lunes, 27 de febrero de 2017

Cuando utilizábamos Delfines para transitar en las calles de la Ciudad de México.




Hubo una época anterior a la llegada de los poco imaginativos tecnócratas, muy anterior a la cursilería de la república del amor, cuando los políticos y funcionarios mexicanos pensaban de una manera más bucólica, incluso mucho más playera.
Allá por los años setenta, la ciudad crecía y el transporte público se limitaba a unos espantosos camiones amarillo crema de enormes vidrios al frente y que contribuían de manera muy visible a ese descubrimiento de la contaminación que se denominaba Smog, en el otro extremo estaba el modernísimo Metro que únicamente corría en ciertas líneas, creo que tres en esos momentos y la línea 3 no llegaba en esos años a CU. Era necesario cambiar el modelo urbano, muy probablemente buscando el aumento de tarifa que siempre promueve la corrupción y la opacidad en el gobierno.
Eran épocas en que la Ciudad aun portaba el nombre de Distrito Federal y la mayor parte del transporte público que circulaba por sus calles pertenecía a algo que entonces no entendía del todo bien y que en los periódicos llamaban El Pulpo Camionero, utilizando el marítimo eufemismo para referirse a un grupo de personas que eran dueños de los camiones y extendía sus largos brazos de corrupción en el tráfico de la ciudad. Una mafia que ponía en jaque al jefe de gobierno, a funcionarios además de los habitantes del Distrito Federal cuando querían subir tarifas y el gobierno del D.F. se oponía y a la que los caricaturistas de los diarios dibujaban como un siniestro cefalópodo.
Tal vez por ese eufemismo marino de ese pulpo de ocho mil brazos que controlaba el transporte de pasajeros de la capital del país, el Distrito Federal fue de pronto enfrentó al pulpo con unos modernos autobuses azul con blanco y otros que en teoría eran más lujosos que tenían una franja roja y otra negra, la realidad fuera de los colores y la carrocería no recuerdo mayor diferencia que el precio y la teórica suposición de que los pasajeros de los segundos no podían ir parados. Lo que se reflejaba en el precio, pero era sólo eso; una teoría. La realidad era muy diferente. Los azules fueron llamados Delfines e incluso tenía un delfín de metal en su carrocería y los otros fueron bautizados como Ballenas las cuales, además, como funcionario público que se preciara de serlo y siguiendo la moda dictada por Fidel Velázquez, líder de la Confederación de Trabajadores de México, llevaba los vidrios polarizados.
Ambos vehículos estaban listos para acabar con el pulpo camionero y horribles camiones amarillos. La Ciudad siempre ha añorado sus lagos y ríos, tal vez por eso recordemos que en los años sesenta a los taxis se les conocía como cocodrilos. En poco tiempo las principales avenidas y calles de la ciudad se vieron surcadas por las nuevas unidades; blancas con azul, de impecables asientos de plástico y relucientes tubos de metal cromado que hablaban de que la modernidad había llegado al Distrito Federal de una forma tangible para todos aquellos que usaban el servicio de transporte público y con un nombre que hacía de las calles un verdadero regresó a los orígenes lacustres de la ciudad, aunque los delfines están más identificados con el mar abierto y ni que decir de las ballenas.
No creo que delfines y ballenas hayan contaminado menos que uno de aquellos camiones amarillos, como tampoco creo que esto le importara en su momento a las autoridades, los tiempos de los camiones públicos ecológicos estaban por venir en las próximas décadas, cuando a un jefe de gobierno se le ocurrió que con pintar, y de manera grotesca, pericos, loros y muchos árboles en la carrocería de un viejo y oxidado Delfín, el transporte como por arte de magia se convertía en uno ecológico capaz de purificar la gran cantidad de diésel quemado que su escape esparcía de generosa manera en el ambiente del Distrito Federal.
Así en la década de los años 70, Delfines y Ballenas cruzaban las calles con cientos de personas atiborrados en ellos, felices pensando qué si la playa no estaba cerca, ellos podían llegar a casa felices, satisfechos de haber montado un delfín de su casa al trabajo y de regreso. Y si el día era bueno, y quedaban unos centavos de sobra, y la suerte de encontrar una y vacía hasta podían presumir de haber ido sentados en una ballena por el Distrito Federal.

Armando Enríquez Vázquez

lunes, 20 de febrero de 2017

Esquinas con información.




