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lunes, 31 de mayo de 2021

El Metro



Oklahoma 148 es la dirección de la casa donde pase mi infancia y adolescencia, los textos de esta colaboración tienen que ver con esos años y las reflexiones que hago 40 años después.

Armando Enríquez Vázquez

El Metro de la Ciudad de México fue inaugurado el 4 de septiembre de 1969 por el entonces presidente Gustavos Díaz Ordaz así lo dice la placa oficial que esta en la estación de la glorieta de Insurgentes.

Los capitalinos sentíamos que ya formábamos parte del primer mundo, algo que dos años después comenzaría a desaparecer cuando la demagogia de melodrama de cuarta creó el tercer mundo para instalar a nuestro país desde la presidencia como el paladín de los pobres.

Para una gran parte de los mexicanos el Metro comenzó a representar la única opción para trasladarse a sus lugares de trabajo y con el tiempo, la ampliación de líneas y de estaciones un verdadero ahorro de dinero y sobre todo de tiempo.

Pero en un principio el Metro también fue una novedad que provocó el turismo chilango. En lugar de un museo había que ir a conocer al Metro y subirse en él, como quien se sube a una diversión en la feria de Chapultepec. Así conocí junto con mis hermanos el Metro ese mismo año. En realidad, debo aclarar que sólo recorrimos unas cuantas estaciones de la Línea 1 del transporte subterráneo de la Ciudad de México.

Mi madre, la mujer que ayudaba en la casa y tres de mis hermanos tomamos un taxi que nos llevó de la Colonia Nápoles a la estación del Metro Chapultepec. La curiosidad de mi madre quedó satisfecha y para nosotros fue una verdadera aventura viajar por un túnel que atravesaba parte de la ciudad, lo que lo hacía mucho más emocionante al trenecito de cualquier parque de diversiones. El brillante color anaranjado de los convoyes. El sencillo, claro y llamativo diseño para marcar cada estación y que años después aprendí que venía de la mente de un brillante diseñador gráfico Lance Wyman que también diseñó la iconografía para los Juegos Olímpicos de 1968, así como para varias empresas nacionales como La Moderna, la fábrica de pastas, el hotel Camino Real y el extinto supermercado De Todo, entre otras. El Metro era un presagio del gran futuro que esperaba a México.

Mis recuerdos se reducen al relumbrante tren anaranjado, que en su interior estaba impecablemente limpio con los asientos forrados en un plástico azul enfrentaba a los pasajeros y su luz artificial, que permitía adivinar la superficie de concreto del enorme e infinito túnel que encapsulaba al convoy entre estaciones. En aquella ocasión nos limitamos a sentarnos recorrer un tramo, salir del vagón cruzar para llegar al andén del tren que iba en sentido opuesto para regresar a Chapultepec y de ahí un taxi a la casa. Claro que la visita al nuevo medio de transporte colectivo no se repitió y quedó como la anécdota de quien va hoy a visitar una el lobby del edificio Manacar para ver el mural de Carlos Mérida que fue el telón del enorme cine que alguna vez estuvo en esa esquina de Insurgentes y Río Mixcoac, o a la vaca de cinco patas y tres ojos que alguna vez hubo en el zoológico de Chapultepec.

No volví a subirme al Metro hasta la preparatoria para ir a hacer un trabajo al Centro Histórico de la Ciudad. En esos años, finales de la década de los setenta, la necesidad de utilizar el transporte me llevó junto con un grupo de amigos en aventura, recorríamos estaciones de las diferentes líneas existentes en el momento por el simple placer de moverse en metro, salir en los extremos de las líneas y descubrir partes desconocidas de la ciudad. Así por primera vez la horrible arquitectura de la Terminal de Autobuses del Poniente en la estación Observatorio, la entonces ordenada de la estación Taxqueña. No llegamos ni a Pantitlán, ni a Cuatro Caminos, pero con el tiempo y la necesidad de ir al centro visite muchas en esos años. Vi los restos el resto de pirámide en Pino Suarez y la circular estación que es la glorieta de los Insurgentes. Los pasillos llenos de tiendas de comida en los enormes y amplios pasillos que hoy son franquicias en buena parte, pero durante las primeras décadas eran similares a puestos ambulantes de la calle con enormes pilas de tortas y otros alimentos para ser consumidos por los millones de personas que a diario se transportan en el Metro, y a pesar de ello hasta la llegada de los gobiernos de Izquierda a la ciudad que han tenido logros en otras aéreas, sin duda, el Metro era un transporte limpio.

