miércoles, 19 de junio de 2019

Meteoritos(as) en la Ciudad de México.





El 11 de enero de 2018, supuestamente cayó un meteorito en el área metropolitana de la Ciudad de México, allende la evidencia de un objeto atravesando el cielo al poniente de la CDMX y una estela llamativamente anaranjada, nada se supo al final sobre lo que también pudo tratarse de simple basura espacial, o sea los restos de un satélite al entrar en la atmósfera.
Algunos videos en Youtube dicen que el meteorito cayó en Morelos. (1)
Los meteoritos son siempre fuente que alimenta la imaginación popular o el subconsciente colectivo; pensamos inmediatamente que algo que viene del espacio exterior puede traer al conquistador de nuestro planeta en él, en la forma de un alienígena tipo Predator o Alien o de un virus o bacteria desconocida.
Decir “meteorito” para algunos es pensar en el evento de Siberia en 1908, para otros en la extinción de los dinosaurios. Sin duda la palabra meteorito implica para millones de personas al oírla una suerte de apocalipsis. Por más que en más de una ocasión se nos haya informado la cantidad de material proveniente allende la atmósfera de nuestro planeta que “cae” en la tierra a diario.
Ejemplo: las estrellas fugaces que no llegan a tocar el suelo y para muchos son símbolo de buena suerte, son meteoritos. Pero también está la basura espacial generada por los seres humanos; satélites que terminan cayendo cuando su órbita entra en el campo gravitacional de La Tierra y que en ocasiones nos han tenido a la expectativa y apostando a ver si un pedazo de los paneles solares de tal o cual satélite no cae sobre nuestra casa o en nuestro trabajo.
De hecho, en la divertida serie de humor negro de la primera década de este siglo Death like me, Georgia Lass, personaje principal de la serie, muere en el primer capítulo al ser golpeada por la tapa de un escusado de un satélite artificial.
En la Ciudad de México tenemos nuestros meteoritos como recuerdo de que estos cuerpos celestes llegan a traspasar la atmósfera terrestre. Algunos están resguardados en Palacio de Minería, antigua escuela de Minería e Ingeniería, que se ubica en la calle de Tacuba a la entrada se encuentran varios de estos cuerpos celestes que cayeron en el norte del país y fueron traídos a la Ciudad hace ya más de cien años.



Lo que sorprende de estos enormes restos de viajeros espaciales no es lo mismo para todos, al pararse frente a ellas es imaginar ese andar por lugares que no sólo me son inaccesibles, si no que por más que avance la tecnología en las próximas décadas, ni así me será posible llegar a ellos. Para los burócratas que administran el Palacio es más importante hacer notar a los visitantes que no deben tocar, ni ver en ellos otra cosa que algo prohibido. Por eso tal vez el letrero que las autoridades de la Universidad Nacional Autónoma de México pusieron en las meteoritas (ahora resulta que estos cuerpos celestes tienen género también, aunque después investigando la palabra parece ser que los astrónomos de la UNAM en esa búsqueda por la equidad de género han decidido usar la palabra y aclarar que es sinónimo de meteorito.) pues en todos lados leo meteoritos y sólo en el Palacio de Minería me topé con la palabra meteorita, tal vez sea para borrar ese sexismo y machismo tan evidente en nuestro país.
El letrero es claro y legible: “No subirse a las meteoritas”. La prohibición es clara lo que no es claro es si con ella se pretende evitar que la gente desgaste con sus traseros o zapatos lo que el espacio, el tiempo y la velocidad generada por la fuerza de gravedad en el momento de contacto con la atmosfera de nuestro planeta no pudieron. O si se trata de impedir que una niña o un niño sueñen trepados en la meteorita con llegar a otros mundos del espacio sideral. Impedir que lleguen a imaginar posados en la superficie del cuerpo celeste la soledad que debe haber sentido El Principito en su asteroide, con su flor y moviendo la silla para ver innumerables veces el atardecer.
  




Armando Enríquez Vázquez

lunes, 10 de junio de 2019

La educación musical urbana (II).




