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jueves, 7 de junio de 2018

“Se compran colchones…”





Cuando uno sale de la caótica y adorada Ciudad de México en busca de romper la rutina y un supuesto descanso existen cosas y situaciones con las que uno jamás piensa encontrarse. Hace unos días fui a visitar a un amigo en Cuernavaca y en esa mañana de provincia llena de sol, un fresco viento, cantos de diferentes aves y molestias de diversos insectos escuché algo que al parecer ya estamos exportando desde la capital de los tacos, los microbuses y, como dicen algunos mexiquenses envidiosos, orden y paz.
Imagine el lector, el casi bucólico amanecer, las verdes copas de tabachines, bugambilias y flamboyanes, el canto de zanates y otras aves, que desconozco, pero no gorjean a manera de carraspera de anciano español de ochenta y cinco años de fumar un cigarro tras otro, como sucede con los gorriones chilangos, este canto es impoluto, como no, y nativo de las aves que habitan en la zona urbana de Cuernavaca. El cielo azul y un sol que levantándose por el oriente anuncia ya un mediodía caluroso, el reflejo de la luz solar que rebota de la moldura de una ventana o puerta directo sobre la ondeante superficie del agua de la alberca. En fin, eso que todo chilango identifica como paz provinciana y que anhelamos se materialice en un fin de semana o en un par de días, después de transitar un poco más de media hora sobre la carretera y que nos convierte en turista ocasional o de suburbio.
Se sienta uno en medio de ese escenario, mira el cielo azul, la pintoresca nube que parece haber salido de película de Gabriel Figueroa y se recuesta contra la tumbona, café en una mano. Cierra los ojos y se compadece de todos los Godínez que a esa hora se pelean por subir a la pesera cuidando de no tirar el contenido de sus Tupperware ante tanto apretón de cuerpos. En ese momento la plenitud desaparece; una voz más que chilanga aguda, estridente y sin gracia nos regresa al corazón de Narvarte, de la Toriello Guerra, de la Escandón o de la Escuadrón 201:
 - “Se compran colchones, estufas, etc, etc



Se trata de la misma grabación que recorre las calles de la Ciudad de México. No quiero minimizar la diaria rutina que vive la gente de Cuernavaca, que como en todas las ciudades, no encaja en la visión egoísta del que sólo pasa por unos días por la población. No quiero tampoco parecer ignorante de que la misma necesidad que tenemos los chilangos de deshacernos de cosas inservibles aqueja a los habitantes de todas las ciudades del mundo y menos del gran negocio que esto representa para los recolectores de basura, lo que me resulta inverosímil es que la grabación que aturde los oídos de los millones de habitantes de la zona metropolitana de la Ciudad de México tenga calidad de exportación y se repita en ciudades cercanas a la capital.
Las grabaciones se han convertido en el sustituto de los merolicos, otro ejemplo es “Hay tamales calientitos, tamales oaxaqueños…” Aunque también existen aquellos que se limitan a un sonido como esas legiones de hombres que llevan canastas enormes de pan dulce, termos con agua caliente, Nescafé y leche en polvo y haciendo sonar una cornetita ofrecen su mercancía a clientes. Así entre la güeva y la mecanización los vendedores y chatarreros han perdido su personalidad o la crean. Pensando de la peor manera, seguramente acertaré, en una teoría conspiratoria contra el SAT: todos los chatarreros y tamaleros que usan estas grabaciones son parte de una misma empresa ambulante que gana miles de millones y paga nada al fisco. Las grabaciones o el sonido de las cornetitas son parte de la identidad corporativa. No, eso no podría pasar en México, en Suecia tal vez, pero no en México.
Porque hay aquellos que desde la honestidad y autenticidad de su grito nos invitan a creer que el ambulantaje es libre, soberano y abierto a todo aquel que lo quiera ejercer.
Por ejemplo, en la colonia del Valle hay un hombre que pasa a toda velocidad en una bicicleta con su carrito de paletas heladas Holanda gritando a todo pulmón y para que quede claro a quince cuadras de edificios de diez pisos cada uno: ¡Ya llegaron las paletas! El grito es tan enfático y tan determinante que parece que hasta ese momento nunca nadie en la colonia ha probado una paleta y esta la gran oportunidad para hacerlo, es una orden para bajar por una de ellas, pero el hombre va tan rápido que, aunque se bajen los diez pisos del edificio a saltos de escalón, jamás podrá nadie alcanzarlo, lo que hace dudar de que el hombre traiga paletas en ese carrito, o esté en su sano juicio. Hay otro que en una camioneta en San Fernando no se cansa por las tardes de repetir, porque ya grabó su pregón y como el de los colchones lo repite Ad nauseum: ¡Aquí están, señora ama de casa, sus esquites con su harta mayonesa, su harto chile y su harto limón, señora ama de casa! Excluyendo a niños y señores amos de casa de probar los esquites con harto de todo. Los carritos de camotes y los que arreglan cortinas y persianas.
Pero volviendo a lo que dio origen a este texto, por si no basta para aquellos que sufren del síndrome del Jamaicón, llevar chiles y nopales en su maleta. Pueden incluir una grabación con su pregón favorito o el que más los molesta de entre la amplia gama que ofrece la Ciudad de México, en su próximo viaje a provincia o al extranjero, o si no dejar que como siempre la realidad los alcance y los sorprenda.


