me cambiaron a otra que aún existe en Alabama donde terminé mis años preescolares.

El parque al que íbamos a jugar está delimitado por Alabama, Nueva York, Pensilvania y Nueva York.

En los años setenta los niños podíamos salir a la calle sin mayor problema y por lo general hacíamos los mandados de nuestras casas. Oklahoma termina en Indiana y los fines de semana por la mañana realizaba una caminata interestatal que cruzaba Luisiana para llegar a Alabama donde compraba El Excelsior para mi padre. En la temporada del futbol americano de la ONEFA, esa misma línea recta marcada por Indiana nos llevaba al Estadio de la Ciudad de los Deportes donde veíamos jugar a los Condores de la UNAM, en esa época mi cuarto estaba decorado con unos pequeños banderines de fieltro que vendían en el estadio con los equipos de la liga. Más de una vez a la semana caminaba por Pensilvania en el extremo opuesto de la cuadra para llegar a la esquina con Texas donde se encontraban la tienda donde compraba cigarros a mi madre. La tienda de El Chino quien no tenía nada que ver con aquellos que a principios del siglo XX llegaron al norte de México y Sur de Estados Unidos, si no que tenía el pelo rizado.

En Pensilvania está una de las heladerías más conocidas de la Ciudad; Chiandoni donde en una barra muy de los años cincuenta, recuerdo que mi abuelo paterno nos sentaba mientras nos servían nuestras bolas de nieve de elote o pistache en barquillos.

En Tennessee había unas canchas de Squash a las que íbamos a jugar durante los veranos de la adolescencia.

En la cuchilla que forman Luisiana y Dakota se encuentra desde hace más de cuarenta años una panadería a la que desde Oklahoma caminaba durante varios días de la semana por el bolillo para la familia. La nomenclatura de las calles de la colonia Nápoles reordenó la geografía norteamericana de una manera que ningún estadounidense la reconoce.

Ciudades y estados se cruzan y forman intersecciones que en el mundo físico son imposibles. Mientras en esa apócrifa geografía Wisconsin y Milwaukee son paralelas y nunca se cruzan una con la otra, con los años aprendí que vivir en Milwaukee era vivir en la ciudad más importante de Wisconsin. Por lo visto es una tradición en los urbanistas de la Ciudad de México reorganizar la geografía. Otros ejemplos están la colonia Roma o la Juárez. Las colonias Ciudad de los Deportes y Nochebuena que colindan con la Nápoles extienden la nomenclatura y la geografía fantástica; Detroit termina en Florida. Boston cruza Atlanta, Cincinnati y Baltimore. Carolina separa al Estadio de la Ciudad de los Deportes de la Plaza de Toros México.

Cuando uno ve los mapas de Estados Unidos se da cuenta que Vermont nunca será más grande que Ohio o que Minnesota no es diminuta y cercana a Miami, pero los norteamericanos han hecho un poco de lo mismo en su vasto país y creado ciudades que intentan en el nombre rememorar las glorias de otros continentes, así tenemos Paris, Texas, que además sirvió de título para una de las obras maestras de Wim Wenders, pero además existen otras cuatro homónimas de la Ciudad Luz en Illinois, Arkansas, Maine y Missouri. Toledo en Ohio, la ciudad de Copenhagen en el estado de Nueva York y Elsinore en Utah entre muchas otras. Existen también las referencias a nuestro país y ahí están las muy mexicanas comunidades de Chalco, Nebraska. Parral, Ohio. Saltillo, Indiana. Perote, Alabama. Tampico, Washington. Durango, Colorado. Toluca, Illinois y mi favorita de todas Churubusco, Indiana.

Después de 40 años de haber cambiado de domicilio en más de una ocasión, la cara de una colonia llena de casas habitación y pocos edificios se ha transformado gracias a una predominante arquitectura vertical. Muchos negocios han desaparecido o se han transformado, otros se mantienen en la colonia incluyendo aquel restaurante polaco llamado Mazurka, al que mi padre nos llevaba de vez en cuando y donde conocí uno de los platillos que más me gusta y a veces preparo llamado Bigos; una mezcla de carnes y embutidos con col agria y comino. El dueño era un hombre platicador y amable que presumía haber servido la comida a Juan Pablo II en su primera visita al país y al que los domingos nos encontrábamos algunos domingos en el Aurrera de Georgia. Él salía con su cargamento rumbo a Nueva York y nosotros rumbo a Oklahoma apenas a unas cuadras de distancia una de la otra.