Sorprende siempre el ingenio mexicano de llevar la música a todos lados; cantantes de ópera sobre la acera de Avenida Juárez frente al Palacio de Bellas Artes. Cuadras adelante, sobre la calle de Madero una mujer de rasgos indígena, con un vestido de chillante color amarillo, el vestido con vuelos que hipnotizan por con su color llamativo mientras se contonea tocando un acordeón y dos niñas interpretan con sus agudas voces infantiles canciones campiranas.
He visto a un hombre meter un amplificador con un bajo eléctrico y dos tumbas para tocar cumbias en un vagón repleto del metro en la estación CU, logrando la transmutación de los empujones diarios que son fuente de disgustos, alguna mentada y hasta un puñetazo, se conviertan en un vagón que peligrosamente se bambolea sobre el riel en el burdo, torpe y limitado intento por bailar del respetable. También a un joven armar una batería en otro vagón vacío en la estación Constituyentes quien junto con un guitarrista y un vocalista interpretan rolitas populares de rock en nuestro idioma, ante la sonrisa que despierta al pasaje cansado que va a casa después de la rutina diaria.
A una chava muy mal vestida con una guitarra en estado angustioso, arrancar notas celestiales con una voz excelsa en una inmunda pesera en Tlalpan y otra guitarra destartalada, unida a fuerza de tiras de Diurex, acompañar a golpes de cuerdas destempladas a un hombre con una voz similar a su instrumento.
La música llena las calles de la ciudad, la música es una forma de vida para cientos de habitantes de la Ciudad, no sólo en el sentido económico de la frase, no la música es una forma de vida que se vive en las oficinas, en todos aquellos que por las calles y al interior del transporte público llevan sus audífonos con los temas musicales de su vida o del ese momento especifico, en el radio de los carros o en los altavoces de centros comerciales y supermercados.
Todos recibimos en las calles de la ciudad una exposición auditiva que puede llegar a crear gustos reales y placeres culposos que nos acompañaran por días, meses, o toda la vida. Después de escuchar en nuestro caminar un organillo tocando seguimos el resto de la cuadra tarareando El Rey media cuadra por más que odiemos los mariachis y las canciones afines.
Nuestra educación musical es en muchos sentidos, una que se compone además de los gustos que nos creamos o que nos crearon en casa, en la escuela, pero también de ese enorme play list que la Ciudad construye para nosotros de manera azarosa todo el tiempo, o tal vez no tan azarosa.
Etiquetamos despectivamente como “música de elevador”, “de Sanborns” o “supermercado” a la mayor parte de música instrumental y naive que va desde Ray Conniff, Burt Bachara, Sergio Mendes y su Brasil 77 o Frank Pourcel y el inevitable Concorde. Bien merecido el sobrenombre porque eran los lugares y continúan siendo en los que escuchamos este tipo de música. A la que después adoptamos el anglicismo, peor de despectivo que la califica como Easy Listening, como si existiera una música difícil de escuchar y la primera fuera el sucedáneo para los lerdos de oído o de gustos.
Otro de las grandes salas de educación musical en una ciudad como la nuestra se encuentra en la oscuridad de las salas de cine, antes uno salía a comprar el soundtrack de la película hoy la puede uno “Shazamear” mientras ve la película o los créditos de la misma.
A finales del siglo XX en Mix Up tenían a disposición de los clientes audífonos conectados a reproductores de CDs donde se podía escuchar diferentes novedades que estaban a la venta y esto seguramente sirvió para marcar el gusto musical por unas semanas o meses de los compradores.
La ciudad crea su propio soundtrack con cada enajenado dentro de sus audífonos que en cualquier sitio público nos agrede con su tarareo, canturreo o silbido. Todos en ese sentido contribuimos a la educación musical de nuestros conciudadanos a golpe de cada nota que entonamos y llama la atención del otro.



Armando Enríquez Vázquez

miércoles, 13 de marzo de 2019

La educación musical urbana (I).