En las lluviosas mañanas de este junio, cuando pasó caminado por una esquina y me uno a aquellos  quienes a vuelo de pájaro intentan informarse de las noticias del día anterior; noticias de todos colores, además de aprovechar una miradita lasciva a la multitud de cuerpos semidesnudos de desconocidas, por muchos conocidas, lo hago más con ese espíritu de una vieja costumbre pavloviana que aprendí desde mi infancia al estar frente a un puesto de periódico, que por la necesidad de estar informado.
Mi abuelo paterno, todos los domingos llevaba a mi abuela a misa por la mañana. Mientras ella rezaba dentro de la iglesia, mi abuelo leía el periódico sentado al volante del carro. Mi hermano Gonzalo y yo en el asiento trasero leíamos comics del pato Donald, La pequeña Lulú, Pepita y Lorenzo, el conejo Serapio, que era Bugs Bunny, Andy Panda y el Pájaro Loco entre otros, que mi abuelo nos había comprado en el puesto de periódicos antes de llegar a la Iglesia. Era un rito familiar; mi abuela a la iglesia, los hombres a cosas que no tenían que ver con ella. La única vez que me interesó la iglesia en aquellos días, fue porque en el transcurso de esa semana había leído en el periódico en casa, como en el interior del  templo frente al que mi abuelo se estacionaba todos los domingos, a manera de escolta laico de mi abuela, se había suicidado una persona al estilo bonzo. Esa vez mi abuela se opuso a que entrara al templo.  Una semana después los rezos de la abuela trasladaron a otra Iglesia.
Unos años después, los sábados por la mañana tenía que caminar al puesto de periódicos cercano a mi casa para comprarle el periódico a mi papá. Ahí me detenía por un momento, con avidez recorría los títulos de las aventuras en forma de comic; Joyas de la Mitología y otros similares que no eran de los superhéroes norteamericanos hoy tan valuados. Para eso estaba la televisión. Estaban también los fascículos coleccionables de animales salvajes, de las editoriales sólo recuerdo que una de ellas era Salvat. Los fascículos salían a la venta cada semana y después de miles de años de compras semanales, cuando ya, algunas de las especies mostradas en sus páginas habían pasado a la categoría de extintas, uno, finalmente, podía formar los trece tomos de una enciclopedia, recuerdo que había otra de deportes, con disciplinas tan practicadas y tan seguidas en nuestro país como la esgrima, el polo o el curling.
La revista Duda, cuyo lema era  Lo increíble es la verdad, o algo por el estilo. Fue mi primer acercamiento a la ciencia ficción de platillos voladores, extraterrestres y seres extraordinarios. Era una versión de esas revistas que hoy pomposamente se llaman Muy Interesante  o Quo, sin la pedantería de creerse información confiable. Todo lo que se publicó en Duda, era verdad por el simple hecho de estar publicado en sus páginas; La oquedad de La Tierra, los viajes interplanetarios, las abducciones, los monstruos en lagos, lagunas y charquitos, y sin embargo con el pasar de los años al parecer Duda resultó ser más seria y contener más verdades que El Excélsior de Regino Díaz o El Nacional. Duda era, orgullosamente nacional.
También entonces con el tiempo de mi lado, descubrí el placer, culposo dicen hoy, en aquella época se llamaba simplemente morbo, de ver los titulares del Alarma. Cuerpos mutilados, vísceras en las banquetas, infantes con malformaciones abyectas, criminales de caras siniestras y siempre golpeadas, charcos de sangre y cuchillos manchados. Nada que hoy no podamos ver en la televisión en horario familiar.  En esos días, las revistas de ese tipo no estaban permitidas en las casas de “La gente decente”, que había estudiado, a lo mejor en las peluquerías, sí.  Hoy se ven cosas más pornográficas en todos lados, como las revistas de chismes de la farándula.
Pasaron los años y entonces aparecieron, o mejor dicho ya estaban, ocultas a mi vista y mis intereses infantiles, las revistas porno; el Interviú, el Caballero que ofrecían las curvas y turgencias de los cuerpos femeninos y otras con nombres menos prestigiosos que ofrecían menos velos y más carne a la vista del “lector”. Esas que metí entre el colchón y la base de mi cama, para los momentos en que las hormonas adolescentes no me dejaban dormir. También, en los puestos de periódicos, vendían otros cuerpos más cubiertos en forma de poster como el de Farrah Fawcett que estaba en la puerta de mi cuarto. 
Con el tiempo aparecieron nuevos periódicos adornando los puestos de periódicos; el Uno más uno y unos años después La Jornada. Los primeros diarios en proponer formatos de tabloide al lector y no andar con las mil y estorbosas secciones de dos metros de anchos que ni los brazos alcanzaban para abrirlas y que se leían compartidas en metro, camión y barras de restaurantes. Para cambiar la página había que cerciorarse primero si la persona de al lado ya había terminado de leer. Desaparecieron otros como el Novedades y El Nacional, éste último era el diario oficial del gobierno, como si la censura y las coerciones existentes entonces hicieran necesario un periódico del gobierno.
Los fascículos comenzaron a ser reemplazados primero por libros, extraordinarias y a veces sui generis colecciones de literatura latinoamericana, de libros de historia, de filosofía, con los años aparecieron los dvd’s y cd, en el puesto de la esquina. Colecciones de ópera, ballet, los grandes de la música clásica en los puestos de periódicos de un país que difícilmente se aleja de sus mariachis y sus malos melodramas televisivos. Estampas de los álbumes Panini de los mundiales de futbol. Llegaron las crisis disfrazadas de la primera década del siglo XXI y más de un puesto de periódicos se convirtió en una versión entre el Oxxo más cercano y la tienda de la cuadra. Y cómo los chilangos hemos perdido la imaginación y la creatividad a fuerza de abstractas lecciones de economía y las impredecibles variaciones entre los grados de contaminación, la radiación solar y los encharcamientos como lagos, hoy los puestos de revistas y periódicos ofrecen junto a los ansiados, deseados cuerpos semidesnudos, periódicos que difícilmente se venden, con tantos otros que se regalan y cumplen las funciones básicas de medio informar con la ventaja de no costar. A revistas de chismes baratos, libros, DVD, se ofrecen cientos de publicaciones de cocina. Desde las atractivas; Moles de México,  La cocina estado por estado, hasta aquellas que con sólo verlas se pregunta uno si alguien realmente las puede necesitar para cocinar: La Revista de los Jugos, Como preparar Gelatinas, Hervir el agua en tres fáciles lecciones. Claro, me imagino que después de leer el TV Novelas y otras similares hay que reaprender hasta como se exprimen las naranjas.
Los puestos de periódicos ahí están, repetidos, a lo largo y ancho de la ciudad, en todas las colonias, en cada esquina a veces, al inicio y al final de la misma cuadra como exceso, compitiendo contra todos los demás, cualesquiera que sea el giro que tengan que sus competidores; estanquillo, tienda departamental, tienda comercial. Los puesteros alegres y taciturnos atienden a su clientela, hoy en la mayoría hasta cigarros sueltos, usb, audífonos y tarjetas para cámaras fotográficas le venden a uno. Los puestos de periódicos; una estrella más de los Ciudad de los Palacios.