El gran Chava Flores le compuso una de sus satíricas composiciones. Y años después Rockdrigo perdió al amor de su vida en la estación Balderas. Los boletos del Metro son objetos coleccionables y en los tianguis siempre hay alguien que vende diferentes ediciones, sobre todo desde que los miembros de la izquierda decidieron hacer un gran negocio personal con ellos imprimiendo diferentes versiones de manera frecuente, como sí se tratara de un vigésimo de la Lotería Nacional. El Metro ha sobrevivido a los terremotos de 1985 y 2017.

Las diferentes líneas servían no sólo a los nacionales, si no a turistas que se trasladaban de manera segura con sus backpacks, enormes mochilas de viajeros y cinturoneras sin peligro alguno. Durante los ochenta los únicos vagoneros, eran los que boteaban para mantener la huelga de Pato Pascual. El primer gran accidente del metro sucedió en 1975 cuando un tren de la línea dos, impactó con otro en la estación Viaducto. El segundo el año pasado en la estación Tacubaya. El primero fue motivo de una gran cobertura por televisión. El segundo se intentó minimizar por la misma administración del Servicio de Transporte Colectivo Metro que minimiza el incendio en el edificio central y que obligó a parar algunas líneas por varios días y de la importantísima Linea 1 por más de tres semanas.

La caída y deterioro del Metro y sus estaciones; escaleras que se desploman, escaleras eléctricas siempre siendo reparadas, pésima logística en el tránsito de los trenes, basura sobre la basura en los vagones, pintas y vandalismo, vagoneros atacando a pasajeros, puestos de ambulante en los andenes, conductores de los convoyes ebrios, todos han sido logros de la izquierda gobernando la ciudad en prejuicio, contradictoriamente, de las mayorías que necesitan transportarse a diario y cruzar la enorme ciudad. El reciente incendio y parón por tres semanas del transporte vital de esta enorme metrópoli y el desinterés de las autoridades, así como las pobres excusas de la persona encargada de la red nos demuestra que lo que menos importa a esta administración es la gente. La gente que votó por ellos.

publicado originalmente en megaurbe.com.mx el 31 de enero de 2021 

La fotografía es de mi autoría también.

jueves, 8 de abril de 2021

Los apagones.

 


Oklahoma 148 es la dirección de la casa donde pase mi infancia y adolescencia, los textos de esta colaboración tienen que ver con esos años y las reflexiones que hago 40 años después.

Armando Enríquez Vázquez

Durante la primera mitad de la década de los años 70 en la Ciudad de México los apagones eran algo común. En la casa mi madre tenía cajas de velas para enfrentar la contingencia cotidiana. Y las linternas de mano que funcionaban con pilas D de Ray O Vac o Gato Negro se descargaban de manera casi inmediata por lo que servían básicamente para buscar en closets y covachas algo que se había olvidado dejar a la mano.

En aquellos días, no había la dependencia electrónica de nuestros días, los teléfonos funcionaban sin importar la electricidad, pero tampoco existía la costumbre de hablar por teléfono todo el día, porque entonces las tarifas de Telmex eran muy altas, a pesar de ser una empresa paraestatal Telmex era igual de incompetente que hoy. En aquellos años no había computadoras y si no podíamos ver la televisión durante las horas o largos minutos que duraba el apagón en el día había otras maneras de pasar el tiempo empezando por la lectura y juegos diversos. Cuando los apagones se extendían de la tarde a la noche entonces comenzaban a surgir los temores que las historias sobrenaturales de las trabajadoras domésticas de la casa producían en nosotros. Niños que durante el día las atosigábamos para que nos contaran las tradiciones populares que ellas conocían al dedillo acerca de brujas y espantos y que entre los mayores lográbamos conseguir en diferentes momentos del día y que nos contaban en diferentes versiones para más tarde reconstruirlas y predisponernos con ellas. Una de las que más miedo me daba era la historia de que si veíamos fijamente el reflejo de la llama en el espejo después de un tiempo se aparecía el diablo. Para colmo mi madre tenía por costumbre poner las velas enfrente de los espejos para que el resplandor duplicado alumbrara un poco más, entonces caminar los pasillos donde se encontraban esos espejos se convertía en un reto. Y si el apagón sucedía en las noches de lluvia torrencial del verano era todavía peor el asunto. Las sombras creadas por los relámpagos en las ventanas, la incertidumbre que siempre provoca la oscuridad y los movimientos de 9 personas y los ruidos naturales de una casa y de la calle, más la danzante llama y su reflejo creaban una atmosfera de terror que ninguna película pudo superar jamás. Esas historias nunca nos las hubieran contado mis padres.

