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jueves, 8 de abril de 2021

Los apagones.

 


Oklahoma 148 es la dirección de la casa donde pase mi infancia y adolescencia, los textos de esta colaboración tienen que ver con esos años y las reflexiones que hago 40 años después.

Armando Enríquez Vázquez

Durante la primera mitad de la década de los años 70 en la Ciudad de México los apagones eran algo común. En la casa mi madre tenía cajas de velas para enfrentar la contingencia cotidiana. Y las linternas de mano que funcionaban con pilas D de Ray O Vac o Gato Negro se descargaban de manera casi inmediata por lo que servían básicamente para buscar en closets y covachas algo que se había olvidado dejar a la mano.

En aquellos días, no había la dependencia electrónica de nuestros días, los teléfonos funcionaban sin importar la electricidad, pero tampoco existía la costumbre de hablar por teléfono todo el día, porque entonces las tarifas de Telmex eran muy altas, a pesar de ser una empresa paraestatal Telmex era igual de incompetente que hoy. En aquellos años no había computadoras y si no podíamos ver la televisión durante las horas o largos minutos que duraba el apagón en el día había otras maneras de pasar el tiempo empezando por la lectura y juegos diversos. Cuando los apagones se extendían de la tarde a la noche entonces comenzaban a surgir los temores que las historias sobrenaturales de las trabajadoras domésticas de la casa producían en nosotros. Niños que durante el día las atosigábamos para que nos contaran las tradiciones populares que ellas conocían al dedillo acerca de brujas y espantos y que entre los mayores lográbamos conseguir en diferentes momentos del día y que nos contaban en diferentes versiones para más tarde reconstruirlas y predisponernos con ellas. Una de las que más miedo me daba era la historia de que si veíamos fijamente el reflejo de la llama en el espejo después de un tiempo se aparecía el diablo. Para colmo mi madre tenía por costumbre poner las velas enfrente de los espejos para que el resplandor duplicado alumbrara un poco más, entonces caminar los pasillos donde se encontraban esos espejos se convertía en un reto. Y si el apagón sucedía en las noches de lluvia torrencial del verano era todavía peor el asunto. Las sombras creadas por los relámpagos en las ventanas, la incertidumbre que siempre provoca la oscuridad y los movimientos de 9 personas y los ruidos naturales de una casa y de la calle, más la danzante llama y su reflejo creaban una atmosfera de terror que ninguna película pudo superar jamás. Esas historias nunca nos las hubieran contado mis padres.

Un apagón nocturno también equivalía al aburrimiento y desesperada espera por el regreso de la luz para poder terminar las tareas que los juegos de la tarde habían retrasado, llevar a cabo los preparativos finales para el siguiente día escolar y darnos cuenta qué se nos había olvidado comprar alguna monografía en la papelería.

En esos años no bastaba con las velas había que tener cajas de fusibles que ayudaran a restaurar la energía eléctrica que debido a la mala calidad de la electricidad y a la falta de control en el voltaje se fundían y quemaban con cierta regularidad. Los fusibles son unos pequeños cilindros con cuerpo de baquelita y dos puntas destornillables de cobre, en su interior va una tira metálica llamada listón. Mi padre me enseñó a cambiarlos. Abrir la caja de los fusibles me producía el mismo temor que levantar y sostener la mirada frente al espejo con la imagen doble de la llama. Mientras una representaba sobre natural con los fusibles existía la posibilidad de morir electrocutado, convertido en un montoncito de ceniza; otro de esos mitos de la infancia producto de la televisión, con el paso de los años aprendí que no era así de poético. Tras bajar la cuchilla que permitía el paso de la energía eléctrica, había que desprender el fusible que entraba a presión y si lo jalabas con fuerza podías, al menos en la caja de la casa, subir las cuchillas y producir el accidente eléctrico. Esa era la operación clave. Una vez extraído el fusible se verificaban los listones metálicos y reemplazaban, o en el mejor de los casos si el fusible estaba carbonizado, sólo había que poner un nuevo sin llevar a cabo la operación de sustituir el listón, el fusible de repuesto ya tenía uno.