Armando Enríquez Vázquez

Una primera versión de este texto se publicó en el portal palabrasmalditas.net

martes, 14 de febrero de 2017

La cambiante Avenida de los Insurgentes Sur.




Insurgentes Sur, desde que tengo memoria se mantiene en un cambio constante. Muchos de lugares que visitaba y frecuentaba a lo largo de mi infancia y juventud hoy han desaparecido por completo en muchos casos para transformarse en algo totalmente diferente, este es un breve recuento. Hoy vemos desaparecer el Cine Manacar y toda la manzana que ocupaban casas y negocios para dar paso a una enorme torre llamada Torre Manacar.
El Cine Manacar que era hasta la década de los ochenta uno de esos enormes cines-estadio que había en la Ciudad de México, con una enorme pantalla y un telón de madera dividido en paneles que corrían sobre rieles y al cubrir la pantalla exhibían un monumental trabajo del pintor guatemalteco Carlos Mérida titulado Los danzantes. Al llegar los noventa, el cine entró en remodelación y se convirtió en una de esas atrocidades con varias pequeñas salas que exhiben la misma película con y sin subtítulos, para finalmente desaparecer por completo en la segunda década del siglo XXI.
Suerte similar corrió el emblemático Vips de San Ángel, que quedaba entre Altavista y Cracovia, casi enfrente al monumento al brazo de Obregón y en donde hoy existe una estructura similar a lo que será la Torre Manacar.
Lo mismo sucedió mucho antes, hace ya muchas décadas cuando las dos torres de edificios de oficinas y un centro comercial que subsiste gracias a los oficinistas de las torres y que conocemos como Plaza Inn, sustituyeron a un supermercado con enorme estacionamiento que en la década de los años sesenta del siglo pasado se asentaba en ese terreno y después fue abandonado a ratas y malviviente y que en su momento se llamó Super Max o algo por el estilo. En la cuchilla que forman Pedro Luis Ogazón y Altavista se encontraba el restaurante-bar en esos años y hasta entrados los ochenta El Perro Andalúz, más tarde un restaurante que se llamó La Casa de los Arroces y hoy es una cafetería de señoras fufurufas de la zona, hipsters y chavos wanabi llamado Il Giornale.
En los años 70 en algún punto de lo que son hoy oficinas y restaurantes, entre Barranca del Muerto y Altavista, había una pequeña especie de centro comercial, donde mi papá nos llevaba los domingos a comer hamburguesas, las hamburguesas no recuerdo si eran buenas o malas, pero si recuerdo que el lugar era muy blanco, con bancas fijas y mesas de cobertura plástica. Tal vez la versión de aquellos días de los que hoy llamaríamos gourmet y presumía un pequeño elevador de banda continua donde subían y bajaban las cestas, con hamburguesas, hot dogs y ordenes de papas o las cestas vacías después del apetito de los comensales, y además tenían unas cebollas encurtidas y pepinillos en vinagre deliciosos que ponían en unos simpáticos platitos en cada mesa que los hermanos Enríquez como órdagos que éramos devoramos uno tras otro ante la mirada de terror de las meseras. El restaurante se llamaba Tabbis y sobrevive en la memoria familiar por esa voracidad con la que vaciábamos los platitos aquellos.
Como de la misma manera desaparecieron los lugares donde mi padre estacionaba el carro en batería y comíamos hamburguesas.
También en los setentas enfrente a donde se encuentra la estación doctor Gálvez del Metrobús había una especie de pequeñísimo parque de diversiones bajo techo llamado Mundo féliz, en él había las primeras camas de aire para saltar que recuerdo, un cuarto que daba vueltas hasta que los muebles quedaban en el techo y uno quedaba sentado en el techo. También, había unos carros chocones que rodeados de un enorme salvavidas amarillos y rojo. Poco tiempo después en la planta baja de ese edificio y en donde me supongo que hoy está un Vip’s se abrió un restaurante llamado Los Comerciales donde a los meseros les gustaba jugar bromas pesadas a los comensales, por ejemplo, había unas campanas en el baño de mujeres que sonaban cuando alguien salía de él, lo que provocaba a los meseros a recibir a la cliente con aplausos y fanfarrias a su regreso al salón comedor, acto al que se sumaban los clientes. Esto en los tiempos que corren de lo políticamente correcto sería tomado como un acto de bullying, ofensivo capaz de generar una demanda o por lo menos un no menos agresivo video en Youtube para desprestigiar al restaurante.
En contra esquina de la Torre Murano, donde comienza a levantarse otro alto edificio, por años estuvo el restaurante La Cava.



En la esquina donde hoy se yergue la Torre Murano por años se ubicó la juguetería Ara, donde cuando comenzaba a trabajar en la producción de programas para Instituto Nacional del Consumidor, también sólo memoria el día de hoy, me tocó ver a una muy nerviosa madre llegar a comprar dos carriolas dobles. Ara, una juguetería luminosa que alegraba la vista de los niños desde que tengo uso de razón, desapareció de la noche a la mañana y la oscura leyenda urbana dice que el dueño perdió sus tres jugueterías en una noche de póker y apuestas.
Lo mismo sucedió con otra famosa juguetería que se encontraba frente a Liverpool de insurgentes sobre la calle de Parroquia, más que una juguetería era un local donde vendían a una famosa muñeca mexicana, que tal vez en su momento no solo compitió con Barbie si no que al menos en nuestro país era más famosa. La televisión pasaba muchos comerciales de la muñeca cuyo nombre Juanita Pérez, con el tiempo la volvió demasiado vulgar y poco atractiva para las niñas clasemedieras que a pesar de las devaluaciones preferían a la rubia Barbie, que era compacta y de bolsilla a la tosca y mestiza Juana.
Al lado del establecimiento donde vendían a la muñeca y sus accesorios, había un restaurancillo llamado Alden donde fui a desayunar durante mis primeras pintas en la secundaria. Un par de cuadras más al norte y antes de llegar al Parque Hundido, durante años existió un restaurant / bar / cafetería y panadería llamado La Veiga donde durante años se organizó una entrañable tertulia de gamberros ex alumnos del Colegio Madrid, todos los lunes por las noches.
Permanece el Sanborn’s de San Antonio y Vips de Alabama ahí siguen, como el Hotel de México, que ni fue hotel y sólo cambio de nombre a WTC y un gran centro comercial. Permanecen el Teatro de los Insurgentes y la Comercial Mexicana de Plateros.