Hace ya muchos años aprendí que sin importar cual sea tu gusto musical, la Ciudad se encarga de enriquecer tu catálogo. No sólo porque te puedes encontrar músicos a lo largo de cualquier caminata por la ciudad desde los ya patentados y sindicalizados organilleros que además de cargar a sus espaldas verdaderas obras de arte del siglo XIX, que tropicalizadas y con melodías que ningún técnico alemán pensó en integrar al repertorio del instrumento van haciéndole al Pípila moderno,  Están también aquellos que aporrean un instrumento, generalmente guitarras o algo que las asemeja a lo largo de las diferentes rutas de peseras, Metro, y hasta en la entrada de las estaciones del metrobús encuentras a diferentes personas tocando todo tipo de música con todo tipo de instrumento. Un viejo interpreta música conceptual, no logré identificar la canción por más que lo intenté, soplando a manera de silbido en una hoja de árbol. Mi madre diría que en Veracruz ejecutan la más variada música con una hoja de naranjo, pero en las cercanías de la estación del metrobús cercana al metro Hidalgo sobre Avenida de la Reforma no veo ningún árbol frutal.  
En su caso peseras y en décadas pasadas los camiones y combis fueron una fuente muy importante en mi instrucción musical. Durante mi juventud debido a las brechas generacional y cultural existentes con muchos de los choferes que sobrepasaban los cuarenta años y que habían nacido en la década de los treinta o finales de los años veinte del siglo pasado era muy común escuchar “Rancheras” o “Boleros” ardidos en los que los cantantes únicamente deseaban lo peor a su pareja sentimental por haberlos dejado de amar o que se hundían en litros de alcohol porque eran mal correspondidos en su amor y por lo tanto podían desear lo peor para la pareja anhelada. Otros más jóvenes e incluso cercanos a mi edad escuchaban música que era más cercana a lo que yo escuchaba y otros cosas totalmente fuera de mi espectro musical. Los gustos radiofónicos del conductor y en ocasiones su selección en audio cassette me descubrieron letras inolvidables:
“…La Luna me miró y yo la comprendí, me dijo que tu amor, no me iba a hacer feliz.”
Es de llamar la atención esa compatibilidad entre el cantante y un cuerpo celeste. La comunicación entre un ser humano y La Luna puede llegar a convertirse en una nueva secta o en una nueva sexualidad. ¿Acaso el mensaje de La Luna no puede nacer de los celos del satélite natural? En otra canción un poco más reciente, pero de otra latitud, el grupo español Mecano habla de un “Hijo de La Luna.” A mí en lo personal, estas canciones me han obligado a revalorar a La Luna a la que desde ese entonces identificó más con Hécate que con Selene. Y en el caso de las ahora llamadas “Luna de sangre” “Luna de hielo” o de lo que sea a sentirme muy paranoico con el enorme satélite que vigila mis movimientos.
Otra realmente perturbadora es una canción que gracias a Internet, ahora sé que es interpretada por un grupo que se llamó Los Buitres de Culiacán, nombre muy especial y más porque el narcotráfico ni siquiera se encontraba en la hoja de la nota roja en ningún diario, ni siquiera existía la palabra que hoy conocemos para designar el tráfico de estupefacientes. Pero la letra de su canción Limonadas Verdes que empieza así, me viene constantemente a la mente:
Cuando paso por tu casa me quito los calcetines
Pa' que no diga tu mamá que me
Apestan los patines
Con las limonadas verdes
Con las verdes limonadas
Con sus ojos de piña me mira
Me mira y me mata de amor



Sí el hedor que despiden los pies del sujeto es tan fuerte que necesita quitarse los calcetines, ¿no sería mejor que consultara a un médico? ¿o al menos que lavara de vez en cuando los dichosos calcetines? Pero lo más perturbador de la canción son los ojos de la amada. “Ojos de Piña”, ¿por el color? Son como para salir corriendo; la chica o es parte de alguna raza extraterrestre que visita nuestro planeta y por lo tanto por eso son color amarillo piña o sufre de una invasión de lagañas pocas veces vista, de otra manera no entiendo la desafortunada metáfora, ¿o son las pestañas duras y enormemente largas como las pencas que coronan la fruta? Peor aún entonces.
Alguna vez también me toco escuchar en otra pesera una canción cuyo estribillo es: “Como tú nunca vas a la ópera voy a hacer una cumbia con ópera y la vas a tener que bailar…” Interesante. Sí la persona no gusta de la ópera, ¿Por qué demonios le va a gustar convertida en un híbrido horrendo al meterle los acordes de una cumbia ramplona?



No es que en casa se escuchara únicamente música culta, por el contrario, pero la formación medioclasera de mi padre que identificaba la modernidad con lo que venía de Estados Unidos, llenando los fines de semana de la casa con Glenn Miller, Ray Conniff, o cosas que eran extrañas para todos a principios de los años setenta como Isao Tomita que aún no sé dónde conseguía mi padre y que colmaban la casa de las deformes notas electrónicas del japonés interpretando “Cuadros de una Exposición” de Mussorgsky. En el radio del automóvil de mi padre durante los paseos de sábado o domingo por la tarde escuchábamos además de eventos deportivos que no eran futbol soccer, Radio Mundo o Radio Universal donde se podía escuchar a Bert Bachara o a Paul Anka cantar “The Most Beautiful Girl in the World.” Mi madre casi nunca ponía música en la casa.
Afortunadamente y gracias a Internet hoy a partir de esas líneas que han sobrevivido por décadas en mi mente, nunca para bien, he podido recuperar estas canciones que son muestra de una parte de la educación musical que brinda la ciudad y que impacta por lo sui generis en los habitantes que en lo que puede ser la traumática experiencia del servicio público de transporte además tiene que enfrentarse a todo volumen con una selección de música exótica para muchos de los viajeros.

