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lunes, 13 de marzo de 2017

Helado de Guamiche.




Durante los años de mi infancia pasé innumerables ocasiones por Querétaro en camino a destinos vacacionales más septentrionales. En la secundaria, un amigo me invitó a pasar semana santa en casa de unos familiares suyos en esta ciudad. En los años setenta, Querétaro era una apacible ciudad de provincia donde todavía los ecos de la guerra cristera hacían que las monjas se manifestarán en las calles y tras las rejas de los conventos del centro de la Ciudad vendiendo, panes y rompopes. Una sociedad mocha, ultraconservadora y con aires de esa rancia superioridad que surge de creer que pasarse todo el día de iglesia en iglesia hace que se purifique el alma chismosa y destructora de los beatos.
Uno de los tios de mi amigo era sacerdote o algo por el estilo y recuerdo un oscuro lugar de una iglesia llena de libros viejos en latín que me resultaban poco atractivos a pesar de mi amor por los libros.  
Una sociedad que en un fanatismo religioso se paseaba los jueves santos desfilando y lacerándose con látigos encapuchados en un silencio cargado de culpas verdaderas y ficticias, que salpicaban el asfalto con la sangre de los penitentes y las miradas atónitas de niños y perversas de algunos adultos que se alegraban de ver a las personas flagelarse.
En ese Querétaro que era provincia, antes que ciudad y por el pasaba en verano vendían y siguen vendiendo uno de los helados más maravillosos que existan en el país. Se llama mantecado y es realmente el clímax de la heladería mexicana. El mantecado es una verdadera fiesta y un postre barroco de peso, es un helado compacto y espeso de leche con sabor vainilla y color similar al del café con leche, lleno de acitrón, pasas, nueces y almendras. Un helado que es en sí mismo un verdadero manjar y una comida diaria en tanto calorías. Años después descubrí un helado similar en Salamanca, Guanajuato al que llaman helado de pasta y que también existe en Michoacán.
Hace unos años descubrí en uno de los restaurantes tradicionales de Santiago de Querétaro, que este es el nombre correcto y completo de la ciudad capital del estado de Querétaro, la nieve de wamishi, después me he topado con diferentes ortografías de la palabra; guamischi y guamiche parecen ser correctas y más utilizadas que el wamishi que ostentaba en letras de plástico el tablero de la nevería de La Mariposa. Desde entonces y en la medida de lo posible si me encuentro en Santiago de Querétaro y en las cercanías de La Mariposa procuro tomarme una nieve de wamischi, guamiche o guamischi. La nieve de guamiche es de color blanco muy pálido, muy similar al de la nieve de limón, pero tiene cientos de pequeñas semillitas negras que son parte del fruto, su sabor es fresco y un poco ácido.
Después de probarla, me entró la duda acerca del producto que es el ingrediente principal de esta nieve y que da nombre a la misma. El guamiche, guamischi o wamishi es el fruto de la especie de biznaga, la Ferocactus histrix, conocida simplemente como biznaga y que habita en los estados del centro del país.
Lo anterior me hizo recordar otro producto derivado de otra biznaga que tiene gran sabor y es un producto de consumo regular en San Luis Potosí y en Coahuila, donde yo lo probé. Hace ya unos años durante una temporada se intentó introducir como producto gourmet en ciertos supermercados de la Ciudad de México, se trata de los botones de la flor de la biznaga conocida como Biznaga Barril de Lima y cuyo nombre científico es Ferocactus pilosus. Los cabuches cocinados como un vegetal y también preservados en salmuera tienen un sabor delicioso y similar al de la alcachofa y al esparrago. Esta biznaga es fácil de encontrar en los estados del norte centro del país.
Alrededor de la Ciudad de México hay un país de gran territorio, variedad de climas y ecosistemas lleno de sabores y platillos deliciosos, otros no tanto, con los que deleitarnos.

Armando Enríquez Vázquez

lunes, 2 de enero de 2017

En busca del Acorazado perfecto.