Esos son algunos de los cambios que recuerdo en avenida de los Insurgentes en su sección sur, sé que, hacía el centro y norte también los ha habido sólo que esas zonas las conozco mucho menos.

Armando Enríquez Vázquez

lunes, 6 de febrero de 2017

Y de pronto todos somos amigos.



Armando Enríquez Vázquez
Hace muchos años, cuando era estudiante de secundaria, un día mientras algunos compañeros exponían un tema en la clase de historia, un grupo de alumnos de la preparatoria entraron al salón y sin percatarse que uno de los rincones estaba la maestra, una española de pocas pulgas y mucha edad, preguntaron.
- ¿Disculpa podemos dar un anuncio?
Entonces con la autoridad que daba la edad y la titularidad de la asignatura, la maestra se levantó con lentitud.
- ¿Disculpa? Desde cuando comemos en el mismo pinche mesón para que me hables de tú.
Al reconocer a la temida maestra. La joven que encabezaba al grupo se puso pálida, ofreció mil disculpas y como si hubiera visto la encarnación de uno de los dioses innombrables de H.P. Lovecraft, salió del salón seguida por sus compañeros.
En la década de los setenta y ochenta, al conocer a los papás de mis amigos y compañeros de la escuela siempre me dirigí a ellos de usted, y lo mismo hacían mis compañeros al conocer a mis padres. Incluso, conocí personas que hablaban de usted a sus propios padres. La educación y el respeto se medían muchas veces en esa arcaica forma, a los maestros mayores se le hablaba de usted, pero el cambio ya estaba en camino. A los maestros más jóvenes los tuteábamos, incluso un par de padres de amigos y compañeros se negaban al rígido usted y te pedían, casi suplicaban que los tutearas, tal vez tratando de recuperar el tiempo pasado o tal vez perdido.
La primera vez que alguien me dijo señor, estudiaba todavía la preparatoria, pero sorprendido vi pasar 19 años como un tren y sentí el viento cruel del invierno de la vida. Sorprendido, y hasta tal vez aterrado, vi al pequeño de kínder que preguntaba algo.
Con el pasar de los años he visto esa falsa barrera de la educación construida a partir del usted derrumbarse, en una de las aventuras del chilango detective Héctor Belascoarán Shayne, escrita por Paco Ignacio Taibo II, uno de los personajes le pregunta a otro: “¿Le puedo hablar de usted?” “Si” responde el otro. “Pues entonces chingue usted a su madre”.  
 Hoy casi todo mundo se habla cotidianamente de tú, casi todos rompimos el turrón hace décadas y por lo general sólo le hablamos a alguien de usted o nos hablan de usted cuando no sabemos qué tan adusto es aquel que tenemos enfrente. O si las arrugas son ya demasiadas.
Pero de pronto desde hace algunos años tutearnos resultó insuficiente para demostrar la igualdad entre los seres humanos.  A alguien se le ocurrió que se podía referir a cualquier semejante como amigo, y eso si que no.
Mis amigos, pocos o muchos, los defino por muchas cosas. Son parte de mi vida, gamberros o no, como la canción de Serrat. Me son entrañables, aunque no los vea a diario. Y caminan conmigo en las diferentes horas del día. Mis amigos son gente cercana a mis amores y desamores.  Dice el dicho dime con quién andas y te diré quién eres y eso como escribe Bretón en Najda, hace que sea muy cuidadoso de mis relaciones y tremendamente consiente de ellas.
Por lo tanto, que cualquier mozalbete de esos que dan muestras gratuitas de pan en el super, un mendigo, policía o jovenzuela en busca de una calle se dirija a mí como amigo, hace que el estomago se me haga nudo. Inmediatamente lo ignoró y volteo a otro lado, porque obviamente si no conozco a la persona, mucho menos puedo ser su amigo. Como es lógico, asumo que no se está dirigiendo a mí.
El colmo fue una vez que lleve a mis hijas al museo Papalote y uno de los muchachos que trabaja en el lugar se dirigió a mí como “cuate”. No sé como habré mirado al chamaco, pero decidió darse la vuelta y dirigirse mejor al “cuate” cincuentón al otro lado del museo. Me acordé entonces de la maestra de historia y me di cuenta de que la brecha generacional es amplia y generosa, afortunadamente.
Entiendo perfectamente hoy a todos aquellos que en el facebook se jactan de tener 600 amigos de los que no saben nada, probablemente ni siquiera el nombre de la calle donde vivan. Tratan de llenar con “amigos” sus carencias de habilidades sociales.
En lugar de llenar las páginas virtuales de la vida de uno con personas triviales, es mejor y más sabio aquello de escoger bien a los amigos y mejor a los enemigos. Tal vez el Facebook debería tener una entrada así: enemigos. Podríamos valorar mejor a los seres humanos que son nuestros amigos, y sobretodo, a los que nos consideran enemigos, más aun cruzar los datos de todos aquellos que solicitan nuestra “amistad” para en último de los casos ignorarlos, y descartarlos de cualquiera de las dos listas.
Tristemente cuando amigo parecía haber rebasado los límites de la cordialidad, se pone de moda hoy llamar a nuestros semejantes wey, sin el menor pudor, de la amistad pasamos al insulto. Y como muchos jóvenes adoptan sin decoro esta vituperiosa forma de dirigirse a sus semejantes, no quiero ni pensar cuál es el siguiente paso en nuestro desarrollo del español para dirigirnos a nuestro semejante.

una primera version de este texto se publico en palabrasmalditas.net
imagen Deathtostock.com 

lunes, 23 de enero de 2017

El tirapapas y otros juguetes de una infancia neandertal.