Continuará…



Armando Enríquez Vázquez

viernes, 19 de octubre de 2018

Chiandoni una heladería típicamente de barrio clasemediero de la CDMX.




En los limites de la colonia Nápoles, cercana a las colonias Nochebuena y Del Valle, desde que tengo memoria en la calle de Pensilvania, a unos metros de la Avenida San Antonio, esta una de las mejores y sin duda más antiguas neverías de la Ciudad de México. Me refiero a Chiandoni. La misma fachada, las mismas letras que lo anuncian, el mismo salón restaurante y probablemente las mismas sillas y mesas.
Mi abuelo nos llevaba a finales de la década de los sesenta a mis hermanos y a mí a ese lugar donde más tarde íbamos con mis padres y al que llegado el día, llevé a mis hijas cuando eran niñas, adolescentes y ahora que son adultas.
Chiandoni como otras de las neverías de antaño de la ciudad es un lugar de encuentros familiares o de amigos o de novios adolescentes a los que aun se ve entre los clientes. Un lugar de reunión de vecinos de la clase media de la Ciudad de México. A diferencia de la nevería Rosy de la Condesa y otras de mediados del siglo pasado Chiandoni sigue manteniendo su “elegancia” retro que se refleja desde el diseño de la carta que si no es el mismo de hace sesenta años es muy similar. Las sillas, las mesas y las lámparas quieren recordar al México sesentero de un gusto parco y extraño que imitaba en muchas cosas las modas norteamericanas y le daban su distintivo Europeo que lo volvía “moderno y mexicano”.
Las fuentes de sodas totalmente americanas de los sesenta y setenta en México eran La Vaca Negra de la que había una sucursal en Anzures en la esquina de Michelet y Gutenberg a un par de cuadras de la casa de mis abuelos y donde podías comer Hot Dogs de más 30 centímetros de largo que en aquella época en que nada era superzise parecían la encarnación de la gula misma con sólo verlos. El Tomboy era otra donde te servían directo en carro una meseras. Tu orden la dabas en un interfón que quedaba a la altura del conductor al estacionar el automóvil. Había uno dos en Insurgentes Sur uno frente al Parque Hundido donde hoy esta una tienda de Bose y el otro junto al teatro de los Insurgentes.



Más allá de que el tiempo parece haberse detenido al interior del local; la antigua fuente de sodas con su mostrador de silla giratorias y refrigeradores con helados permanece, la vitrina de pasteles junto a la caja registradora y un enorme mural de una Italia en tonos muy tristes, nostálgicos que además con el paso de los años lo hacen verse aún más viejo, aunque se lo cierto es que dan un aire nostálgico a la nevería. Lo único que no existía hasta hace poco es la terraza donde se puede fumar.
Fundada por un exluchador italiano avecindado en nuestro país en la década de los 30 de nombre Pietro Chiandoni, la nevería de acuerdo con notas que encuentro se estableció primero en la colonia Roma en 1939, pero en los años 50 cambia su locación por la tradicional en la Colonia Nápoles.
En el portal Superluchas me encuentro una nota acerca de Pietro Chiandoni en la que se cuenta que el italiano venció el 23 de diciembre de 1937 a otro luchador que era de oficio policía y que se llamaba Mike Durán. Es curioso imaginar a un heladero destrozando a un agente de la policía. No tal vez, no lo sea.
Hace cincuenta años en la acera de enfrente se encontraba las bicicletas Benotto, entonces tal vez entre los dos empresarios italianos se reunían a platicar de la patria y de las desgracias que los alejaron de ella. No lo sé de cierto sólo lo supongo, como dice el clásico.
Más allá de la locación y muchos de los objetos al interior de la nevería lo que sigue igual de sabroso como lo eran en mi infancia son los helados, mis favoritos son el de avellana, pero antes que nada el de elote. Más allá de los helados tradicionales de fresa, vainilla y chocolate, sería interesante como al heladero, luchador y empresario italiano se le ocurrió hacer un helado de elote. Un producto totalmente mexicano y que sigue siendo un distintivo de Chiandoni, si no sólo sería un recuerdo, así como la nieve de zapote negro que es otra delicia.



Pietro Chiandoni ya murió, lo mismo que su esposa y al parecer sin descendientes porque el negocio lo heredaron un par de leales y dedicados colaboradores del heladero quienes se han preocupado con esmero en mantener la calidad y sabor de los helados, nieves y especialidades de Chiandoni. De esta manera el local de la calle de Pensilvania se mantiene llenos de clientes que se deleitan de los helados y ayudan a mantener la memoria gastronómica de la ciudad y de la colonia Nápoles y anexas.