La historia gastronómica del Estado de Morelos identifica el origen del mítico Taco Acorazado en la estación del tren de Cuernavaca durante la Revolución a principios del siglo XX. Cuernavaca tierra de enfrentamientos brutales entre zapatistas y federales de todos colores desde los porfirianos, maderistas, seguidores de Huerta y Carranza. Cuernavaca sufrió un constante ataque a su línea ferroviaria que comunicaba con la Ciudad de México. Frente a esta situación los horarios de los trenes no podían definirse y mucha gente debía permanecer en la estación al acecho del arribo del ferrocarril. Aquellos que eran sorprendidos por el tren mientras almorzaban o comían no tenían otra solución que envolver el arroz y los guisos en tortillas y correr al andén para lograr abordar el tren. Esta modalidad de taco pronto se conoció como taco acorazado, o al menos eso dice la leyenda urbana en Morelos.
Cuando en alguna ocasión me contaron la historia y me advirtieron de lo sabroso del platillo, me propuse en alguno de los viajes a la capital de la eterna primavera buscar los famosos Tacos Acorazados. Con ayuda y complicidad de mi amigo César Nicolás nos dimos a la caza del acorazado perfecto o al menos de aquello que los morelenses presumen como antojo regional.
La primera parada, no fue un fracaso, fue peor. Unos tacos iguales a aquellos que los chilangos llamamos de guisado, una cama de arroz sobre la que se deposita una cucharada de un guiso a escoger por el comensal y san se acabó. Nada que ver con ese mítico alimento que, de un plato extendido, pasaba sin problema a una tortilla que se convertía en una especie de morralito para guardar el guisado, mientras aquel que engullía el taco se trepaba al estribo del tren a la carrera.
Tras la infructuosa incursión en la gastronomía de Morelos, decidí olvidar el asunto. Algunos meses después, en la mesa de unos familiares que llevan décadas siendo guayabos, que es el gentilicio coloquial de los habitantes de Cuernavaca, surgió el tema de los famosos Tacos Acorazados y se me brindó una dirección asegurándome que estos eran los mejores Tacos Acorazados de la ciudad. La dirección quedó apuntada.
La siguiente oportunidad que tuve de ir a la ciudad de la eterna primavera, volví a la carga en la búsqueda de los Acorazados perfectos ya con una dirección en la mano. El resultado fue traumante, los famosos tacos acorazados no estaban en esa dirección y a lo largo de la calle anotada no existía ningún establecimiento o carpa y menos una que anunciara los tan afamados tacos.
En la desesperación no quedó más que consultar con otro tragón y conocedor de Cuernavaca que por teléfono giró las instrucciones de dirigirnos a la entrada de la carretera federal que llega de la Ciudad de México y entrar en un establecimiento llamado Doña Seve, conforme a este amigo el lugar es el más famoso en cuanto a los tacos acorazados en la Ciudad de Cuernavaca.
Me encontré frente a un enorme taco de guisado, la única diferencia era que uno de estos enormes tacos es llamado medio Taco Acorazado. Lo que en realidad no significa nada si tomamos en cuenta que en la mayoría de puestos de la Ciudad de México el taco de guisado se sirve con dos tortillas, claro que existen quienes muy modosamente, sobre todo las mujeres que siempre pretenden estar a dieta se hacen dos tacos, mientras que los bárbaros citadinos preferimos atacar el taco con la coraza que le brinda la segunda tortilla e impide que esta, se rompa por la acción de los jugos y caldos del guiso.
 Conclusión: El taco acorazado es únicamente la forma en la que los morelenses han decidido llamarle al taco de guisado aludiendo a una nostálgica historia de la revolución, pero el taco ni contiene ingredientes comunes que hagan a todos los acorazados, acorazados. Cómo tampoco presentan una innovación real a la cultura del taco.
Alguien alegando en favor del Taco Acorazado decía; es que tiene una tortilla recién salida del comal. Eso también sucede con muchos de los tacos de guisado, aunque en ninguno de los casos es un factor determinante de ninguno de los dos.
En lo que a mí se refiere, la búsqueda del Taco Acorazado ha finalizado y prefiero buscar otros ejemplos de la gastronomía morelense si es que existe alguno.


imagen: morelosturistico.com

viernes, 2 de diciembre de 2016

Ornitología.