A finales de la década de los años sesenta del siglo pasado, los niños jugábamos con juguetes que hoy serían más que mal vistos, además de que resultarían totalmente carentes de emoción para cualquier infante de este siglo.
Niños que se conectan por más de cuatro horas al día a tablets o teléfonos y matan de manera aséptica a seres humanos o monstruos humanoides de todo tipo, deben encontrar incongruente el que los niños de hace cincuenta años salieran a la calle a los jardines de sus casas o conjuntos habitacionales a dispararle a las lagartijas, tórtolas o cualquier ser vivo pequeño o mediano, con resorteras en el mejor de los casos o con rifles o pistolas de municiones o diábolos en el más extremo, que se ensuciaran con tierra al cavar un poco para descubrir lombrices y cochinillas.
Se jugaba con verdaderos peligros como trompos de punta de clavo y nadie pensaba en usar casco, ni rodilleras cuando se trepaba en la bicicleta, la patineta o los patines. Las rodillas y codos raspados no representaban la irresponsabilidad de los padres, sino una infancia normal, común y corriente.
Como tampoco era visto como irresponsable, ni inseguro que niños y adolescentes jugaran en las calles de la ciudad, los parque no eran los excusados de los perros de departamento, sino lugares donde encontrábamos estadios de futbol y canchas de badmington, terreno de espías y de una escenografía estupenda para esconderse tras los árboles.
Pero, además, sin vivir en el país de Jauja, había juguetes y propuestas para divertirse desperdiciando comida de manera políticamente incorrecta. Uno de los clásicos era una pistola de metal llamada el tirapapas. Una pistola de metal que disparaba trozos de papa cruda o de cualquier otro tubérculo, verdura o fruta similar a la papa, chayote crudo, por ejemplo, o camote o jícama. La punta de la pistola era un pequeño cilindro hueco que se introducía en la papa y al jalar la pistola esta quedaba cargada con un trozo del tubérculo y lista para disparar.
El tirapapas no solo era un juguete que hoy se consideraría peligroso, pues un papazo en el ojo no resulta ni gracioso, y mucho menos inocuo. De hecho, alguna vez uno de mis hermanos, le reventó una ampolla a otro de ellos disparándole el trozo de papa directo al ámpula. Pero además como promotor del desperdicio de comida, difícilmente ganaría un premio en la actualidad al mejor juguete del año.
Sin embargo, el tirapapas gozaba nos sólo de la aprobación de los padres, sino de las autoridades, como muchas veces hoy los productos milagro y hasta comercial de televisión tenía, por lo que no era mal visto por los responsables de autorizar la comercialización de juguetes en el país. Lo mismo sucedía con rifles y pistolas de municiones y diábolos, que se exhibían en los escaparates en tiendas departamentales y supermercados, junto con las municiones que utilizaban las supuestas armas de juguete, que podían provocar mayores daños que las resorteras.
Lo cierto es que detrás de estos juguetes que hoy pueden parecer para niños y padres nacidos en la época de los neandertales, existía una gran diversión. También, existían los carritos de baleros y su versión comercial llamada Avalancha. Estos sencillos vehículos construidos con una tabla de madera, y un palo al frente del vehículo que iba atornillado a la tabla, en los extremos de este madero se ponían dos ruedas y otras dos en la parte posterior de la tabla. Las ruedas eran por lo general hechas con baleros de metal, como aquellos que antaño se utilizaban para los rieles de ciertas puertas, como las de los closets de las casas, a los extremos del madero frontal en el que se ponían las ruedas delanteras se amarraba también un mecate que en las manos del conductor hacía las veces de volante, aunque el intrépido conductor se ayudaba también con los pies puestos en el madero para conducir, y su humilde origen debe encontrarse en los tiempos de crisis de inicios del siglo XX. La avalancha era ya un producto de tiempos mejores, las llantas eran hechas exprofeso para el vehículo, la Avalancha contaba con un volante y un freno. De cualquier manera, la inestabilidad del carrito era enorme y su punto de gravedad dependía de la altura y peso del o los conductores lo que siempre terminaba en volcaduras, enormes hoyos en la ropa y sangrantes raspaduras en codos, rodillas y cara de los participantes.
La aséptica tecnología no había llegado a las vidas sencillas de los niños que en lugar de googlear cualquier palabra o persona preferíamos ver como los caracoles de tierra morían retorciéndose y produciendo una gran cantidad de baba al ponerles un poco de sal común. Una especie de Alka Seltzer de la naturaleza y que por el simple hecho de escribir acerca de esto ahora mismo un sinnúmero de millenials de gran conciencia, pero ignorantes en todos los sentidos deben estar preparando ya la pira de leña verde.
Lo que me lleva a otro de los juguetes clásicos de aquellos días, los juegos de química. Al regalar uno de estos sets de tubos de ensayo llenos de sustancias, los padres, abuelos o tíos seguramente pensaban que estaban formando al siguiente Niels Bohr, sin siquiera saber quién era ese güey. Los niños buscábamos hacer la mezcla correcta para hacernos invisibles y no ir a la escuela. No recuerdo exactamente que sustancias venían en aquellos tubitos, recuerdo que todas tenían nombres que sonaban a sustancias alquímicas que nos permitirían transmutar lo que mezcláramos en el más importante descubrimiento de la humanidad, tengo la sospecha que no todas pasarían por la aprobación de las oficinas de gobierno respectivas hoy en día. A pesar de que todo set poseía un instructivo, lo interesante y el reto era mezclar estas sustancias de manera aleatoria y a nuestra discreción. Nunca nada más allá de una sustancia apestosa surgió de aquellas mezclas.
Hoy que muchos retos e ideas de los adolescentes provienen de una anónima comunidad en Internet, sería muy importante volver a lo básico y dejar a los niños y jóvenes rasparse las rodillas de manera indecente, nada más para que vean que no pasa nada y uno se divierte más.      