Armando Enríquez Vázquez

viernes, 15 de junio de 2018

Apagones.




En el mundo en el que vivimos el hecho de tener corriente eléctrica es algo que ni siquiera cuestionamos. Nos es imposible imaginar nuestra vida sin electricidad. Llegamos a los lugares en los que vivimos, trabajamos y nos divertimos y buscamos un contacto para cargar nuestro teléfono, la tableta, la laptop. En el momento en que percibimos algo de oscuridad recurrimos a un interruptor que al moverlo ilumina el cuarto en el que estamos.
Esto es algo a lo que los seres humanos nos hemos acostumbrado y aficionado en el último siglo. Gracias a la luz eléctrica podemos dormirnos a las dos de la mañana sin sentir la oscuridad de la noche.
Una Vez que los hombres, gracias a un cable pudieron surtir de energía eléctrica a calles y hogares, los terrores nocturnos desaparecieron, pero la continuidad en la administración de la corriente eléctrica no fue constante durante años y por equis o por zeta en la Ciudad de México sufrimos durante ciertos períodos del siglo XX grandes y prolongados apagones.
Recuerdo que durante los años setenta hubo diversas temporadas en que estos apagones eran muy comunes, casi todas las noches, de duración variable e inesperada. La colonia Nápoles, donde se encontraba la casa de mis padres, se apagaba. En aquellos años no existían en México lámparas de esas que se cargaran mientras hay corriente como sucede hoy, utilizábamos linternas de mano y que utilizaban pilas Ray-O-Vac o Eveready. Duracell no se producía en México y por lo tanto no se vendía en nuestro país; las leyes proteccionistas del PRI y de Luis Echeverría Álvarez dañaban a México en muchos sentidos.
Pero sobre todo utilizábamos velas. Velas de cera que mi madre compraba en cajas que deben haber tenido unas 24 velas blancas que se ponían en los candelabros que había en diferentes lugares de la casa; jamás en las recamaras de nosotros los niños, pero si en pasillos, sala y comedor. Mi madre tenía candelabros frente a los espejos para dar mayor iluminación. Las diferentes servidoras domésticas que pasaron por la casa en esos años contaban historias de brujas y otras cosas en esas noches y atardeceres oscuros, que habían oído en los pueblos de los que eran originarias, alimentando mis miedos y fantasías, así como las de mis hermanos.
Una que era particularmente aterradora era la idea de que las velas frente a los espejos no era algo seguro, ni recomendable. De acuerdo, con alguna de aquellas mujeres si uno prendía una vela frente al espejo y lo observaba por el periodo de tiempo necesario podía ver al Diablo.
Pasar frente a los espejos con los candelabros al frente representaba un reto, o bajabas la mirada y pasabas rápido viendo la oscuridad del piso, o volteabas al espejo e intentabas ver mucho más allá del reflejo de la flama. La mayor parte de las veces era un poco de ambas acciones, apresuraba el paso, pero por un instante volteaba a ver el espejo y permanecía otro instante con la mirada fija en la flama y su reflejo.  
Que se fuera la luz al atardecer implicaba que todavía había un poco de luz para leer, o jugar o llevar una vida normal, ya iniciada la noche implicaba ver la flama, jugar masoquistamente a dejarse caer la cera liquida en la mano tratando de lograr una copia de la palma de la mano con líneas o con de las huellas digitales y tras una media hora de oscuridad y luz de velas, dirigirse a la cama más temprano que de costumbre con la esperanza de que a la madrugada siguiente ya estuviera de regreso la luz para no tener que vestirse a la luz de la vela para ir a la escuela.
En algún punto los apagones terminaron, la vida nocturna se convirtió en la de la luz artificial y rara vez se sufre de un apagón. La luz de las velas queda como el lugar común de una escena romántica o como un reminiscente de un pasado, que imaginamos, erróneamente muy aburrido.
Cuando un transformador de esos de la CFE estalla, por lo general la reacción es rápida en menos de media hora llega una cuadrilla, o dos o hasta tres de muchos hombres con cascos de plástico blancos o amarillos y sus chalecos. Todos miran desde tierra el transformador y dan vueltas alrededor de él. Si hay un árbol recorren a pie la sombra de las ramas y observan el transformador desde el extremo de la sombra. No se les ve hacer nada a excepción de esa profunda observación del lugar donde se origina el problema, después de tres cuartos de hora deciden que uno de ellos, se suba a la canastilla de la pluma y suba a inspeccionar el transformador. Ahora que el trabajador lo ve de cerca y se comunica con sus compañeros cinco metros abajo a gritos ininteligibles, se hacen una especie de teamback donde se delibera el paso a seguir. Después de un par de horas deciden trabajar y ya sea mandan traer otro transformador o ajustan las cuchillas del que tuvo el fallo o en último de los casos mandan traer una sierra y podan el árbol de manera arbitraria, solamente para demostrar que están trabajando.
Algo así sucedió el pasado martes en una esquina de la Colonia del Valle, claro que con la lluvia que caía a cántaros, el proceso tardó mucho más, porque además entre los vehículos que llegaron venía un camión grúa que a simple vista eran insuficientes para alcanzar la altura donde sucedió el problema. Eran las siete y media de la noche, el tráfico estaba a todo lo que daba así que dos horas después llegó un nuevo camión con una pluma… idéntica a la primera, dos horas después llego el camión adecuado.
Actualmente no existe en mí el conflicto con la vela, afortunadamente existen lamparas que se cargan con anterioridad y los teléfonos, tabletas y otros artefactos tiene una pila que dura unas horas… pero pasadas dos horas todo comienza a complicarse, durante mi infancia la falta de luz era una molestia y hasta una aventura. Hoy imaginar siquiera la posibilidad de quedar sin teléfono o computadora es como imaginarse aislado en la Isla del Diablo. Así que empiezas a medir el uso de los aparatos como quien en una película del desierto raciona el agua de la cantimplora. Esperas y hasta rezas para que la luz vuelva, decides asomarte a la ventana para ver que hacen los trabajadores la Comisión Federal de Electridad solo para descubrir que ya no hay nadie de la CFE en la calle y la luz no regresó. Como en la infancia resignado te vas a dormir esperando que el amanecer sea distinto y que no haya estallado el apocalipsis.
Al amanecer regresan las cuadrillas ahora son más camiones grúa y un hombre con Walkie Talkie aleja a los curiosos que se acercan a los trabajadores a preguntar que sucede. 20 horas después, ya cuando la esperanza te ha abandonado y piensas en subir las escaleras de un edificio de 15 pisos, descubres que la luz ha sido restaurada y con seguridad los habitantes de las dos manzanas afectadas respiran con facilidad una vez más, igual que tú.