Armando Enríquez Vázquez
El termino ornitología tiene al menos dos acepciones. La primera se refiere al estudio de las aves y es de tipo científico.
 La segunda hace referencia al título de una composición musical de Charlie Parker también conocido como Bird. Ornitología es una variación que el saxofonista hizo de una pieza clásica del jazz llamada How High the Moon. Parker, uno de los más claros exponentes del Bebop del Jazz, en la década de los años cuarenta del siglo pasado junto con el trompetista Benny Harris, compusieron una nueva melodía utilizando la vieja composición. Sobre una progresión de acordes del clásico surgía una nueva pieza, algo que fue común entre los músicos de Bebop y en especial en la historia de Parker como compositor.
Pero más allá de hablar de aves o de jazz, lo que me propongo con este texto es poner a consideración una nueva acepción de la palabra ornitología, que tiene que ver con una serie de antojitos informales que los mexicanos degustamos en las aceras de la Capital y otras ciudades del país y que todos tienen como denominador común nombres de aves. Son platillos fáciles de preparar y de consumir, en cuanto a digerir esto es difícil de calificar, con los que cualquiera puede ir deleitándose en su periplo al trabajo, pues no necesitan plato. Todos ellos tienen como otra característica en común; un bolillo o telera como uno de los principales ingredientes, su nombre proviene del sustancioso relleno, que cambia entre las diferentes especies. Hay que dejar muy en claro que a diferencia de una torta sencilla o compuesta, los platillos de la ornitología son piezas culinarias que contienen dentro de un pan, un platillo que por sí sólo ya tiene la cantidad necesaria de calorías para toda la semana. Un ingrediente, que sin ningún problema nos comeríamos en un plato sin la necesidad de un plato.
Esta nueva acepción de la palabra también define una revolución alimenticia, ya que es otra mirada a la forma en que ingerimos la famosa vitamina T, combinando, en más de un caso, varios alimentos del grupo que contienen esta vitamina para delicia de los mexicanos. Para los que desconocen la vitamina T, baste decir que es un elemento imprescindible a lo largo de la jornada del mexicano, del cual se desconocen los efectos medicinales, pero que sin duda nos ayuda a enfrentar la vida con ánimos y esperanza.
Cabe también mencionar qué si bien estos platillos no son exclusivos del desayuno, es por la mañana cuando la mayoría de los mexicanos los consume, aun después de haber desayunado obedeciendo al dicho, como un rey. En muchos espacios de Internet se habla y se recomienda a estos platillos como meras botanas que apaciguan el apetito antes de llegar a comer o cenar a casa, o simplemente como sustituto de las papas fritas o palomitas con las que se acompaña a esa sana diversión de dirigir a la selección nacional desde un sillón, encervezado y sin noción alguna de un deporte que jamás se ha practicado.
La primera de estas ya no tan inusuales viandas es la Guacamaya. La Guacamaya es un platillo mañanero del Bajío. Es una torta de chicharrón seco o duritos, como coloquialmente le dicen los guanajuatenses, con jitomate, cebolla y cilantro, picados y una salsa de chile de árbol. Tal vez el color rojo de la salsa con el jitomate y los destellos dorados del chicharrón hayan hecho que alguien bautizara a la combinación con el nombre de la colorida ave. Aunque existe una versión más prosaica que el nombre procede de un alcohólico de la región empecinado en comer el platillo, beber tequila y hablar sin parar como una Guacamaya. Sobra decir por cuál versión me inclino yo. Esa es la forma clásica para preparar una Guacamaya que durante años prevaleció en el centro del país. Pero los tiempos cambian y las nuevas generaciones quieren imprimir su sello en las tradiciones por lo que se han desarrollado un número de variantes acorde con el paladar del comensal; hay quienes añaden cueritos al relleno de la torta, incluso me he llegado a topar con la noticia de que un grupo de habitantes de la zona preocupados por su salud y el buen desempeño de sus actividades laborales a lo largo del día, han desarrollado una Guacamaya que lleva integrada al centro, como el centro de sabor de ciertas paletas, una flauta de picadillo o requesón y por supuesto aquellos amantes de  comidas  más naturales y orgánicas le han agregado aguacate a la combinación. Lo que si no podemos dudar es que todas ellas son en sí un alimento que podría hacer lo que la cabalgata contra el hambre del gobierno no puede hacer.