La energía eléctrica en México era conducida por ineptos funcionarios. Para mayor negocio del demagogo y corrupto Luis Echeverría y sus secuaces, algunos de los cuales sorprendentemente han sobrevivido 50 años en el escenario político, se cambió el ciclaje eléctrico del país de 50 a 60 ciclos en 1974, además de lo que hayan cobrado a los ciudadanos, que no conozco, existió una gran campaña publicitaria en medios y trípticos sobre el asunto y se creó un personaje al que se llamó Foquito. Todo provocó que alguien se llenara los bolsillos con el dinero de los contribuyentes.

La política energética de los años 70 poco ayudó a la economía familiar, pero lleno de historias mi niñez y adolescencia.

El reciente apagón nacional, me recordó aquellos días y no sólo por el hecho de que de buenas a primera no hubiera energía eléctrica, si no básicamente por la arrogancia del gobierno federal al inventar mentiras sobre el origen de la falla, para justificar los negocios del director de la CFE y el dueño de las minas de carbón del país, me recordó el cinismo que durante más de 70 años fue la principal defensa del PRI frente a los cuestionamientos y preguntas de los mexicanos y lo peor me recordó el origen priísta del presidente y su gabinete.


Este texto se publicó originalmente en megaurbe.com.mx el 8 de enero de 2021 

La fotografía es también de mi autoria. 

viernes, 15 de junio de 2018

Apagones.