Armando Enríquez Vázquez

jueves, 7 de junio de 2018

“Se compran colchones…”





Cuando uno sale de la caótica y adorada Ciudad de México en busca de romper la rutina y un supuesto descanso existen cosas y situaciones con las que uno jamás piensa encontrarse. Hace unos días fui a visitar a un amigo en Cuernavaca y en esa mañana de provincia llena de sol, un fresco viento, cantos de diferentes aves y molestias de diversos insectos escuché algo que al parecer ya estamos exportando desde la capital de los tacos, los microbuses y, como dicen algunos mexiquenses envidiosos, orden y paz.
Imagine el lector, el casi bucólico amanecer, las verdes copas de tabachines, bugambilias y flamboyanes, el canto de zanates y otras aves, que desconozco, pero no gorjean a manera de carraspera de anciano español de ochenta y cinco años de fumar un cigarro tras otro, como sucede con los gorriones chilangos, este canto es impoluto, como no, y nativo de las aves que habitan en la zona urbana de Cuernavaca. El cielo azul y un sol que levantándose por el oriente anuncia ya un mediodía caluroso, el reflejo de la luz solar que rebota de la moldura de una ventana o puerta directo sobre la ondeante superficie del agua de la alberca. En fin, eso que todo chilango identifica como paz provinciana y que anhelamos se materialice en un fin de semana o en un par de días, después de transitar un poco más de media hora sobre la carretera y que nos convierte en turista ocasional o de suburbio.
Se sienta uno en medio de ese escenario, mira el cielo azul, la pintoresca nube que parece haber salido de película de Gabriel Figueroa y se recuesta contra la tumbona, café en una mano. Cierra los ojos y se compadece de todos los Godínez que a esa hora se pelean por subir a la pesera cuidando de no tirar el contenido de sus Tupperware ante tanto apretón de cuerpos. En ese momento la plenitud desaparece; una voz más que chilanga aguda, estridente y sin gracia nos regresa al corazón de Narvarte, de la Toriello Guerra, de la Escandón o de la Escuadrón 201:
 - “Se compran colchones, estufas, etc, etc



