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martes, 23 de marzo de 2021

El despacho de mi padre.

 


Oklahoma 148 es la dirección de la casa donde pase mi infancia y adolescencia, los textos de esta colaboración tienen que ver con esos años y las reflexiones que hago 40 años después.

En la casa de mi infancia en la planta baja estaba el despacho de mi padre, era un cuarto que básicamente contenía la biblioteca de mi padre, una biblioteca que desde mis primeros años de infancia me atraía, entre los primeros libros que recuerdo había dos enormes libros; uno con ilustraciones sobre animales prehistóricos con un gran énfasis en los dinosaurios, muchos años antes de que se popularizaran, pero también de los mamíferos gigantes del cuaternario; mamuts, tigres dientes de sable, ciervos de enormes cornamentas y rinocerontes lanudos.

El otro narraba en sus láminas la historia de los hombres de la prehistoria, descubrí a los neandertales, cromañones, al hombre de Java y las historia que años después me contaría uno de los libros de texto gratuito en la primaria acerca de la Cueva de Lascaux y sus maravillosas muestras de la comunicación y arte primitivo. Las rotundas y redondas diosas de la fertilidad que abren la imaginación de cualquiera. En esos días me limitaba a ver las enormes láminas con las ilustraciones y soñar en encuentros con gliptodontes y triceratops.

Cuando gracias a mi abuelo paterno descubrí la maravilla encerrada entre las tapas de un libro, mi padre sacó de esos libreros tres historias de su infancia que siempre me han acompañado aunque físicamente los libros se hayan desvanecidos en la noche de los tiempos; Robin Hood, La isla del tesoro y Las mil y una noches.

En esos estantes también se encontraba una de las compañeras más importantes durante los trabajos de secundaria y prepa, pero que desde años antes me maravillaba y encantaba hojear: La enciclopedia BARSA con sus pastas en una imitación de piel roja con grecas doradas en el lomo. En aquellos días el conocimiento humano no estaba en ninguna nube o lugar virtual, se encontraba en enormes compilaciones de volúmenes que doscientos años antes idearon un grupo de intelectuales franceses a los que conocemos como los enciclopedistas y que encabezaban hombres como Diderot, D’Alambert, Rousseau y Voltaire entre muchos otros. Fotos, mapas y una serie de maravillosas laminas en acetatos que por capas iban revelando el cuerpo humano, femenino y masculino, de la epidermis a los huesos. Una serie de visiones que me mantenían horas leyendo la anotomía humana e imaginando los diferentes colores que existían en mi interior. Las enciclopedias fueron hasta finales del siglo XX cuando Google e Internet tomaron por asalto la historia de los seres humanos la fuente de mayor conocimiento, por eso la mayoría estaban hechas con papeles pesados y resistentes. La excepción era tal vez el Pequeño Larousse ese monstruoso volumen rojo y con miles de páginas9 que no solo era un diccionario, tenía pequeñas semblanzas de personajes, medidas, las banderas del mundo.

Con el paso de los años otro de mis libros favoritos era una edición en tela plastificada, roja también con letras doradas, pero su contenido era otro tipo de conocimiento, uno que es básico para los mexicanos: Picardía Mexicana de Armando Jiménez. Que en un principio y de una manera por demás trivial me sirvió para hacerme de un repertorio de: No es lo mismo..., chistes de tres actos y la famosa clasificación de los pedos que el escritor recopiló en su libro. Con el tiempo llegue a apreciar y volverme un cazador de letreros de camiones, una tradición que no se ha perdido.

Había una Divina Comedia enorme con las ilustraciones de Gustave Doré que leí durante un verano.

Mi padre ponía sus nuevas adquisiciones en los estantes, una mañana descubrí un libro de editorial Novaro, la portada mostraba a un grabado con una pareja en una barca y el título era ¡Sálvese quien pueda! Era una antología de textos de Jorge Ibargüengoitia. A partir de ese momento el guanajuatense se convirtió uno de mis escritores favoritos, los diferentes libros y antologías de su obra me han acompañado a lo largo de mi vida, y siempre lo estoy releyendo.