Un apagón nocturno también equivalía al aburrimiento y desesperada espera por el regreso de la luz para poder terminar las tareas que los juegos de la tarde habían retrasado, llevar a cabo los preparativos finales para el siguiente día escolar y darnos cuenta qué se nos había olvidado comprar alguna monografía en la papelería.

En esos años no bastaba con las velas había que tener cajas de fusibles que ayudaran a restaurar la energía eléctrica que debido a la mala calidad de la electricidad y a la falta de control en el voltaje se fundían y quemaban con cierta regularidad. Los fusibles son unos pequeños cilindros con cuerpo de baquelita y dos puntas destornillables de cobre, en su interior va una tira metálica llamada listón. Mi padre me enseñó a cambiarlos. Abrir la caja de los fusibles me producía el mismo temor que levantar y sostener la mirada frente al espejo con la imagen doble de la llama. Mientras una representaba sobre natural con los fusibles existía la posibilidad de morir electrocutado, convertido en un montoncito de ceniza; otro de esos mitos de la infancia producto de la televisión, con el paso de los años aprendí que no era así de poético. Tras bajar la cuchilla que permitía el paso de la energía eléctrica, había que desprender el fusible que entraba a presión y si lo jalabas con fuerza podías, al menos en la caja de la casa, subir las cuchillas y producir el accidente eléctrico. Esa era la operación clave. Una vez extraído el fusible se verificaban los listones metálicos y reemplazaban, o en el mejor de los casos si el fusible estaba carbonizado, sólo había que poner un nuevo sin llevar a cabo la operación de sustituir el listón, el fusible de repuesto ya tenía uno.

La energía eléctrica en México era conducida por ineptos funcionarios. Para mayor negocio del demagogo y corrupto Luis Echeverría y sus secuaces, algunos de los cuales sorprendentemente han sobrevivido 50 años en el escenario político, se cambió el ciclaje eléctrico del país de 50 a 60 ciclos en 1974, además de lo que hayan cobrado a los ciudadanos, que no conozco, existió una gran campaña publicitaria en medios y trípticos sobre el asunto y se creó un personaje al que se llamó Foquito. Todo provocó que alguien se llenara los bolsillos con el dinero de los contribuyentes.

La política energética de los años 70 poco ayudó a la economía familiar, pero lleno de historias mi niñez y adolescencia.

El reciente apagón nacional, me recordó aquellos días y no sólo por el hecho de que de buenas a primera no hubiera energía eléctrica, si no básicamente por la arrogancia del gobierno federal al inventar mentiras sobre el origen de la falla, para justificar los negocios del director de la CFE y el dueño de las minas de carbón del país, me recordó el cinismo que durante más de 70 años fue la principal defensa del PRI frente a los cuestionamientos y preguntas de los mexicanos y lo peor me recordó el origen priísta del presidente y su gabinete.


Este texto se publicó originalmente en megaurbe.com.mx el 8 de enero de 2021 

La fotografía es también de mi autoria. 

miércoles, 13 de marzo de 2019

La educación musical urbana (I).