Se trata de la misma grabación que recorre las calles de la Ciudad de México. No quiero minimizar la diaria rutina que vive la gente de Cuernavaca, que como en todas las ciudades, no encaja en la visión egoísta del que sólo pasa por unos días por la población. No quiero tampoco parecer ignorante de que la misma necesidad que tenemos los chilangos de deshacernos de cosas inservibles aqueja a los habitantes de todas las ciudades del mundo y menos del gran negocio que esto representa para los recolectores de basura, lo que me resulta inverosímil es que la grabación que aturde los oídos de los millones de habitantes de la zona metropolitana de la Ciudad de México tenga calidad de exportación y se repita en ciudades cercanas a la capital.
Las grabaciones se han convertido en el sustituto de los merolicos, otro ejemplo es “Hay tamales calientitos, tamales oaxaqueños…” Aunque también existen aquellos que se limitan a un sonido como esas legiones de hombres que llevan canastas enormes de pan dulce, termos con agua caliente, Nescafé y leche en polvo y haciendo sonar una cornetita ofrecen su mercancía a clientes. Así entre la güeva y la mecanización los vendedores y chatarreros han perdido su personalidad o la crean. Pensando de la peor manera, seguramente acertaré, en una teoría conspiratoria contra el SAT: todos los chatarreros y tamaleros que usan estas grabaciones son parte de una misma empresa ambulante que gana miles de millones y paga nada al fisco. Las grabaciones o el sonido de las cornetitas son parte de la identidad corporativa. No, eso no podría pasar en México, en Suecia tal vez, pero no en México.
Porque hay aquellos que desde la honestidad y autenticidad de su grito nos invitan a creer que el ambulantaje es libre, soberano y abierto a todo aquel que lo quiera ejercer.
Por ejemplo, en la colonia del Valle hay un hombre que pasa a toda velocidad en una bicicleta con su carrito de paletas heladas Holanda gritando a todo pulmón y para que quede claro a quince cuadras de edificios de diez pisos cada uno: ¡Ya llegaron las paletas! El grito es tan enfático y tan determinante que parece que hasta ese momento nunca nadie en la colonia ha probado una paleta y esta la gran oportunidad para hacerlo, es una orden para bajar por una de ellas, pero el hombre va tan rápido que, aunque se bajen los diez pisos del edificio a saltos de escalón, jamás podrá nadie alcanzarlo, lo que hace dudar de que el hombre traiga paletas en ese carrito, o esté en su sano juicio. Hay otro que en una camioneta en San Fernando no se cansa por las tardes de repetir, porque ya grabó su pregón y como el de los colchones lo repite Ad nauseum: ¡Aquí están, señora ama de casa, sus esquites con su harta mayonesa, su harto chile y su harto limón, señora ama de casa! Excluyendo a niños y señores amos de casa de probar los esquites con harto de todo. Los carritos de camotes y los que arreglan cortinas y persianas.
Pero volviendo a lo que dio origen a este texto, por si no basta para aquellos que sufren del síndrome del Jamaicón, llevar chiles y nopales en su maleta. Pueden incluir una grabación con su pregón favorito o el que más los molesta de entre la amplia gama que ofrece la Ciudad de México, en su próximo viaje a provincia o al extranjero, o si no dejar que como siempre la realidad los alcance y los sorprenda.


Armando Enríquez Vázquez

Este texto se publicó en junio de 2017 en intensohd.wordpress

viernes, 1 de junio de 2018

Adiós al Estadio Olímpico de la Ciudad de los Deportes.




Durante gran parte de la década de los 70 del siglo pasado mis visitas al Estadio Olímpico de la Ciudad de los Deportes eran frecuentes, enclavado a unas cuantas calles de mi casa en la colonia Nápoles y siendo el escenario del futbol americano colegial de nuestro país mi padre nos llevaba semana a semana durante la temporada de la ONEFA y de la liga intermedia. En aquellos años el futbol americano estudiantil nacional todavía gozaba de gran popularidad, aunque comenzaba el ataque mediático favoreciendo al futbol soccer.
Sentado en las bancas de concreto vi jugar a Cóndores, Guerreros Aztecas, Águilas Reales equipos de la Universidad Nacional Autónoma de México en la liga mayor y a los cuales apoyábamos, sobretodo a los Condores que entre sus jugadores incluían a los estudiantes ingeniera, la facultad donde había estudiado padre. Los adversarios eran las Águilas Blancas, Los Toros de Chapingo, los Búhos del Politécnico, Pieles Rojas de Acción Deportiva, los Aguiluchos del Colegio Militar, entre otros, hacía finales de esa misma década llegué a entrenar durante un par de jornadas con un equipo llamado Jaguares del Injuve patrocinado por el gobierno del Presidente López Portillo que otorgó la titularidad de ese primer Instituto de la Juventud a su primo Guillermo, otro de los tantos orgullos de su nepotismo. En ese par de semanas entrenando en el estadio fue cuando descubrí la existencia de un túnel que conectaba el Estadio de la Ciudad de los Deportes con la Plaza México, que años después se convirtió en mi religiosa y obligada visita dominical.