También en ese pequeño despacho descubrí a Rius y Quezada. La caricatura del Equipo de Comales aplicándole un triple play a los Yanquis de Nueva York siempre ha sido una de mis preferidas, junto con las historias de Eduviges una ancianita que le gustaba ir a llorar al cine y que redujó tanto su tamaño por la pérdida de líquido que se encogió y fue enterrada en una caja de cerillos, así como la historia del perro callejero Solovino que fue atropellado en el periférico.

En aquel despacho casi siempre oscuro además de los libros de mi padre, se encontraban discos LP y algunos de 45rpm que sobrevivían a los cambios tecnológicos, el único cuadro que recuerdo al interior del pequeño cuarto es una imagen del Foro Romano que aún está en la casa de mi madre. Algunos soldados napoleónicos adornaban las repisas, así como una réplica de un avión de la II Guerra Mundial y un portaviones de Lodella que mi padre armó en mis más vagos recuerdos y en una época en la que no tenía que lidiar con las demandas de atención de sus 7 vástagos.

Durante más de diez años el despacho de mi padre fue un extraño templo, frecuentado casi a diario por mí, en el que encontré libros y lecturas fundamentales entonces y voces diferentes de todo tipo, de muchos lugares y épocas, de Homero a Gustavo Sainz, Oscar Wilde, Mariano Azuela, Mauricio Magdaleno y aunque el descubrimiento del placer de la lectura se lo debo a mi abuelo paterno, fue ese pequeño despacho el que afianzo mi vicio y curiosidad por la lectura.  


Este texto fue publicado originalmente en el portal megaurbe.com.mx el 16 de diciembre de 2020 en mi columna Oklahoma 148. 

La fotografía al inicio es también de mi autoría.


lunes, 23 de octubre de 2017

El taco que sale de una canasta.