Hace ya muchos años aprendí que sin importar cual sea tu gusto musical, la Ciudad se encarga de enriquecer tu catálogo. No sólo porque te puedes encontrar músicos a lo largo de cualquier caminata por la ciudad desde los ya patentados y sindicalizados organilleros que además de cargar a sus espaldas verdaderas obras de arte del siglo XIX, que tropicalizadas y con melodías que ningún técnico alemán pensó en integrar al repertorio del instrumento van haciéndole al Pípila moderno,  Están también aquellos que aporrean un instrumento, generalmente guitarras o algo que las asemeja a lo largo de las diferentes rutas de peseras, Metro, y hasta en la entrada de las estaciones del metrobús encuentras a diferentes personas tocando todo tipo de música con todo tipo de instrumento. Un viejo interpreta música conceptual, no logré identificar la canción por más que lo intenté, soplando a manera de silbido en una hoja de árbol. Mi madre diría que en Veracruz ejecutan la más variada música con una hoja de naranjo, pero en las cercanías de la estación del metrobús cercana al metro Hidalgo sobre Avenida de la Reforma no veo ningún árbol frutal.  
En su caso peseras y en décadas pasadas los camiones y combis fueron una fuente muy importante en mi instrucción musical. Durante mi juventud debido a las brechas generacional y cultural existentes con muchos de los choferes que sobrepasaban los cuarenta años y que habían nacido en la década de los treinta o finales de los años veinte del siglo pasado era muy común escuchar “Rancheras” o “Boleros” ardidos en los que los cantantes únicamente deseaban lo peor a su pareja sentimental por haberlos dejado de amar o que se hundían en litros de alcohol porque eran mal correspondidos en su amor y por lo tanto podían desear lo peor para la pareja anhelada. Otros más jóvenes e incluso cercanos a mi edad escuchaban música que era más cercana a lo que yo escuchaba y otros cosas totalmente fuera de mi espectro musical. Los gustos radiofónicos del conductor y en ocasiones su selección en audio cassette me descubrieron letras inolvidables:
“…La Luna me miró y yo la comprendí, me dijo que tu amor, no me iba a hacer feliz.”
Es de llamar la atención esa compatibilidad entre el cantante y un cuerpo celeste. La comunicación entre un ser humano y La Luna puede llegar a convertirse en una nueva secta o en una nueva sexualidad. ¿Acaso el mensaje de La Luna no puede nacer de los celos del satélite natural? En otra canción un poco más reciente, pero de otra latitud, el grupo español Mecano habla de un “Hijo de La Luna.” A mí en lo personal, estas canciones me han obligado a revalorar a La Luna a la que desde ese entonces identificó más con Hécate que con Selene. Y en el caso de las ahora llamadas “Luna de sangre” “Luna de hielo” o de lo que sea a sentirme muy paranoico con el enorme satélite que vigila mis movimientos.
Otra realmente perturbadora es una canción que gracias a Internet, ahora sé que es interpretada por un grupo que se llamó Los Buitres de Culiacán, nombre muy especial y más porque el narcotráfico ni siquiera se encontraba en la hoja de la nota roja en ningún diario, ni siquiera existía la palabra que hoy conocemos para designar el tráfico de estupefacientes. Pero la letra de su canción Limonadas Verdes que empieza así, me viene constantemente a la mente:
Cuando paso por tu casa me quito los calcetines
Pa' que no diga tu mamá que me
Apestan los patines
Con las limonadas verdes
Con las verdes limonadas
Con sus ojos de piña me mira
Me mira y me mata de amor



Sí el hedor que despiden los pies del sujeto es tan fuerte que necesita quitarse los calcetines, ¿no sería mejor que consultara a un médico? ¿o al menos que lavara de vez en cuando los dichosos calcetines? Pero lo más perturbador de la canción son los ojos de la amada. “Ojos de Piña”, ¿por el color? Son como para salir corriendo; la chica o es parte de alguna raza extraterrestre que visita nuestro planeta y por lo tanto por eso son color amarillo piña o sufre de una invasión de lagañas pocas veces vista, de otra manera no entiendo la desafortunada metáfora, ¿o son las pestañas duras y enormemente largas como las pencas que coronan la fruta? Peor aún entonces.
Alguna vez también me toco escuchar en otra pesera una canción cuyo estribillo es: “Como tú nunca vas a la ópera voy a hacer una cumbia con ópera y la vas a tener que bailar…” Interesante. Sí la persona no gusta de la ópera, ¿Por qué demonios le va a gustar convertida en un híbrido horrendo al meterle los acordes de una cumbia ramplona?



No es que en casa se escuchara únicamente música culta, por el contrario, pero la formación medioclasera de mi padre que identificaba la modernidad con lo que venía de Estados Unidos, llenando los fines de semana de la casa con Glenn Miller, Ray Conniff, o cosas que eran extrañas para todos a principios de los años setenta como Isao Tomita que aún no sé dónde conseguía mi padre y que colmaban la casa de las deformes notas electrónicas del japonés interpretando “Cuadros de una Exposición” de Mussorgsky. En el radio del automóvil de mi padre durante los paseos de sábado o domingo por la tarde escuchábamos además de eventos deportivos que no eran futbol soccer, Radio Mundo o Radio Universal donde se podía escuchar a Bert Bachara o a Paul Anka cantar “The Most Beautiful Girl in the World.” Mi madre casi nunca ponía música en la casa.
Afortunadamente y gracias a Internet hoy a partir de esas líneas que han sobrevivido por décadas en mi mente, nunca para bien, he podido recuperar estas canciones que son muestra de una parte de la educación musical que brinda la ciudad y que impacta por lo sui generis en los habitantes que en lo que puede ser la traumática experiencia del servicio público de transporte además tiene que enfrentarse a todo volumen con una selección de música exótica para muchos de los viajeros.