Este texto se publicó originalmente el 30 de diciembre de 2020 en el portal megaurbe.com.mx 

La fotografía es de mi autoría también.

martes, 23 de marzo de 2021

El despacho de mi padre.

 


Oklahoma 148 es la dirección de la casa donde pase mi infancia y adolescencia, los textos de esta colaboración tienen que ver con esos años y las reflexiones que hago 40 años después.

En la casa de mi infancia en la planta baja estaba el despacho de mi padre, era un cuarto que básicamente contenía la biblioteca de mi padre, una biblioteca que desde mis primeros años de infancia me atraía, entre los primeros libros que recuerdo había dos enormes libros; uno con ilustraciones sobre animales prehistóricos con un gran énfasis en los dinosaurios, muchos años antes de que se popularizaran, pero también de los mamíferos gigantes del cuaternario; mamuts, tigres dientes de sable, ciervos de enormes cornamentas y rinocerontes lanudos.

El otro narraba en sus láminas la historia de los hombres de la prehistoria, descubrí a los neandertales, cromañones, al hombre de Java y las historia que años después me contaría uno de los libros de texto gratuito en la primaria acerca de la Cueva de Lascaux y sus maravillosas muestras de la comunicación y arte primitivo. Las rotundas y redondas diosas de la fertilidad que abren la imaginación de cualquiera. En esos días me limitaba a ver las enormes láminas con las ilustraciones y soñar en encuentros con gliptodontes y triceratops.

Cuando gracias a mi abuelo paterno descubrí la maravilla encerrada entre las tapas de un libro, mi padre sacó de esos libreros tres historias de su infancia que siempre me han acompañado aunque físicamente los libros se hayan desvanecidos en la noche de los tiempos; Robin Hood, La isla del tesoro y Las mil y una noches.

En esos estantes también se encontraba una de las compañeras más importantes durante los trabajos de secundaria y prepa, pero que desde años antes me maravillaba y encantaba hojear: La enciclopedia BARSA con sus pastas en una imitación de piel roja con grecas doradas en el lomo. En aquellos días el conocimiento humano no estaba en ninguna nube o lugar virtual, se encontraba en enormes compilaciones de volúmenes que doscientos años antes idearon un grupo de intelectuales franceses a los que conocemos como los enciclopedistas y que encabezaban hombres como Diderot, D’Alambert, Rousseau y Voltaire entre muchos otros. Fotos, mapas y una serie de maravillosas laminas en acetatos que por capas iban revelando el cuerpo humano, femenino y masculino, de la epidermis a los huesos. Una serie de visiones que me mantenían horas leyendo la anotomía humana e imaginando los diferentes colores que existían en mi interior. Las enciclopedias fueron hasta finales del siglo XX cuando Google e Internet tomaron por asalto la historia de los seres humanos la fuente de mayor conocimiento, por eso la mayoría estaban hechas con papeles pesados y resistentes. La excepción era tal vez el Pequeño Larousse ese monstruoso volumen rojo y con miles de páginas9 que no solo era un diccionario, tenía pequeñas semblanzas de personajes, medidas, las banderas del mundo.

Con el paso de los años otro de mis libros favoritos era una edición en tela plastificada, roja también con letras doradas, pero su contenido era otro tipo de conocimiento, uno que es básico para los mexicanos: Picardía Mexicana de Armando Jiménez. Que en un principio y de una manera por demás trivial me sirvió para hacerme de un repertorio de: No es lo mismo..., chistes de tres actos y la famosa clasificación de los pedos que el escritor recopiló en su libro. Con el tiempo llegue a apreciar y volverme un cazador de letreros de camiones, una tradición que no se ha perdido.

Había una Divina Comedia enorme con las ilustraciones de Gustave Doré que leí durante un verano.

Mi padre ponía sus nuevas adquisiciones en los estantes, una mañana descubrí un libro de editorial Novaro, la portada mostraba a un grabado con una pareja en una barca y el título era ¡Sálvese quien pueda! Era una antología de textos de Jorge Ibargüengoitia. A partir de ese momento el guanajuatense se convirtió uno de mis escritores favoritos, los diferentes libros y antologías de su obra me han acompañado a lo largo de mi vida, y siempre lo estoy releyendo.