Armando Enríquez Vázquez

lunes, 16 de enero de 2017

Cachondeo de palabras.




Hace unos días leí una columna en el portal The Atlantic que me llevó a una serie de artículos y comentarios, algunos de ellos apasionados, unos más que trataban de ser doctos e informativos, otros más de chacota, acerca de lo indeseable que para algunos norteamericanos e ingleses resulta la palabra panties, refiriéndose a la ropa interior femenina. Existiendo como siempre los radicales que piden, en broma o no, que dicha palabra sea proscrita de la lengua inglesa, pues la consideran demasiado infantil y denigrante. Al parecer muchos son incapaces de  imaginar a una seria ejecutiva anglosajona entrando a la tienda de Victoria’s Secret  a comprar calzones, utilizando la palabra panties. Otros sin embargo, la consideran una palabra sexy y menos descriptiva y vulgar que tanga, o hilo dental. La verdad es que es que a mí la discusión me pareció divertida, bizantina cuando se anteponía el juicio categórico y descalificador, pero divertida al final de cuentas, e irrisoria ante las opiniones radicales, puritanas y que con encono o dizque cierta autoridad intentan de prohibir la palabra sólo porque no les gusta. Lo que solo habla de intolerancia. A mí la palabra jocoque me puede parecer de mala leche y jamás se me ocurriría pedir prohibirla por ese hecho, al contrario creo que la define.
Esta serie de textos me llevó a reflexionar sobre algunas palabras de nuestro idioma y como las aprecio, las disfruto o las evito. Porque en esto de las palabas, como en el caso de las opiniones se rompen hocicos.  Lejos de considerarlas sexy a mí me gusta verlas más como simplemente cachondas. Empezando por la misma palabra que tantas peroraciones incitó entre los que hablan la lengua inglesa. A mí no me causa mayor problema si son calzones, chones, tanga, bóxers, de cualquier manera y por sexys que estos sean para mi gusto o no, ninguna de ellas me parece cachonda, la excepción es braga y no por hispanófilo, sino porque que como a muchos de mi generación la palabra más que a la prenda íntima femenina, me remite a la cachondísima actriz brasileña Sonia Braga, hoy sexagenaria.
Prefiero tetas sobre chichis. Y cualquiera de los dos sobre la hipócrita, recatada, artificial y anglosajona bubies. Para mí Teta es perfecta, redonda, firme y del tamaño adecuado. Chichi es demasiado infantil, Los senos son muy propios y doctos, el pecho muy travesti y la bubies como ya dije con aroma a silicón. Sin embargo tetona, es la Mendoza que es caricatura y exageración, en el peor de los casos malnutrido deseo edípico. Pero más cachonda que tetas es pezón, la palabra, así con su z.
Me gusta la palabra ojo pero nunca será lo cachondo que puede llegar a ser mirada. Un taco de ojo, está cerca muy del deseo y lo suficientemente lejos del pecado, para considerarlo cachondo.
Ombligo, cachonda palabra, centro geográfico obligado del cuerpo que se recorre.
Me gustan las palabras labio, ceja, pantorrilla, clavícula,  axila, pestaña y todas las imágenes que me despiertan
Pero la cachondería de las palabras no empieza, ni termina en la anatomía humana, y así como ningún alimento es afrodisíaco si no es a través de la sugestión, las palabras que designan a algunos alimentos no lo serían si no nos evocaran una seductora imagen, que nos perturba. Alguna vez un conocido decía que el arroz siempre le recordaba los granos cocidos que caían en las piernas de su amante cuando comían sushi en la cama, y como con el dorso de la mano los barría de la piel de ella. Para él seguramente arroz es una palabra que tiene cierta cachondería.
Si un tercer día el amo hubiera enviado a Esopo al mercado, esta vez por el platillo más cachondo, el fabulista hubiera llevado por tercera vez lengua y no por lo excitante que puede ser al estar enmarcada por una sonrisa y tocar el labio, o por tantas otras cosa que puede hacer, si no por las cachonderías que en una lengua se engendran y se desenvuelven cuando esta toca el paladar, los dientes y los labios al pronunciarlas.  Las palabras cachondas dependen de la boca que las emite, como también del oído que las escucha  dándoles ese valor y se estremece con su sonido. Porque la cachondería es seducción que no onanismo.
Las palabras para mí son cachondas cuando despiertan una imagen sensual y que tiene cierto regusto a fetichismo; se tornan imágenes sepia de fotografías en la memoria, se enmarcan en lugares diferentes de nuestro cerebro. Palabras con las que nos comunicamos,  cobran un sentido ritual con una persona en especial, cuando se susurran rozando el lóbulo de la oreja, cuando se dejan caer intempestivamente para hacer aflorar una sonrisa o estimulan una mirada. Algunas palabras nos seducen y acompañan toda la vida porque el pronunciarlas y compartirlas nos provoca el placer que sólo el seducir provoca.
En el principio fue la palabra, que se convirtió en el mayor acto de seducción porque gracias a ella logramos romper la oscuridad y crear este universo con el amor que carga cada palabra al designar a cada uno de los elementos que hay en él. Algunos, incluso, lograron identificar a Dios, por eso disfrutemos de cada palabra de esa manera perversa que nos permite saborearlas antes de ponerlas en la punta de la lengua para designar o atraer con ella al cachondo objeto de nuestro deseo.  
Punto y aparte y a manera de colofón.
Tristemente como los puritanos se ensañan con ciertas palabras, hay quienes creen que, como la ley, el idioma es rígido e inflexible y por eso creen que las palabras sólo tienen un sentido y una definición. La Suprema Corte de Justicia de la Nación, cree inocentemente, por no ser ofensivo con los magistrados, que existen las palabras capaces de afrentar, y si ellos pudieran las prohibirían de nuestro idioma. Símil de aquellas llamadas malas palabras, identificadas por la gran mayoría de los hogares mexicanos católicos y racistas como leperadas, que definen, sin embargo, objetos y califican individuos de una manera perfecta. Por eso en lugar de buscar palabras ofensivas para tratar de prohibirlas, exhortemos a los magistrados a encontrar el lado de seductor de las palabras para exaltarlas.