Continuará…



Armando Enríquez Vázquez

viernes, 15 de junio de 2018

Apagones.




En el mundo en el que vivimos el hecho de tener corriente eléctrica es algo que ni siquiera cuestionamos. Nos es imposible imaginar nuestra vida sin electricidad. Llegamos a los lugares en los que vivimos, trabajamos y nos divertimos y buscamos un contacto para cargar nuestro teléfono, la tableta, la laptop. En el momento en que percibimos algo de oscuridad recurrimos a un interruptor que al moverlo ilumina el cuarto en el que estamos.
Esto es algo a lo que los seres humanos nos hemos acostumbrado y aficionado en el último siglo. Gracias a la luz eléctrica podemos dormirnos a las dos de la mañana sin sentir la oscuridad de la noche.
Una Vez que los hombres, gracias a un cable pudieron surtir de energía eléctrica a calles y hogares, los terrores nocturnos desaparecieron, pero la continuidad en la administración de la corriente eléctrica no fue constante durante años y por equis o por zeta en la Ciudad de México sufrimos durante ciertos períodos del siglo XX grandes y prolongados apagones.
Recuerdo que durante los años setenta hubo diversas temporadas en que estos apagones eran muy comunes, casi todas las noches, de duración variable e inesperada. La colonia Nápoles, donde se encontraba la casa de mis padres, se apagaba. En aquellos años no existían en México lámparas de esas que se cargaran mientras hay corriente como sucede hoy, utilizábamos linternas de mano y que utilizaban pilas Ray-O-Vac o Eveready. Duracell no se producía en México y por lo tanto no se vendía en nuestro país; las leyes proteccionistas del PRI y de Luis Echeverría Álvarez dañaban a México en muchos sentidos.
Pero sobre todo utilizábamos velas. Velas de cera que mi madre compraba en cajas que deben haber tenido unas 24 velas blancas que se ponían en los candelabros que había en diferentes lugares de la casa; jamás en las recamaras de nosotros los niños, pero si en pasillos, sala y comedor. Mi madre tenía candelabros frente a los espejos para dar mayor iluminación. Las diferentes servidoras domésticas que pasaron por la casa en esos años contaban historias de brujas y otras cosas en esas noches y atardeceres oscuros, que habían oído en los pueblos de los que eran originarias, alimentando mis miedos y fantasías, así como las de mis hermanos.
Una que era particularmente aterradora era la idea de que las velas frente a los espejos no era algo seguro, ni recomendable. De acuerdo, con alguna de aquellas mujeres si uno prendía una vela frente al espejo y lo observaba por el periodo de tiempo necesario podía ver al Diablo.
Pasar frente a los espejos con los candelabros al frente representaba un reto, o bajabas la mirada y pasabas rápido viendo la oscuridad del piso, o volteabas al espejo e intentabas ver mucho más allá del reflejo de la flama. La mayor parte de las veces era un poco de ambas acciones, apresuraba el paso, pero por un instante volteaba a ver el espejo y permanecía otro instante con la mirada fija en la flama y su reflejo.  
Que se fuera la luz al atardecer implicaba que todavía había un poco de luz para leer, o jugar o llevar una vida normal, ya iniciada la noche implicaba ver la flama, jugar masoquistamente a dejarse caer la cera liquida en la mano tratando de lograr una copia de la palma de la mano con líneas o con de las huellas digitales y tras una media hora de oscuridad y luz de velas, dirigirse a la cama más temprano que de costumbre con la esperanza de que a la madrugada siguiente ya estuviera de regreso la luz para no tener que vestirse a la luz de la vela para ir a la escuela.
En algún punto los apagones terminaron, la vida nocturna se convirtió en la de la luz artificial y rara vez se sufre de un apagón. La luz de las velas queda como el lugar común de una escena romántica o como un reminiscente de un pasado, que imaginamos, erróneamente muy aburrido.
Cuando un transformador de esos de la CFE estalla, por lo general la reacción es rápida en menos de media hora llega una cuadrilla, o dos o hasta tres de muchos hombres con cascos de plástico blancos o amarillos y sus chalecos. Todos miran desde tierra el transformador y dan vueltas alrededor de él. Si hay un árbol recorren a pie la sombra de las ramas y observan el transformador desde el extremo de la sombra. No se les ve hacer nada a excepción de esa profunda observación del lugar donde se origina el problema, después de tres cuartos de hora deciden que uno de ellos, se suba a la canastilla de la pluma y suba a inspeccionar el transformador. Ahora que el trabajador lo ve de cerca y se comunica con sus compañeros cinco metros abajo a gritos ininteligibles, se hacen una especie de teamback donde se delibera el paso a seguir. Después de un par de horas deciden trabajar y ya sea mandan traer otro transformador o ajustan las cuchillas del que tuvo el fallo o en último de los casos mandan traer una sierra y podan el árbol de manera arbitraria, solamente para demostrar que están trabajando.
Algo así sucedió el pasado martes en una esquina de la Colonia del Valle, claro que con la lluvia que caía a cántaros, el proceso tardó mucho más, porque además entre los vehículos que llegaron venía un camión grúa que a simple vista eran insuficientes para alcanzar la altura donde sucedió el problema. Eran las siete y media de la noche, el tráfico estaba a todo lo que daba así que dos horas después llegó un nuevo camión con una pluma… idéntica a la primera, dos horas después llego el camión adecuado.
Actualmente no existe en mí el conflicto con la vela, afortunadamente existen lamparas que se cargan con anterioridad y los teléfonos, tabletas y otros artefactos tiene una pila que dura unas horas… pero pasadas dos horas todo comienza a complicarse, durante mi infancia la falta de luz era una molestia y hasta una aventura. Hoy imaginar siquiera la posibilidad de quedar sin teléfono o computadora es como imaginarse aislado en la Isla del Diablo. Así que empiezas a medir el uso de los aparatos como quien en una película del desierto raciona el agua de la cantimplora. Esperas y hasta rezas para que la luz vuelva, decides asomarte a la ventana para ver que hacen los trabajadores la Comisión Federal de Electridad solo para descubrir que ya no hay nadie de la CFE en la calle y la luz no regresó. Como en la infancia resignado te vas a dormir esperando que el amanecer sea distinto y que no haya estallado el apocalipsis.
Al amanecer regresan las cuadrillas ahora son más camiones grúa y un hombre con Walkie Talkie aleja a los curiosos que se acercan a los trabajadores a preguntar que sucede. 20 horas después, ya cuando la esperanza te ha abandonado y piensas en subir las escaleras de un edificio de 15 pisos, descubres que la luz ha sido restaurada y con seguridad los habitantes de las dos manzanas afectadas respiran con facilidad una vez más, igual que tú.