También en ese pequeño despacho descubrí a Rius y Quezada. La caricatura del Equipo de Comales aplicándole un triple play a los Yanquis de Nueva York siempre ha sido una de mis preferidas, junto con las historias de Eduviges una ancianita que le gustaba ir a llorar al cine y que redujó tanto su tamaño por la pérdida de líquido que se encogió y fue enterrada en una caja de cerillos, así como la historia del perro callejero Solovino que fue atropellado en el periférico.

En aquel despacho casi siempre oscuro además de los libros de mi padre, se encontraban discos LP y algunos de 45rpm que sobrevivían a los cambios tecnológicos, el único cuadro que recuerdo al interior del pequeño cuarto es una imagen del Foro Romano que aún está en la casa de mi madre. Algunos soldados napoleónicos adornaban las repisas, así como una réplica de un avión de la II Guerra Mundial y un portaviones de Lodella que mi padre armó en mis más vagos recuerdos y en una época en la que no tenía que lidiar con las demandas de atención de sus 7 vástagos.

Durante más de diez años el despacho de mi padre fue un extraño templo, frecuentado casi a diario por mí, en el que encontré libros y lecturas fundamentales entonces y voces diferentes de todo tipo, de muchos lugares y épocas, de Homero a Gustavo Sainz, Oscar Wilde, Mariano Azuela, Mauricio Magdaleno y aunque el descubrimiento del placer de la lectura se lo debo a mi abuelo paterno, fue ese pequeño despacho el que afianzo mi vicio y curiosidad por la lectura.  


Este texto fue publicado originalmente en el portal megaurbe.com.mx el 16 de diciembre de 2020 en mi columna Oklahoma 148. 

La fotografía al inicio es también de mi autoría.


lunes, 15 de marzo de 2021

El 1º de diciembre de 1976.


 

Oklahoma 148 es la dirección de la casa donde pase mi infancia y adolescencia, los textos de esta colaboración tienen que ver con esos años y las reflexiones que hago 40 años después.

Antes se llamaban rumores, hoy pomposamente se les denomina como fake news o por hacerlos más interesantes teorías de conspiración. Lo cierto es que la especulación y la formulación de historias cuyo único objetivo se limita a generar miedo o ganancias para alguien han existido desde que el hombre es hombre. Siempre atraídos por las historias, somos fácil presa de historias que encajan en el crédulo universo que nosotros mismos hemos formulado.

1976 marcó el fin de uno de los sexenios más putrefactos del México de los últimos 50 años y el intento de perpetuarse de uno de los más viles presidentes que ha tenido el país.

En julio de ese año se llevaron a cabo las elecciones para seleccionar al siguiente presidente. El único candidato a presidente en esa farsa que durante sexenios el PRI llamó elecciones fue José López Portillo designado por el dedo flamígero del burócrata asesino que habitaba en Los Pinos. El tapado del presidente resultó electo sin sorpresa para nadie. El único sorprendido sería el propio Echeverría que en menos de un año fue desterrado del país por su sucesor para evitar sus intentos por entrometerse en la política nacional.

Después de seis años de corrupción, represión y decisiones dictatoriales de Echeverría, nada mejor que una frase de campaña tan estúpida como la que le eligieron a López Portillo; La solución somos todos. Calcamonías con una tipografía pesada y espantosa que en la palabra todos utilizaba mayúsculas de colores verde, blanco y rojo en las o y la d.  Con el paso de los años aprendimos que así fue; todos le solucionamos a los López Portillo y hasta a la cabaretera convertida en actriz y deseo de todos los mexicanos; Sasha Montenegro, su situación económica durante las siguientes décadas, incluida la actual.

En noviembre de 1976, los mexicanos estaban felices como cada seis años pues el presidente en turno ya se iba. El tirano sexenal con la cabeza baja y listo para pasar a la lista de expresidentes gozaba de los últimos momentos de su poder, imaginario ya en esos momentos.

Pero comenzó a correr un rumor. López Portillo jamás sería presidente porque el ejército mexicano estaba listo para dar un golpe de estado. Esa paz institucional de la que México era ejemplo para Latinoamérica y que tanto cacareaban los perpetuadores de la dictadura perfecta y creadores de una “Revolución Institucionalizada” estaba por llegar a su fin a manos de esa misma casta militar que había creado el partido oficial que gobernó este país por más de siete décadas.