El Estadio Olímpico de la Ciudad de los Deportes tenía en esa época unas duras gradas de concreto con unos brazos de hierro que emergían del concreto para clavarse en el respaldo de la rudimentaria banca creando unos asientos individuales que eran no solo incómodos, sino realmente espantosos. Esos brazos metálicos con frecuencia estaban pintados de verde.
En 1978 el estadio se vistió de gala para una triste historia; las Águilas de Filadelfia enfrentaron a los Santos de Nueva Orleans en lo que fue el primer encuentro de la NFL en nuestro país. Encuentro de pretemporada que en realidad no le importaba a nadie en México, todo mundo ya era fan de los Vaqueros de Dallas, los Delfines de Miami y de los Acereros de Pittsburgh y que además dejó de ser atractivo una vez que el imbécil quarterback de las Águilas un jugador mediocre de nombre Ron Jaworski comenzó como buen gringo ignorante a hablar mal de México. Yo no recuerdo que ese encuentro haya provocado el menor entusiasmo y tal vez, gracias a ese fracaso, la NFL no regresó a México hasta 1994. Para ese entonces el Estadio ya no se utilizaba para el futbol americano y era casa del equipo Atlante y más tarde del Cruz Azul que cambio el nombre del estadio por el de Estadio Azul.



El estadio fue parte del gran sueño de Neguib Simón Jaliffe, un empresario originario de Mérida que nació en 1896, estudió leyes en la UNAM, por llevar a cabo una gran ciudad deportiva en lo que en los años cuarenta era el sur de la Ciudad de México. Donde hoy se encuentran las colonias Nápoles, Nochebuena, se encontraban entonces dos enormes ladrilleras, de hecho, el terreno de una de ellas dio lugar con el tiempo al Parque Hundido.
El terreno de la ladrillera Noche Buena, sirvió no sólo como base para el Parque Hundido, si no para la Ciudad de los Deportes, o lo que el empresario de origen libanés logró completar de su sueño, porque la bancarrota le impidió la construcción de la alberca que tenia pensado, junto con los frontones y las canchas de tenis. Solamente se construyeron el Estadio y la Plaza de Toros México. La Plaza, aun la de mayor capacidad en el mundo se inauguró el 5 de febrero de 1946, el Estadio abrió sus puertas por primera vez el 6 de octubre de 1941, ocho meses después de la Plaza cuando los Pumas de la Universidad Autónoma de México enfrentaron a los Aguiluchos del Colegio Militar con marcador final de 16 – 14 a favor de los universitarios.
Curiosamente en un México donde el futbol soccer era sólo uno más de los deportes que gustaba a los mexicanos, el Estadio que construyó Simón Jaliffe se convirtió con el tiempo en sede de varios de los equipos más populares en la capital del país de este deporte, dejando a un lado el futbol americano para el que había sido construido. América, Necaxa, Atlante, Marte y Cruz Azul utilizaron al estadio como su casa. Desde 1996 el Cruz Azul rentó el inmueble y le cambio el nombre por el de Estadio Azul. En 2016 se anunció el plan para demoler el estadio crear un centro comercial, como se hizo con el Parque del Seguro Social que fue el estadio de beisbol de la CDMX por décadas, casa de los Diablos Rojos y de los Tigres.



A principios de abril de 2018, el Cruz Azul jugó por última vez en su casa y con él terminó la historia del futbol soccer en el hasta ese día Estadio Azul, pero el último encuentro que se llevó a cabo en el Estadio Olímpico de la Ciudad de los Deportes fue la final de la naciente Liga Profesional de Futbol Americano de nuestro país, en su tercera edición el 23 de abril de 2018.
Comenzaron a desmantelar el Estadio ya y en unos años nadie recordará todo lo que sucedía en las tardes de los sábados alrededor del inmueble desde hace décadas como con muchas oras cosas que se pierden en la noche de los tiempos de esta gran Ciudad.

PD: La demolición del Estadio fue cancelada por órdenes de la delegación Benito Juárez y el gobierno de la CDMX unas semanas después de publicado este texto, al parecer al menos hasta 2020 el estadio permanecerá intacto. Será la casa de la Liga de Futbol Americano Profesinal y sede de otros eventos depportivos pero ya no será la casa del Cruz Azul y mucho menos un centro comercial.

PD II: En junio de 2020 el estadio parece perfilarse como casa de nuevo para el equipo de futbol soccer Atlante que se anunció regresa a la Ciudad de México.



Armando Enríquez Vázquez