este texto fue publicado por prmera vez en palabrasmalditas.net
imagen: DeathtoStock.com 

lunes, 9 de enero de 2017

Lo divertido de ser estreñido.



Armando Enríquez Vázquez
No existe actividad humana más sobrevaluada que la publicidad.
Nadie puede tomarse en serio a una profesión en que ser creativo se refiere a un puesto laboral y en la que a los vendedores se les denomina con el pomposo nombre de ejecutivo de cuentas. La mayoría de creativos que conozco están muy lejos de serlo y el titulo solo demuestra un severo complejo de inferioridad, porque ya sabemos qué; dime de qué presumes y te diré a qué agencia perteneces.
Dice Stephen Hawkins que cuándo alguien habla de su IQ lo único que demuestra es ser un perdedor. Supongo que algo similar sucede cuando alguien presume de ser un creativo de la publicidad. Aquel que dijo que la publicidad era lo más divertido que se podía hacer con la ropa puesta, adolecía de imaginación y tenía poco claras sus perversiones.
No quiero decir que en el mundo de la publicidad no exista gente talentosa y creativa, lo que pasa es que como en toda actividad humana; son la minoría. Con un poco de atención a los comerciales y anuncios que interrumpen nuestros programas de radio y televisión o la lectura del periódico a lo largo de un día, nos damos cuenta que la mayor parte de los anuncios publicitarios sólo son tonterías si somos benevolentes y como ellos utilizamos los eufemismos.
Del mundo de la publicidad de los noventa siempre me sorprendió el abuso del espanglés, y como entre menos sabía una persona de inglés más abusaba de los extranjerismos. Para los publicistas las tetas se convertían en asépticas y poco terrenales boobies, los asuntos se en issues, las reuniones de trabajo son meetings. Copy servía para describir un puesto de trabajo, inferior al creativo y también los textos con la publicidad del producto.
En esa década, en momentos difíciles me vi llevado por las olas de la crisis a trabajar en una agencia de publicidad internacional con grandes cuentas y clientes de esos que invertían o invierten mucho para asegurarse de mantener sus ventas.
Novato y villamelón en el mágico mundo de la publicidad, tuve mi iniciación en una junta donde se presentaba ante el cliente el storyboard y todo lo relacionado con la filmación de un comercial para un producto contra el estreñimiento.
El bautizo de fuego se llevó a cabo en un meeting room de la agencia. No había una ventana, sólo un ventilador y una larga mesa de juntas al centro. Los miembros de la agencia de publicidad; productores, ejecutivos de cuenta y creativos de un lado. Del otro el cliente. El jefe de todos, un neozelandés con cara de haber llegado a tierra de indios a catequizarnos en materia de publicidad, rodeado por sus gerentes de marca, subgerentes de marca, mini gerentes de marca, la marca misma y un extraño individuo al que esa empresa denominaba productor de comerciales, claro en inglés y que tenía como tarea el supervisar el trabajo del productor de la agencia cuyo trabajo era el de supervisar el trabajo de la casa productora que es la que realmente produce el comercial. Aunque, por lo que me enteré después, en realidad nunca nadie a lo largo de los años de la relación agencia-cliente había descifrado su verdadera misión. Aparecía en las locaciones justo a la hora del desayuno, de la comida o de la cena, y así como aparecía, el individuo después de probar el catering, o servicio de alimentación, desaparecía.
Al frente, con un pizarrón de donde colgaba el Storyboard, los representantes de la casa productora, también en número suficiente para hacer frente a los dos grupos que tenían enfrente, todos cuidando el pizarrón como los nazi al Arca de la Alianza en Cazadores del Arca Perdida. Un número, desde mi humilde punto de vista, exagerado de personas para tomar decisiones acerca de lo que habría de pasar en treinta segundos en una pantalla de televisión mientras el espectador desde la cocina se prepara un sándwich intentando adivinar si ya está por iniciar de nueva cuenta su programa.
Sobra decir que el neozelandés no hablaba español y la junta se llevó a cabo en inglés.
La junta inició con la casa productora presentando un casting, o prueba de cámara, de modelos mujeres y hombres. Se buscaba que dieran el perfil de dos jóvenes profesionistas activos y triunfadores que padecen estreñimiento. La complexión de los elegidos por el cliente era la de un par de bulímicos obsesionados por tomar sus dos litros diarios de agua, Hacer ejercicio hasta desmayarse y comer toda la fibra posible, razones de sobra para que de ninguna manera pudieran ser estreñidos. Una vez definidos los protagonistas del comercial, desfilaron ante los ojos del neozelandés y su tropa opciones de la ropa que llevarían los modelos elegidos, piezas de la escenografía, diferentes tipos de vasos y cucharitas para servir y revolver el producto, los modelos del producto o dummies, en los que se había agrandado el nombre del producto eliminando toda esa información inútil que las leyes mexicanas obligan a los productos supuestamente medicinales a llevar en su etiqueta.
Tras cuarenta y cinco minutos de aprobaciones se procedió a narrar la ejecución del comercial cuadro por cuadro del storyboard. El director del comercial, que sentía estar produciendo Love Story y fingía ser un apasionado del comercial, iba describiendo cada uno de los cuadros con la conmiseración que una estrella de rock puede sentir por la prensa, fue esa actitud parte de su perdición. Cuando con la seguridad que da la ignorancia de conocer la gravedad que conlleva el estreñimiento planteó, que los treinta segundos del comercial, realmente menos de veinte, hay que descontar el tiempo de los product shot, o tomas del envase del producto con las etiquetas truqueadas, y esas otras tan importantes para los norteamericanos y otros bobos que no saben disolver un polvo en agua, se iban a llevar a cabo en un ambiente campechano para lo que utilizó las palabras Fun Mood. Entonces estalló la bomba.