Mi recuerdo de esos días es muy vago. En casa mi padre estaba más preocupado porque el presidente había robado tanto dinero de las arcas nacionales que había provocado una inesperada devaluación. Algo inimaginable para esa ingenua generación a la que perteneció mi padre y que creció viendo a México desarrollarse de una manera dura, pero creciendo y creando una clase media importante, algo que mi generación nunca vio y que las que siguen parece, hoy más que nunca, están condenadas a un país de pobreza y subdesarrollo. Las deudas sobre créditos adquiridos se cernían sobre muchos mexicanos de clase media, esa misma que él presidente no toleraba, por ello había atentado a lo largo de su gobierno en contra de los empresarios, las libertades, sobre todo la de expresión y había financiado a grupos de choque a los que disfrazó de terroristas que se convirtieron en brazos ejecutores de la visión de Echeverría. Mi padre nunca mencionó nada acerca del supuesto golpe de estado en gestión en casa. De hecho, mi padre comenzó a hablar de política en casa muchos años después cuando varios de sus hijos nos fuimos manifestando como opositores y críticos de los diferentes presidentes priístas.

Pero recuerdo a amigos en la escuela y en la cuadra que insistían que a partir de aquel 1º de diciembre México habría de convertirse en una versión del Chile de Pinochet o de la Argentina de Videla, porque lo militares no iban a tolerar que los comunistas como Echeverría, el chiste se cuenta sólo, tomaran las riendas de México. Mientras en muchas casas la noche del 30 de noviembre debe haber sido una espera interminable de malas noticias, en otras las expectativas iban con una mañana brillante en la que su representante, el nuevo líder del país fuera ungido con la banda presidencial y en otras más era el final de sus días de gloria. Sobra decir que nada sucedió y por muchos años olvidé aquel rumor que para mí en esos días sólo eran vagas palabras de algunos compañeros y amigos, hasta que me topé con la novela de Héctor Manjarrez Pasaban en silencio nuestros dioses, en la que el brillante novelista hace referencia de manera breve a la incertidumbre y angustia que a nivel nacional existió en aquel noviembre de 1976 en espera de un movimiento que cambiara el destino que a México le impuso Luis Echeverría.

Muchos rumores he escuchado desde entonces y mientras pasan los años más consciente soy de que son solo eso, rumores. Deseos, tal vez en un sentido optimista, de los mexicanos por ver un país mejor. Pero tristemente los mexicanos pocas veces actuamos para lograrlo.


Publicado en megaurbe.com.mx el 2 de diciembre de 2020

La fotografía también es de mi autoría. 

lunes, 8 de marzo de 2021

Jalogüin vs día de muertos.

 


Oklahoma 148 es la dirección de la casa donde pase mi infancia y adolescencia, los textos de esta colaboración tienen que ver con esos años y las reflexiones que hago 40 años después.

Armando Enríquez Vázquez

No había Tratado de Libre Comercio, ni Netflix, Ni Amazon. Nuestras fronteras comerciales estaban cerradas y aun así la clase media mexicana hija del milagro mexicano de López Mateos en buena parte se negaba a aceptar la masacre del 68 y su continuación en el sexenio de Echeverría. Sentíamos que éramos modernos, porque Cablevisión nos permitía ver la televisión texana a pesar de todas las restricciones proteccionistas y la política demagógica y paternalista del gobierno del PRI. Nadie, ni en México, ni en el mundo podía dudar lo prospero de la nación, no por nada Echeverría había mandado bardear las colonias del pueblo bueno para que los asistentes al Mundial de México 70 no vieran pobreza en su camino al Azteca.

De nada de esto éramos conscientes los niños que vivíamos ilusionados con la llegada de octubre del Halloween.  En aquellos días nada más alejado en la todavía floreciente clase media del país y sobre todo de la ciudad, que altares de muertos, catrinas o flor de cempasúchil. Tampoco se adornaba con motivos de Halloween y mucho menos con calabazas ahuecadas a fuerza de cuchillo. En la Ciudad de México habíamos llegado al sincretismo perfecto, ese que nos enseñaron los españoles para formar esta nación mestiza. Entonces salíamos a pedir dulces, para más tarde sentarnos a cenar con la familia un pan de muerto al centro de la mesa con chocolate caliente.