Armando Enríquez Vázquez

jueves, 7 de junio de 2018

“Se compran colchones…”





Cuando uno sale de la caótica y adorada Ciudad de México en busca de romper la rutina y un supuesto descanso existen cosas y situaciones con las que uno jamás piensa encontrarse. Hace unos días fui a visitar a un amigo en Cuernavaca y en esa mañana de provincia llena de sol, un fresco viento, cantos de diferentes aves y molestias de diversos insectos escuché algo que al parecer ya estamos exportando desde la capital de los tacos, los microbuses y, como dicen algunos mexiquenses envidiosos, orden y paz.
Imagine el lector, el casi bucólico amanecer, las verdes copas de tabachines, bugambilias y flamboyanes, el canto de zanates y otras aves, que desconozco, pero no gorjean a manera de carraspera de anciano español de ochenta y cinco años de fumar un cigarro tras otro, como sucede con los gorriones chilangos, este canto es impoluto, como no, y nativo de las aves que habitan en la zona urbana de Cuernavaca. El cielo azul y un sol que levantándose por el oriente anuncia ya un mediodía caluroso, el reflejo de la luz solar que rebota de la moldura de una ventana o puerta directo sobre la ondeante superficie del agua de la alberca. En fin, eso que todo chilango identifica como paz provinciana y que anhelamos se materialice en un fin de semana o en un par de días, después de transitar un poco más de media hora sobre la carretera y que nos convierte en turista ocasional o de suburbio.
Se sienta uno en medio de ese escenario, mira el cielo azul, la pintoresca nube que parece haber salido de película de Gabriel Figueroa y se recuesta contra la tumbona, café en una mano. Cierra los ojos y se compadece de todos los Godínez que a esa hora se pelean por subir a la pesera cuidando de no tirar el contenido de sus Tupperware ante tanto apretón de cuerpos. En ese momento la plenitud desaparece; una voz más que chilanga aguda, estridente y sin gracia nos regresa al corazón de Narvarte, de la Toriello Guerra, de la Escandón o de la Escuadrón 201:
 - “Se compran colchones, estufas, etc, etc