En el mundo en el que vivimos el hecho de tener corriente eléctrica es algo que ni siquiera cuestionamos. Nos es imposible imaginar nuestra vida sin electricidad. Llegamos a los lugares en los que vivimos, trabajamos y nos divertimos y buscamos un contacto para cargar nuestro teléfono, la tableta, la laptop. En el momento en que percibimos algo de oscuridad recurrimos a un interruptor que al moverlo ilumina el cuarto en el que estamos.
Esto es algo a lo que los seres humanos nos hemos acostumbrado y aficionado en el último siglo. Gracias a la luz eléctrica podemos dormirnos a las dos de la mañana sin sentir la oscuridad de la noche.
Una Vez que los hombres, gracias a un cable pudieron surtir de energía eléctrica a calles y hogares, los terrores nocturnos desaparecieron, pero la continuidad en la administración de la corriente eléctrica no fue constante durante años y por equis o por zeta en la Ciudad de México sufrimos durante ciertos períodos del siglo XX grandes y prolongados apagones.
Recuerdo que durante los años setenta hubo diversas temporadas en que estos apagones eran muy comunes, casi todas las noches, de duración variable e inesperada. La colonia Nápoles, donde se encontraba la casa de mis padres, se apagaba. En aquellos años no existían en México lámparas de esas que se cargaran mientras hay corriente como sucede hoy, utilizábamos linternas de mano y que utilizaban pilas Ray-O-Vac o Eveready. Duracell no se producía en México y por lo tanto no se vendía en nuestro país; las leyes proteccionistas del PRI y de Luis Echeverría Álvarez dañaban a México en muchos sentidos.
Pero sobre todo utilizábamos velas. Velas de cera que mi madre compraba en cajas que deben haber tenido unas 24 velas blancas que se ponían en los candelabros que había en diferentes lugares de la casa; jamás en las recamaras de nosotros los niños, pero si en pasillos, sala y comedor. Mi madre tenía candelabros frente a los espejos para dar mayor iluminación. Las diferentes servidoras domésticas que pasaron por la casa en esos años contaban historias de brujas y otras cosas en esas noches y atardeceres oscuros, que habían oído en los pueblos de los que eran originarias, alimentando mis miedos y fantasías, así como las de mis hermanos.
Una que era particularmente aterradora era la idea de que las velas frente a los espejos no era algo seguro, ni recomendable. De acuerdo, con alguna de aquellas mujeres si uno prendía una vela frente al espejo y lo observaba por el periodo de tiempo necesario podía ver al Diablo.
Pasar frente a los espejos con los candelabros al frente representaba un reto, o bajabas la mirada y pasabas rápido viendo la oscuridad del piso, o volteabas al espejo e intentabas ver mucho más allá del reflejo de la flama. La mayor parte de las veces era un poco de ambas acciones, apresuraba el paso, pero por un instante volteaba a ver el espejo y permanecía otro instante con la mirada fija en la flama y su reflejo.  
Que se fuera la luz al atardecer implicaba que todavía había un poco de luz para leer, o jugar o llevar una vida normal, ya iniciada la noche implicaba ver la flama, jugar masoquistamente a dejarse caer la cera liquida en la mano tratando de lograr una copia de la palma de la mano con líneas o con de las huellas digitales y tras una media hora de oscuridad y luz de velas, dirigirse a la cama más temprano que de costumbre con la esperanza de que a la madrugada siguiente ya estuviera de regreso la luz para no tener que vestirse a la luz de la vela para ir a la escuela.
En algún punto los apagones terminaron, la vida nocturna se convirtió en la de la luz artificial y rara vez se sufre de un apagón. La luz de las velas queda como el lugar común de una escena romántica o como un reminiscente de un pasado, que imaginamos, erróneamente muy aburrido.
Cuando un transformador de esos de la CFE estalla, por lo general la reacción es rápida en menos de media hora llega una cuadrilla, o dos o hasta tres de muchos hombres con cascos de plástico blancos o amarillos y sus chalecos. Todos miran desde tierra el transformador y dan vueltas alrededor de él. Si hay un árbol recorren a pie la sombra de las ramas y observan el transformador desde el extremo de la sombra. No se les ve hacer nada a excepción de esa profunda observación del lugar donde se origina el problema, después de tres cuartos de hora deciden que uno de ellos, se suba a la canastilla de la pluma y suba a inspeccionar el transformador. Ahora que el trabajador lo ve de cerca y se comunica con sus compañeros cinco metros abajo a gritos ininteligibles, se hacen una especie de teamback donde se delibera el paso a seguir. Después de un par de horas deciden trabajar y ya sea mandan traer otro transformador o ajustan las cuchillas del que tuvo el fallo o en último de los casos mandan traer una sierra y podan el árbol de manera arbitraria, solamente para demostrar que están trabajando.
Algo así sucedió el pasado martes en una esquina de la Colonia del Valle, claro que con la lluvia que caía a cántaros, el proceso tardó mucho más, porque además entre los vehículos que llegaron venía un camión grúa que a simple vista eran insuficientes para alcanzar la altura donde sucedió el problema. Eran las siete y media de la noche, el tráfico estaba a todo lo que daba así que dos horas después llegó un nuevo camión con una pluma… idéntica a la primera, dos horas después llego el camión adecuado.
Actualmente no existe en mí el conflicto con la vela, afortunadamente existen lamparas que se cargan con anterioridad y los teléfonos, tabletas y otros artefactos tiene una pila que dura unas horas… pero pasadas dos horas todo comienza a complicarse, durante mi infancia la falta de luz era una molestia y hasta una aventura. Hoy imaginar siquiera la posibilidad de quedar sin teléfono o computadora es como imaginarse aislado en la Isla del Diablo. Así que empiezas a medir el uso de los aparatos como quien en una película del desierto raciona el agua de la cantimplora. Esperas y hasta rezas para que la luz vuelva, decides asomarte a la ventana para ver que hacen los trabajadores la Comisión Federal de Electridad solo para descubrir que ya no hay nadie de la CFE en la calle y la luz no regresó. Como en la infancia resignado te vas a dormir esperando que el amanecer sea distinto y que no haya estallado el apocalipsis.
Al amanecer regresan las cuadrillas ahora son más camiones grúa y un hombre con Walkie Talkie aleja a los curiosos que se acercan a los trabajadores a preguntar que sucede. 20 horas después, ya cuando la esperanza te ha abandonado y piensas en subir las escaleras de un edificio de 15 pisos, descubres que la luz ha sido restaurada y con seguridad los habitantes de las dos manzanas afectadas respiran con facilidad una vez más, igual que tú.



Armando Enríquez Vázquez