Sin las enormes franquicias panaderas, ni los experimentos en los sabores de México, el pan de muerto de azúcar o ajonjolí se vendía en panaderías que adornaban los enormes vidrios con dibujos de calacas fiesteras, calaveritas genéricas al pan de muerto o algún personaje popular muy relevante en la cultura mexicana como Cantinflas o los reyes del melodrama Pedro Infante y Jorge Negrete. En México, pocos, si no es que nadie sabíamos porque y como se celebraba el Halloween en Estados Unidos, por eso y como parte del ese sincretismo se pedía Halloween el 30, 31 de octubre y el 1º y 2 de noviembre algún abusivo llegaba hasta el día 3 y nunca faltó un incauto o de buen corazón que le diera un dulce o moneda.

Nunca faltaba el gandalla que se jactaba de cómo respondía al niño humilde que se acercaba a pedir su calaverita; Le dije entonces te voy a matar para sacarte el cráneo y así te doy tu calaverita. Seguido por soez carcajada que celebraba la estupidez.

En aquellos años idílicos, los niños de 10, 12 años podíamos salir al anochecer para recorrer las calles, disfrazados o interpretando un disfraz, a la caza de dulce y en el mejor de los casos de algún peso o billete de cinco que el dueño de la vivienda colocara en la funda de almohada en la que se coleccionaban los premios. Mientras los viejos se iban a los panteones a vivir un día entre los muertos. Era mejor pedir a la puerta de las casas que meterse a un edificio y pedir departamento por departamento que en su mayoría parecían estar abandonados por que nadie abría la puerta, en cambio en las casas de colonias como la Nápoles, los dueños de las casas ya sabían que iba a pasar por lo menos las noches del 30 y 31 de octubre.

Los botines incluían invariablemente; chicles Motita, Miguelitos, Lunetas, a veces ollitas de tamarindo, Tín Larín, paletas Mimi, paletas de anís de Larín, Carlos V y unas paletas de chocolate corriente que estaban siempre envueltas papel aluminio de colores, caramelos Laposse de los que tienen una pasa en medio y si eras afortunado un Almonrís, un Postre o un Pancho Pantera chocolates codiciados y poco comunes en una noche de Halloween.

Nadie hablaba del día de muertos de otra manera que no fuera un festivo que creaba uno de esos puentes que tanto esperábamos los estudiantes, pero a mí, que nunca he sido católico nunca me quedaba claro que muertos se celebraban el día primero y a cuáles el día 2. Pasado el Halloween había que prepararse para las posadas y la navidad. 

Hoy Halloween es más una fecha festiva insulsa de las industrias de la limosna, el cine y la moda, hay quienes empiezan a pedir desde que terminan las fiestas patrias, quienes con la anticipación anteriormente propia de la navidad preparan adornos para casa, listas de películas o estúpidas ideas acerca de satanismo y otras bestialidades para celebrarse ellos y no a los muertos, las almas o su recuerdo. Así como de disfraces que se compraban y no se elaboran con lo que uno tiene a la mano. La gente dice preferir celebrar a sus muertos y poner altares en casa. Honramos a las catrinas y lo hacen más las marcas ventajosas que se quieren demostrar mexicanas o los gringos inclusivos con sus películas como Coco.

Cuando al final del sexenio del nefasto Echeverría su prepotencia y arrogancia lo llevaron a destruir el periodismo libre de El Excélsior, los nuevos diarios demócratas de la era de López Portillo como Uno más Uno comenzó a tener una ortografía española que se oponía a la norteamericana para escribir Jalogüin o Güisqui.

En algún momento a finales de los setenta y principios de los ochenta recuperamos el día de muertos en la ciudad de México y hasta hace poco nos volvimos tan globales que a nivel gobierno preferimos la visión de James Bond del asunto a la real festividad mexicana.


Este texto fue publicado por primera vez en mi columna Oklahoma 148 en megaurbe.com.mx el 26 de octubre de 2020.

La fotografía es de mi autoría. 


jueves, 4 de marzo de 2021

Mis primeras pandemias.

 


Oklahoma 148 es la dirección de la casa donde pase mi infancia y adolescencia, los textos de esta colaboración tienen que ver con esos años y las reflexiones que hago 40 años después.

Armando Enríquez Vázquez

En general las personas alrededor del mundo hemos cumplido medio año encerrados de una manera u otra como consecuencia de la pandemia del Covid 19 y para colmo lo que en muchas partes del mundo parecía hasta hace unas semanas una pesadilla superada comienza a repetirse y los gobiernos del mundo comienzan a confinar de nuevo a sus gobernados.