Se trata de la misma grabación que recorre las calles de la Ciudad de México. No quiero minimizar la diaria rutina que vive la gente de Cuernavaca, que como en todas las ciudades, no encaja en la visión egoísta del que sólo pasa por unos días por la población. No quiero tampoco parecer ignorante de que la misma necesidad que tenemos los chilangos de deshacernos de cosas inservibles aqueja a los habitantes de todas las ciudades del mundo y menos del gran negocio que esto representa para los recolectores de basura, lo que me resulta inverosímil es que la grabación que aturde los oídos de los millones de habitantes de la zona metropolitana de la Ciudad de México tenga calidad de exportación y se repita en ciudades cercanas a la capital.
Las grabaciones se han convertido en el sustituto de los merolicos, otro ejemplo es “Hay tamales calientitos, tamales oaxaqueños…” Aunque también existen aquellos que se limitan a un sonido como esas legiones de hombres que llevan canastas enormes de pan dulce, termos con agua caliente, Nescafé y leche en polvo y haciendo sonar una cornetita ofrecen su mercancía a clientes. Así entre la güeva y la mecanización los vendedores y chatarreros han perdido su personalidad o la crean. Pensando de la peor manera, seguramente acertaré, en una teoría conspiratoria contra el SAT: todos los chatarreros y tamaleros que usan estas grabaciones son parte de una misma empresa ambulante que gana miles de millones y paga nada al fisco. Las grabaciones o el sonido de las cornetitas son parte de la identidad corporativa. No, eso no podría pasar en México, en Suecia tal vez, pero no en México.
Porque hay aquellos que desde la honestidad y autenticidad de su grito nos invitan a creer que el ambulantaje es libre, soberano y abierto a todo aquel que lo quiera ejercer.
Por ejemplo, en la colonia del Valle hay un hombre que pasa a toda velocidad en una bicicleta con su carrito de paletas heladas Holanda gritando a todo pulmón y para que quede claro a quince cuadras de edificios de diez pisos cada uno: ¡Ya llegaron las paletas! El grito es tan enfático y tan determinante que parece que hasta ese momento nunca nadie en la colonia ha probado una paleta y esta la gran oportunidad para hacerlo, es una orden para bajar por una de ellas, pero el hombre va tan rápido que, aunque se bajen los diez pisos del edificio a saltos de escalón, jamás podrá nadie alcanzarlo, lo que hace dudar de que el hombre traiga paletas en ese carrito, o esté en su sano juicio. Hay otro que en una camioneta en San Fernando no se cansa por las tardes de repetir, porque ya grabó su pregón y como el de los colchones lo repite Ad nauseum: ¡Aquí están, señora ama de casa, sus esquites con su harta mayonesa, su harto chile y su harto limón, señora ama de casa! Excluyendo a niños y señores amos de casa de probar los esquites con harto de todo. Los carritos de camotes y los que arreglan cortinas y persianas.
Pero volviendo a lo que dio origen a este texto, por si no basta para aquellos que sufren del síndrome del Jamaicón, llevar chiles y nopales en su maleta. Pueden incluir una grabación con su pregón favorito o el que más los molesta de entre la amplia gama que ofrece la Ciudad de México, en su próximo viaje a provincia o al extranjero, o si no dejar que como siempre la realidad los alcance y los sorprenda.