El neozelandés lanzó un grito de guerra maorí y golpeó el escritorio.
De las siguientes dos horas tengo recuerdos muy vagos; momentos en los que no entendía los ladridos del neozelandés, las disculpas de la ejecutiva de cuenta, que como japonesa juntaba las manos y hacía genuflexiones ante el cliente y su sequito. La cara de sorpresa del director del comercial, quien había perdido la actitud perdonavidas y recobrado la de un frustrado director de largo metrajes y con una desesperación digna de quien no encuentra un extinguidor de una marea de fuego, trataba de convertirse en vano en el vocero oficial del Oxford’s Dictionary para demostrarle al neozelandés que, de inglés, inglés lo que se llama inglés, por más que fuera su lengua materna no tenía mayor conocimiento. Y tras los primeros quince minutos de discusión yo, constantemente, mordiéndome el interior de los cachetes para soltar la carcajada. El productor de comerciales de la empresa cliente miraba a todos sin interés y bebía café, mientras mordisqueaba diferente galletas que se encontraban en un enorme platón blanco al centro de la mesa de junta.
El neozelandés y sus gerentes mexicanos estaban totalmente indignados por el uso negligente de la palabra Fun en un asunto que a todas luces no tenía nada de gracioso. Y mientras el jefe gritaba y manoteaba, los otros a s alrededor como coro trágico con el ceño fruncido asentían con la cabeza cada vez que el neozelandés detenía la perorata.
- A ninguno de los millones de seres humanos que sufren de constipación en el planeta, les resulta gracioso el asunto.- Vociferaba a los cuatro vientos el neozelandés que tal vez hubiera reaccionado de una manera más tolerante si una bandada de Kiwis hubiera picoteado a muerte a su madre.
El estreñimiento pude deducir, por la reacción que la palabra Fun causó en nuestro cliente, era un mal peor que los cuatro jinetes del apocalipsis juntos y encabronados. Y las pobres almas que sufren de esta condición han perdido la capacidad de ser felices, la mera intuición de la existencia de la felicidad les provoca unas ganas de asesinar que te cagas. El encono del gerente extranjero ante la insensibilidad del director del comercial y la ligereza con la que utilizaba los términos en inglés, solo eran una confirmación de la famosa insensibilidad de los mexicanos frente a la muerte. La magnitud del problema amenazaba con acabar con el comercial, poner una alerta para que la casa productora no fuera contratada nunca jamás por la trasnacional y todos en la agencia fuéramos castigados con cien azotes y la prohibición eterna para adquirir el producto si en algún momento de nuestras vidas sufríamos el flagelo del estreñimiento.
Una presencia extraña rondaba el aire y aunque muchos pudieran haber creído por un momento que es trataba de la Estupidez, yo estoy seguro de que se trataba de la musa de Woody Allen que buscaba ideas para inspirar al cineasta.
La furia terminó de manera abrupta, tal y como había iniciado, sin razón, ni motivo aparente, y la junta pudo terminar de manera civilizada sin pérdidas humanas que lamentar. Todo mundo se despidió de manera civilizada y a los pocos días procedimos a filmar el comercial. Uno de los descubrimientos que hizo la gente de la casa productora fue que el producto al disolverse en agua y tras unos cuarenta y cinco minutos de espera se convertía en algo como concreto: Indisoluble, indivisible e indestructible. Capaz de tapar un excusado. Hasta la fecha evito imaginar su acción en el tracto digestivo humano.
Mi paso por el mundo de la publicidad me enseñó varias cosas. La primera y más importante fue que los lugares comunes existen en el mundo real: El grito de desesperación de una de las más hermosas mujeres que he conocido, quien después de 70 tomas tratando de bajar una escalera y sonreír se rindió:
-¡O Sonrío, o bajo las escaleras, pero las dos cosas al mismo tiempo no puedo!
Aprendí que muchas veces entre un cliente y un celador Nazi hay poca diferencia, cuando conocí la historia de la ejecutiva de cuentas que invitó a su cliente de jabón de barra a cenar a su casa, aprendí que muchas veces la diferencia entre un cliente y un celador Nazi es poca, esa noche digna también de Woody Allen, el cliente revisó todos y cada uno de los baños de la casa incluidos el de la servidumbre y el de la recamara principal para cerciorarse de que utilizaba su marca. Despueés pudo cenar tranquilo El esposo de la ejecutiva agradeció a su creador que el cliente no fuera productor de condones.
Que no hay mayor ejemplo de una relación sado-masoquista que la que desarrolla un ejecutivo de cuentas con su celador, perdón su cliente. Y los llamados creativos desarrollan el síndrome de Estocolmo hacía sus captores, perdón, ejecutivos de cuentas.
Aprendí que el cliente siempre pierde la razón, que la frustración de muchos hombres y mujeres publicistas que después terminan creando campañas políticas o vistiéndose de manera estrafalaria bajo la consigna de que es la única forma de demostrar su creatividad, nace de esos caprichos que nadie está dispuesto a negarle a cliente.
La lección más importante que aprendí fue que la publicidad por donde se le vea puede ser cualquier cosa menos divertida.
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