Los encierros impuestos en aras de cuidar la salud pública no son nuevas, y si bien son un tema recurrente de innumerables historias de ciencia ficción y de teorías de conspiración, en realidad todos en una menor escala las hemos vivido desde nuestra infancia.

Las enfermedades contagiosas que de pronto asolaban a los compañeros del salón de clase o a nuestros hermanos fueron el origen de los primeros encierros que todos sufrimos y de los que hoy podríamos llamar pandemias que sacudían nuestro pequeño, muy pequeño universo.

En casa y con seis hermanos menores hubo varias y muy variadas razones para confinarnos en nuestras habitaciones y muy específicamente en nuestras camas; paperas, varicela, rubeola, incluso los casos más extremos fueron aquellos que enfermaron de hepatitis.

Una vez declarada la emergencia sanitaria familiar mi madre mandaba al enfermo a su cama y a los demás a tratar de no acercarnos mucho al enfermo, aunque en el fondo rezaba porque todos nos enfermáramos para lidiar con la situación una sola vez y de un jalón y no en siete etapas separadas.

Confinado a la cama uno podía hacer tres cosas si eras el primero en enfermarte, sobre todo durante las mañanas, mientras los demás se encontraban en la escuela; dormir, leer o pensar en la inmortalidad del cangrejo con la mirada fija en el techo y pensando que pasaría si ese techo fuera el piso y el piso el techo.

Las enfermedades eran en extremo peligrosas en el caso de las paperas mi madre prohibía cualquier movimiento pues podía uno quedarse estéril, sobre todo los hombres pues la enfermedad podía bajar a los testículos y lo que preocupaba más entonces que el tener descendencia era si me iba a poder poner los calzones y abrocharme el pantalón con tal hinchazón, por lo que a soportar que brazos y piernas se durmieran. Con las enfermedades de erupciones uno no debía tocarse el cuerpo y mucho menos las diminutas bubas por riesgo a quedar marcado o cacarizo de por vida.

Mi madre sólo aparecía en el cuarto cuando era hora de tomar las medicinas o a la hora de los alimentos que en ocasiones se convertían en lo mismo. De la misma manera que la visión del cubrebocas de algunos líderes mundiales y de muchos habitantes que creen que tener una especie de soporte de la papada no sólo los protege, si no que los hace más sexi, mi madre pensaba que virus y bacterias solamente estaban activas durante el día cuando por lo general tratábamos al enfermo como un apestado, pero llegada la noche podíamos regresar a nuestro cuarto a dormir por más de ocho horas. En la casa mi padre, ingeniero civil de profesión, decidió hacer una remodelación que consistió entre otras cosas extrañas de las que ya platicare en otros textos en un enorme cuarto galerón para los cuatro hijos varones. En la enorme recamara, cabían cuatro camas individuales, libreros, dos closets, repisas, una mesa de muy tamaño para lámparas nocturnas y en su momento un extraño escritorio, diseñado por mi padre, a manera de cubículos para cada uno de sus cuatro hijos. Por lo que al menos cuatro de nosotros quedábamos totalmente expuestos a respirar los mismos gérmenes.

La idea de que una televisión pertenecía al mobiliario de una recámara no era lógica, ni económicamente posible a principios de los años setenta. Además, en aquellos días no hubiera importado pues no existía realmente una programación matutina y mucho menos una oferta de programación infantil, ni siquiera el número de canales de televisión abierta que existen hoy. Canal 5, el canal infantil, comenzaba sus transmisiones a las dos o tres de la tarde cuando los niños regresaban de la escuela y a pesar de ello nuestros padres, los pedagogos y sociólogos de la época ya nos llamaban adictos al aparatito. Con esa lógica no puedo siquiera imaginar la triste vida cotidiana de aquellos que tenían turnos escolares vespertinos.

Uno de los momentos claves del alta de la enfermedad, siempre fue el poder regresar a la sala de televisión a ver los mismos programas infantiles de siempre, aunque en realidad, como en la actualidad uno anhelaba traspasar los muros de la casa para llegar a la escuela, jugar en la calle y en parque.

Cuando uno de mis hermanos enfermó de hepatitis además de que se nos ordenó mantener la sana distancia de más de un cuarto durante el día y no acercarnos a él, ni a su cama, se convirtió en la envidia del resto de los hermanos; tanto mi madre como mi abuela paterna lo llenaron de caramelos de todo tipo pues el azúcar es a la hepatitis lo que el Lysol, el jugo de limón, el bicarbonato de sodio y tantos otros productos milagro al Covid 19. El olor de la creolina inundaba el baño y el cuarto haciéndome sentir que vivía dentro de una barra de Jabón del Perro Agradecido.