Ahora resulta que el taco de canasta que encontramos en casi todas las esquinas de la Ciudad de México viene y tiene su cuna en el estado de Tlaxcala. No conformes con ayudar a los enemigos a destruir Tenochtitlan, los tlaxcaltecas ahora están decididos a mostrarse como los padres del taco de canasta y surtidores de todos y cada uno de los millones de tacos de canasta que devoramos a tarascadas los chilangos todos los días, algo muy cuestionable. A pesar de que varios medios de comunicación en los últimos años se han vuelto eco de esta leyenda urbana, yo tengo mis dudas.
Y antes de enumerar mis razones para dudar de esta afirmación muy aventurada hablemos del taco de canasta. El que llamamos taco de canasta en su humilde origen era conocido como taco sudado, mucho porque los tacos mantienen la humedad de la tortilla gracias al aceite ardiendo que se les pone al momento de ponerlos en la canasta, otro poco por ir envueltos en trapos como gordo en sauna. Los guisos con los que puede ir relleno son por lo general salsa de chicharrón, adobo, mole verde, o sencillamente papa, amanera de pure o simplemente aplastada, y frijoles refritos. Van acompañados por una salsa verde con aguacate que no guacamole o por chiles encurtidos. Algo que los tlaxcaltecas niegan, ellos en su leyenda prefieren añadir la historia de una salsa, por lo general horrenda, hecha a partir de tomates verdes y chiles hervidos, a los que añaden cebolla y cilantro crudos. En más de una ocasión he notado en esa salsa el dejo de vinagre de chiles encurtidos, con las consiguientes agruras.
Ahora sí las razones que me hacen dudar de esta historia.
Primero, aunque todo el estado de Tlaxcala se dedicara a hacer tacos de canasta no se darían abasto para alimentar a los 23 millones de habitantes de la zona metropolitana. Una cosa es que el pueblo de San Vicente Xiloxochitla se dedique a hacer tacos de canasta al por mayor y otra que todos los tacos de canasta de los que nos alimentamos en la Ciudad de México provengan de una población que tiene apenas 2,500 habitantes. Otra versión de la historia atribuye el origen de los tacos al alcalde de Nativitas Tlaxcala, municipio donde se encuentra el pueblo de San Vicente. Lo que permite aumentar el número de manos en la fabricación de los tacos al menos en 20,000 personas. Como tampoco creo en todo el diminuto estado de Tlaxcala se produzcan a diario el número de tortillas necesarias para alimentar con tacos de canasta a capitalinos y chilangos, por más que el nombre del estado signifique Lugar del pan de maíz o sea de la tortilla. Ya ni hablar de los ingredientes para los guisados que rellenan las tortillas con aceite.
Dos. ¿Dónde se encuentran las fuentes históricas que nos demuestren que el envolver los tacos en papel o en trapos para mantenerlos calientes sea un descubrimiento tlaxcalteca? Los mineros zacatecanos, desde tiempos de la colonia, también bajaban su almuerzo en canastas y los guisos iban envueltos en tortillas y trapos para mantener el mayor tiempo posible la temperatura. Tal vez, y no tengo manera de comprobarlo a los tlaxcaltecas se les ocurrió añadir el aceite hirviendo como un elemento más que ayudara a mantener los tacos calientitos y ya de paso las capas de cebollas.
Tres. Lo cierto es que sí los tacos vinieran todos los días desde Tlaxcala llegarían fríos a Santa Fe, a Reforma, a Polanco. Por más rápida que pueda ser una camioneta que está obligada a cruzar Río Frío y un par de horas para atravesar de los Reyes la Paz a Viaducto Miguel Alemán. No hay manera que llegaran calientes a su destino. Esa simple hipótesis ya destruye el mito del origen omnipresente tlaxcalteca.
Cuatro. De acuerdo con las notas esta tradición tlaxcalteca data de los años cuarenta, y surgió de la necesidad de los habitantes de San Vicente Xiloxochitla o de Nativitas en general. Existen marcas como Canastakis establecidas en la Colonia Del Valle desde hace más de 46 años y recuerdo que se anunciaban en televisión cuando surgieron allá por los años setenta. Dudo, sin querer ofender a los tlaxcaltecas que los tacos de Canastakis vengan de San Vicente.
Así como Canastakis, hay otro gran local de tacos de canasta, se trata de Tacos Joven en Narvarte, sin lugar a duda los mejores tacos de canasta de todo México, no hay manera que estos grasientos y encebollados tacos y la insuperable la salsa de morita con chicharrón para acompañarlos cuyas canastas llegan una tras otra reponiendo a la que se acaba, vengan con tanta oportunidad desde Tlaxacala. Estos tacos difícilmente pueden ser superados, su mejor competidor se encuentra en la calle de Madero casi llegando al Zócalo. La fila de personas que espera comerse un taco de Los Especiales invade por varios metros la calle-andador del Centro Histórico de la Ciudad de México. Ahí se ha perdido la tradición de la canasta de artesanal, que ha sido sustituida por una canasta metálica que asemeja al cazo que se utiliza para las carnitas. Pero una de las evidencias más contundentes es que Abel Quezada, el gran caricaturista y artista gráfico, ya dibujaba a finales de los años cincuenta taqueros con sus canastas rodeadas de moscas y comensales a su alrededor. De la canasta sobresale el típico trapo que envuelve a los tacos. No hay manera de que un producto que humildemente se tenía primero que posicionar en Tlaxaca, llegara a ser tan popular en la Ciudad de México en menos de diez años, como para formar parte de la escena urbana de una caricatura de Quezada.
Otra cosa que también dudo es lo supuestamente tradicional de la salsa verde vaciada en un enorme frasco de mayonesa que pende de las bicicletas que venden los tacos de canasta, durante años los tacos de canasta se acompañaban de chiles encurtidos, como aún se encuentran las salseras de Canastakis, Pase Joven y Los Especiales, vale la pena resaltar que estos encurtidos son realmente excepcionales en el último establecimiento. La otra salsa clásica para el taco de canasta es la salsa verde con aguacate. Incluso recuerdo que lustros atrás a través del vidrio de los frascos se podía observar algunos trozos de la fruta suspendidos en la mezcla. Y como mencioné unos renglones antes la salsa de morita con chicharrón única del Villamelón y de Pase Joven, hace que estos últimos se destaquen en la oferta del taco de canasta.
El plástico azul, tampoco puede venir desde los años cuarenta. Creo que los tlaxcaltecas hacen un simpático esfuerzo por atribuirse la paternidad de esta delicia urbana. Pero creo que falta seriedad en la aseveración. El taco de canasta, aun si fuera de origen tlaxcalteca, admitiendo el dicho, sin conceder, es básicamente un producto que consumimos los ciudadanos de la capital.

Armando Enríquez Vázquez