Armando Enríquez Vázquez

Este texto se publicó en junio de 2017 en intensohd.wordpress

miércoles, 23 de mayo de 2018

Tlaloc Dios de la lluvia en Chilangolandia




Nada más porque nos encanta quejarnos a lo pendejo y culpar a diestra y siniestra. A los habitantes de la Ciudad de México, antiguo lago, se nos olvida ese sencillo hecho. A nuestra conveniencia o por simple y llana ignorancia desconocemos que uno de los dos templos en la cima de la gran pirámide de Tenochtitlan estaba dedicado a Tlaloc, Dios de la lluvía. El agua rodeaba la capital del Imperio Mexica y daba vida al valle y la misma ciudad, la lluvia era de capital importancia para el imperio mesoamericano.
Se nos olvida, porque nadie lo cuenta, o porque nuestra memoria se ha deformado a golpe perezoso de pensar que la manera de llegar al Centro de la Ciudad desde Xochimilco o desde Tlalpan se ha realizado siempre a través de calles de tierra, adoquín o asfalto, a pesar de las cuatro enormes calzadas que conectaban a la Ciudad con las orillas del lago, existían otras formas de llegar a la Tenochtitlan y recorrer sus canales. Hay quienes hoy piensan que las canoas y trajineras son sólo para turistas y adolescentes borrachos, sin saber o recordar que el mismo Cortés utilizó bergantines en el asedio final de la Ciudad. Nos negamos el hecho de que la cuenca del Valle de México albergó durante milenios un lago. Un enorme lago, que a principios del siglo XX aún se podía navegar si se deseaba ir de la capital a Chalco o Texcoco. Un enorme lago que se subdividía en otros cinco: Xaltocan, Texcoco, Zumpango, Xochimilco y Chalco. Ignoramos o no queremos aprender y saber que antes de que los tamales fueran de pollo o de puerco, iban rellenos de los peces que habitaban ese lago.
Y si no lo sabias, ahora después de leer los párrafos anteriores no lo debes olvidar. Como tampoco debes ignorar que la capital de la colonia española vivió bajo el agua a lo largo de cinco años a partir de 1629, cuando Tlaloc decidió que la ciudad le pertenecía. De igual forma sucedió en la Ciudad desde la que gobernaba México el dictador Porfirio Díaz, a pesar de que diez años antes el general había inaugurado el Gran Canal, abriendo las compuertas del Drenaje General de la Cuenca de México. Cuenta mi madre que por allá de los años cuarenta del siglo pasado había personas que por una módica suma te cruzaban a lomos de humano las calles inundadas del Centro de la Ciudad en tiempos de lluvias. La portada de la novela de Fabrizio Mejía Madrid Hombre al agua, muestra a dos adolescentes esquiando de manera divertida agarrados de la defensa de un auto en los años sesenta en plena avenida Presidente Masaryk, en Polanco. Las imágenes de camionetas y autos a la deriva en los bajo puentes de las vías rápidas son el emúlo moderno de las corrientes que hace siglos arrastraban caballos y a sus monturas bajo sus caudales crecidos por las tormentas.
Cuando el enorme monolito que representa al Dios de la lluvia fue traído a la Ciudad de México, el 16 de abril de 1964, desde el pueblo de San Miguel Coatlinchán en el Estado de México, hasta su actual asentamiento a la entrada del Museo Nacional de Antropología en la Ciudad de México, un trayecto cercano a los 50 kilómetros, llovió durante todo el trayecto del Dios, jamás sobre él siempre a su alrededor, como si de manera poética el dios celebrará su arribo a la otrora Gran Tenochtitlan.
Desde que tengo memoria la ciudad se inunda año con año, mostrando su cualidad acuática. Año tras año Tlaloc regresa a demandar la restitución, aunque sea por unas horas y en algunas zonas del majestuoso lago y ríos que bañaban el Valle de México y que los mexicanos decidieron entubar en aras de crear una monstruosa ciudad donde millones de mexicanos viven en las áreas que fueron lago y año tras año pierden sus bienes naturales, como sacrificio involuntario a frente al ofensa al dios de la lluvia por desecar el lago.
La lluvia baña constantemente, de manera típica la ciudad de México y desde las zonas más altas de las serranías que la rodean bajan miles de litros de agua ríos que ya no vemos correr, porque los gobernantes prefirieron el inmóvil silencio del gris concreto, en lugar de crear una forma de presumir el rumor de esos ríos que corren por Mixcoac, Churbusco, la Colonia Anáhuac.
Ríos, también, como el Magdalena, el Tacubaya, el Ameca o el antiguo Canal de la Viga, nuestra ciudad hecha de agua, no sabe incluir ese elemento primordial en su imagen y por eso Tlaloc cada año nos lo recuerda.
Esto fue un lago, un enorme lago que de existir todavía tendría sumergidas en sus aguas colonias como la Roma, todo el norte de la Ciudad, Lo que es el aeropuerto y colonias aledañas, únicamente sobresalía de las aguas el cerro que llamamos, Peñón de los Baños. Un bello y hermoso lago del que las antiguas litografías, grabado y pintura dan cuenta.
Olvidemos las maledicencias contra autoridades, no porque sean mediocres y desobligadas, contra los elementos, que no podemos encontrar y aunque soy empático con el refunfuñar y el malestar cuando la lluvia nos pilla fuera de casa, mejor abracemos la lluvia con la que Tlaloc, dios protagónico de nuestra ciudad, intenta hacernos recordar la grandeza del lago que la vio nacer.
Dejó un pequeño poema del gran Efraín Huerta titulado Tlaloc:
Sucede
Que me canso
De ser Dios
Sucede
Que me canso
De llover
Sobre mojado

Sucede
Que aquí
Nada sucede
Sino la  lluvia
            lluvia
            lluvia
            lluvia



Armando Enríquez Vázquez
publicado en junio de 2017 en intensohd.wordpress
fotografía Rubén Camarillo