No puedo imaginar que tan intolerables han de haber sido las pandemias anteriores al siglo XX y a los encerrados que desde las ventanas entrecerradas de sus casas se limitaban a ver pasar a los médicos y las carretas rebosando de cadáveres. Los encierros que me tocaron hace cuarenta y años eran una monserga que no puede compararse a lo que hoy padecemos y que se supera gracias a esos adelantos tecnológicos llamados computadora e internet, que a pesar de estar encerrado entre los muros de un departamento con los amigos y familia lejos, nos permiten mirar y platicar con el mundo entero.


Este texto fue publicado por primera vez en mi columna Oklahoma148 en megaurbe.com.mx el 19 de noviembre de 2020

miércoles, 19 de junio de 2019

Meteoritos(as) en la Ciudad de México.





El 11 de enero de 2018, supuestamente cayó un meteorito en el área metropolitana de la Ciudad de México, allende la evidencia de un objeto atravesando el cielo al poniente de la CDMX y una estela llamativamente anaranjada, nada se supo al final sobre lo que también pudo tratarse de simple basura espacial, o sea los restos de un satélite al entrar en la atmósfera.
Algunos videos en Youtube dicen que el meteorito cayó en Morelos. (1)
Los meteoritos son siempre fuente que alimenta la imaginación popular o el subconsciente colectivo; pensamos inmediatamente que algo que viene del espacio exterior puede traer al conquistador de nuestro planeta en él, en la forma de un alienígena tipo Predator o Alien o de un virus o bacteria desconocida.
Decir “meteorito” para algunos es pensar en el evento de Siberia en 1908, para otros en la extinción de los dinosaurios. Sin duda la palabra meteorito implica para millones de personas al oírla una suerte de apocalipsis. Por más que en más de una ocasión se nos haya informado la cantidad de material proveniente allende la atmósfera de nuestro planeta que “cae” en la tierra a diario.
Ejemplo: las estrellas fugaces que no llegan a tocar el suelo y para muchos son símbolo de buena suerte, son meteoritos. Pero también está la basura espacial generada por los seres humanos; satélites que terminan cayendo cuando su órbita entra en el campo gravitacional de La Tierra y que en ocasiones nos han tenido a la expectativa y apostando a ver si un pedazo de los paneles solares de tal o cual satélite no cae sobre nuestra casa o en nuestro trabajo.
De hecho, en la divertida serie de humor negro de la primera década de este siglo Death like me, Georgia Lass, personaje principal de la serie, muere en el primer capítulo al ser golpeada por la tapa de un escusado de un satélite artificial.
En la Ciudad de México tenemos nuestros meteoritos como recuerdo de que estos cuerpos celestes llegan a traspasar la atmósfera terrestre. Algunos están resguardados en Palacio de Minería, antigua escuela de Minería e Ingeniería, que se ubica en la calle de Tacuba a la entrada se encuentran varios de estos cuerpos celestes que cayeron en el norte del país y fueron traídos a la Ciudad hace ya más de cien años.



Lo que sorprende de estos enormes restos de viajeros espaciales no es lo mismo para todos, al pararse frente a ellas es imaginar ese andar por lugares que no sólo me son inaccesibles, si no que por más que avance la tecnología en las próximas décadas, ni así me será posible llegar a ellos. Para los burócratas que administran el Palacio es más importante hacer notar a los visitantes que no deben tocar, ni ver en ellos otra cosa que algo prohibido. Por eso tal vez el letrero que las autoridades de la Universidad Nacional Autónoma de México pusieron en las meteoritas (ahora resulta que estos cuerpos celestes tienen género también, aunque después investigando la palabra parece ser que los astrónomos de la UNAM en esa búsqueda por la equidad de género han decidido usar la palabra y aclarar que es sinónimo de meteorito.) pues en todos lados leo meteoritos y sólo en el Palacio de Minería me topé con la palabra meteorita, tal vez sea para borrar ese sexismo y machismo tan evidente en nuestro país.
El letrero es claro y legible: “No subirse a las meteoritas”. La prohibición es clara lo que no es claro es si con ella se pretende evitar que la gente desgaste con sus traseros o zapatos lo que el espacio, el tiempo y la velocidad generada por la fuerza de gravedad en el momento de contacto con la atmosfera de nuestro planeta no pudieron. O si se trata de impedir que una niña o un niño sueñen trepados en la meteorita con llegar a otros mundos del espacio sideral. Impedir que lleguen a imaginar posados en la superficie del cuerpo celeste la soledad que debe haber sentido El Principito en su asteroide, con su flor y moviendo la silla para ver innumerables veces el atardecer.
  