Armando Enríquez Vázquez

Este texto se publicó en junio de 2017 en intensohd.wordpress

lunes, 2 de enero de 2017

En busca del Acorazado perfecto.



La historia gastronómica del Estado de Morelos identifica el origen del mítico Taco Acorazado en la estación del tren de Cuernavaca durante la Revolución a principios del siglo XX. Cuernavaca tierra de enfrentamientos brutales entre zapatistas y federales de todos colores desde los porfirianos, maderistas, seguidores de Huerta y Carranza. Cuernavaca sufrió un constante ataque a su línea ferroviaria que comunicaba con la Ciudad de México. Frente a esta situación los horarios de los trenes no podían definirse y mucha gente debía permanecer en la estación al acecho del arribo del ferrocarril. Aquellos que eran sorprendidos por el tren mientras almorzaban o comían no tenían otra solución que envolver el arroz y los guisos en tortillas y correr al andén para lograr abordar el tren. Esta modalidad de taco pronto se conoció como taco acorazado, o al menos eso dice la leyenda urbana en Morelos.
Cuando en alguna ocasión me contaron la historia y me advirtieron de lo sabroso del platillo, me propuse en alguno de los viajes a la capital de la eterna primavera buscar los famosos Tacos Acorazados. Con ayuda y complicidad de mi amigo César Nicolás nos dimos a la caza del acorazado perfecto o al menos de aquello que los morelenses presumen como antojo regional.
La primera parada, no fue un fracaso, fue peor. Unos tacos iguales a aquellos que los chilangos llamamos de guisado, una cama de arroz sobre la que se deposita una cucharada de un guiso a escoger por el comensal y san se acabó. Nada que ver con ese mítico alimento que, de un plato extendido, pasaba sin problema a una tortilla que se convertía en una especie de morralito para guardar el guisado, mientras aquel que engullía el taco se trepaba al estribo del tren a la carrera.
Tras la infructuosa incursión en la gastronomía de Morelos, decidí olvidar el asunto. Algunos meses después, en la mesa de unos familiares que llevan décadas siendo guayabos, que es el gentilicio coloquial de los habitantes de Cuernavaca, surgió el tema de los famosos Tacos Acorazados y se me brindó una dirección asegurándome que estos eran los mejores Tacos Acorazados de la ciudad. La dirección quedó apuntada.
La siguiente oportunidad que tuve de ir a la ciudad de la eterna primavera, volví a la carga en la búsqueda de los Acorazados perfectos ya con una dirección en la mano. El resultado fue traumante, los famosos tacos acorazados no estaban en esa dirección y a lo largo de la calle anotada no existía ningún establecimiento o carpa y menos una que anunciara los tan afamados tacos.
En la desesperación no quedó más que consultar con otro tragón y conocedor de Cuernavaca que por teléfono giró las instrucciones de dirigirnos a la entrada de la carretera federal que llega de la Ciudad de México y entrar en un establecimiento llamado Doña Seve, conforme a este amigo el lugar es el más famoso en cuanto a los tacos acorazados en la Ciudad de Cuernavaca.
Me encontré frente a un enorme taco de guisado, la única diferencia era que uno de estos enormes tacos es llamado medio Taco Acorazado. Lo que en realidad no significa nada si tomamos en cuenta que en la mayoría de puestos de la Ciudad de México el taco de guisado se sirve con dos tortillas, claro que existen quienes muy modosamente, sobre todo las mujeres que siempre pretenden estar a dieta se hacen dos tacos, mientras que los bárbaros citadinos preferimos atacar el taco con la coraza que le brinda la segunda tortilla e impide que esta, se rompa por la acción de los jugos y caldos del guiso.
 Conclusión: El taco acorazado es únicamente la forma en la que los morelenses han decidido llamarle al taco de guisado aludiendo a una nostálgica historia de la revolución, pero el taco ni contiene ingredientes comunes que hagan a todos los acorazados, acorazados. Cómo tampoco presentan una innovación real a la cultura del taco.
Alguien alegando en favor del Taco Acorazado decía; es que tiene una tortilla recién salida del comal. Eso también sucede con muchos de los tacos de guisado, aunque en ninguno de los casos es un factor determinante de ninguno de los dos.
En lo que a mí se refiere, la búsqueda del Taco Acorazado ha finalizado y prefiero buscar otros ejemplos de la gastronomía morelense si es que existe alguno.


imagen: morelosturistico.com