En Hidalgo, existe el Guajolote, no confundir ni con el ave, ni con otro clásico de esta clasificación ornitológica llamada Guajolota. El Guajolote es otra de las grandes fusiones gourmet de la cocina esquinera y madrugadora de nuestro país, tiene su origen en dos clásicos de nuestra cocina: El sope y la torta. Porque no basta con una buena torta de pollo con queso, si se le puede agregar además de sus frijolitos, cebolla y picante, dos grasosos sopes de esos que nos gustan tanto. Los historiadores de tan nutritivo platillo fechan su origen a principios del siglo 20, en Tulancingo, Hidalgo, cuando una mujer que tenía un puesto de comida ofreció una Nochebuena a los comensales, un grupo de forasteros que habían llegado al pueblo a instalar la energía eléctrica, estas tortas, que comieron muy contentos, o tal vez muy resignados por qué a falta de pavo navideño torta de sope y de ahí el nombre. Lo que para unos debió de haber sido un vía crucis en aras de la modernidad, sin duda fue para esta mujer y el pueblo de Tulancingo el nacimiento de una tradición culinaria y de un platillo capaz de hacer sucumbir al más hambreado.
Pero, llegamos a los clásicos de la ciudad de México. Donde todas las mañanas miles de estas aves son deglutidas por hombres y mujeres en camino al trabajo. El desayuno de campeones. La Guajolota o torta de tamal uno de los alimentos si no más nutritivos, si de los más llenadores. Capaz de mantener al estomago en digestión por las siguientes 24 horas, momento en que otra torta de tamal es ingerida y para los muy osados o de gran estomago nada mejor para lubricar el paso de la miga de maíz y el migajón de trigo que un gran vaso de atole de arroz para tener a los tres principales cereales, no en un día, ni en un ingesta, si no en mismo trago. La Guajolota, como los otros antojitos de la ornitología tiene diferente subespecies; hay quienes gustan de la torta de tamal de mole, otros de tamal verde, los menos piden su torta con tamal tipo oaxaqueño y los más innovadores la piden de tamal de dulce. Incluso existen una serie de puristas que insisten en que La Guajolota tiene que llevar el tamal frito en aceite, de lo contrario se trata de una simple torta de tamal light. Existen otros gourmets que dicen que si el tamal es de mole, entonces a la Guajolota se le debe agregar una buena cucharada de crema.
Finalmente hay que hablar de una especialidad que surgió en un restaurante de la capital y que ha inundado las calles de la ciudad de México, se trata de la tecolota o tecolote. Originaria al parecer del restaurant de Sanborn´s, otro clásico de la ciudad, donde se sirven como una modalidad de molletes, la torta de Chilaquil, o Tecolota, migró a las esquinas de la ciudad y ha evolucionado, pues ahora contiene frijoles, crema, queso rallado, pollo, en algunos esquinas cochinita pibil, chorizo, milanesa o incluso una pechuga empanizada y puede ser verde o roja, aunque espero que pronto los chilaquiles que interesan a este manjar puedan ser también esos chilaquiles negros que se preparan con chile pasilla.
Todos estos platillos pueden prepararse en casa sin ningún problema, pero nada los hace más sabrosos y atractivos que el saber que entre los ingredientes se pueden encontrar las amibas y salmonellas que pululan en las manos de los vendedores callejeros o en aire de los respiraderos del metro.
Mientras el alto mundo culinario está en la deconstrucción, con platos semivacíos y a veces con nombres absurdos que necesitan incluir palabras en francés para justificar su mezquindad, penuria y precio, a la mayoría de nosotros nos gusta la fusión de platillos que son nuestros favoritos, en cantidades suficientes como para recordarnos porque somos uno de los países más obesos del mundo.
Quedó en espera de otra de estas maravillosas aves a ser descubierta, pero por lo pronto ahí van un par de sugerencias:
La torta de gordita de chicharrón, combinar estos dos clásicos de la cocina esquinera chilanga, condimentada con crema, cebolla picada, cilantro y una espesa salsa picante puede ser el próximo gran éxito de nuestras calles. El nombre podría ser la totola, buscando en nuestras lenguas indígenas, o simplemente La Avestruz por la contundencia de la torta.
La otra puede ser una sustantiva torta de tlacoyo, al cual además como en el caso de los oblongos productos de maíz el consumidor pueda escoger el relleno; requesón, chicharrón, frijol o haba y el recubrimiento: papa, chorizo, nopales, quelites, tinga, pancita, etc, decorado con su queso fresco cebolla picada, cilantro y crema. Este nutritivo alimento puede llevar por nombre la cenzontle en la que los 400 cantos se emulan en la cantidad de ingredientes.
Claro que para los nombres son mejores otros y la vox populi tiene más peso que la mía que solo propongo estos platos culinarios.

No sé si alguno de los dos tenga valor alimenticio real, pero sin duda cumple con la regla de poder prolongar su digestión por horas y tal vez días.

Una primera versión de este texto fue publicada en el portal palabrasmalditas.net 
imagen clementejaques.com