Armando Enríquez Vázquez

lunes, 10 de junio de 2019

La educación musical urbana (II).




Sorprende siempre el ingenio mexicano de llevar la música a todos lados; cantantes de ópera sobre la acera de Avenida Juárez frente al Palacio de Bellas Artes. Cuadras adelante, sobre la calle de Madero una mujer de rasgos indígena, con un vestido de chillante color amarillo, el vestido con vuelos que hipnotizan por con su color llamativo mientras se contonea tocando un acordeón y dos niñas interpretan con sus agudas voces infantiles canciones campiranas.
He visto a un hombre meter un amplificador con un bajo eléctrico y dos tumbas para tocar cumbias en un vagón repleto del metro en la estación CU, logrando la transmutación de los empujones diarios que son fuente de disgustos, alguna mentada y hasta un puñetazo, se conviertan en un vagón que peligrosamente se bambolea sobre el riel en el burdo, torpe y limitado intento por bailar del respetable. También a un joven armar una batería en otro vagón vacío en la estación Constituyentes quien junto con un guitarrista y un vocalista interpretan rolitas populares de rock en nuestro idioma, ante la sonrisa que despierta al pasaje cansado que va a casa después de la rutina diaria.
A una chava muy mal vestida con una guitarra en estado angustioso, arrancar notas celestiales con una voz excelsa en una inmunda pesera en Tlalpan y otra guitarra destartalada, unida a fuerza de tiras de Diurex, acompañar a golpes de cuerdas destempladas a un hombre con una voz similar a su instrumento.
La música llena las calles de la ciudad, la música es una forma de vida para cientos de habitantes de la Ciudad, no sólo en el sentido económico de la frase, no la música es una forma de vida que se vive en las oficinas, en todos aquellos que por las calles y al interior del transporte público llevan sus audífonos con los temas musicales de su vida o del ese momento especifico, en el radio de los carros o en los altavoces de centros comerciales y supermercados.
Todos recibimos en las calles de la ciudad una exposición auditiva que puede llegar a crear gustos reales y placeres culposos que nos acompañaran por días, meses, o toda la vida. Después de escuchar en nuestro caminar un organillo tocando seguimos el resto de la cuadra tarareando El Rey media cuadra por más que odiemos los mariachis y las canciones afines.
Nuestra educación musical es en muchos sentidos, una que se compone además de los gustos que nos creamos o que nos crearon en casa, en la escuela, pero también de ese enorme play list que la Ciudad construye para nosotros de manera azarosa todo el tiempo, o tal vez no tan azarosa.
Etiquetamos despectivamente como “música de elevador”, “de Sanborns” o “supermercado” a la mayor parte de música instrumental y naive que va desde Ray Conniff, Burt Bachara, Sergio Mendes y su Brasil 77 o Frank Pourcel y el inevitable Concorde. Bien merecido el sobrenombre porque eran los lugares y continúan siendo en los que escuchamos este tipo de música. A la que después adoptamos el anglicismo, peor de despectivo que la califica como Easy Listening, como si existiera una música difícil de escuchar y la primera fuera el sucedáneo para los lerdos de oído o de gustos.
Otro de las grandes salas de educación musical en una ciudad como la nuestra se encuentra en la oscuridad de las salas de cine, antes uno salía a comprar el soundtrack de la película hoy la puede uno “Shazamear” mientras ve la película o los créditos de la misma.
A finales del siglo XX en Mix Up tenían a disposición de los clientes audífonos conectados a reproductores de CDs donde se podía escuchar diferentes novedades que estaban a la venta y esto seguramente sirvió para marcar el gusto musical por unas semanas o meses de los compradores.
La ciudad crea su propio soundtrack con cada enajenado dentro de sus audífonos que en cualquier sitio público nos agrede con su tarareo, canturreo o silbido. Todos en ese sentido contribuimos a la educación musical de nuestros conciudadanos a golpe de cada nota que entonamos y llama la atención del otro.



Armando Enríquez Vázquez