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jueves, 15 de febrero de 2018

Dulces de la infancia chilanga sesentera.



En las casas de algunas tías postizas existían bomboneras de cristal cortado, ese cursi material que acostumbraba remarcar el mal gusto de la clase media mexicana, llenas de los dulces de Laposse.
La pastilla perfectamente redonda y solida de dulce, algún color que podríamos atribuir también a una canica; tenue y transparente; amarillo, rojo, azul o aqua. También, uno totalmente transparente. Al centro, en teoría, una pasita; característica principal de todos ellos y de la marca.
Durante la infancia esa pasa inmersa en el caramelo, cual una mosca atrapada en ámbar, me causaba cierta repulsión, superada con los años, descubrí que liberar la pasa con la lengua al consumir el caramelo se convertía no sólo en una recompensa, si no el propósito principal del dulce, cuyo sabor de cierta forma resulta poco atractivo, y hasta secundario en el consumo de la golosina. En un país donde los caramelos y golosinas tienen sabores intensos y que resultan agresivos en otras latitudes, el dulce de Laposse es inocuo.
Hoy esos caramelos siguen existiendo y muchas veces al encontrármelos me regresan cuarenta y tantos años a otros tiempos qué si no eran más sencillos, eran más simples, como su sabor.
Eugenio Sue fue un afamado escritor y mucho menos afamado cirujano, pero su mención siempre me lleva a otro médico: El doctor Urquiza, pediatra de la familia, cuyo consultorio se encontraba en calle que lleva el nombre del francés y a otro dulce inocuo pero cuyo sabor aun despierta la memoria de mis papilas gustativas. Las paletitas de anís de Larín. Esa era la recompensa que el buen doctor daba a sus pacientes tras la consulta que iba acompañada de una vacuna.
Las paletitas eran pequeñas, de color transparente y con una envoltura roja con diferentes figuritas en negro, si mal no recuerdo un gato arqueado entre ellas. Con el tiempo y la desaparición de Larín, las paletas de anís desaparecieron de las tiendas y tal vez de la memoria de muchos.
Los Tín Larín, chocolate emblemático de la marca es hoy producido por Nestlé.
Para los niños mexicanos, al menos desde que tengo uso de razón la combinación entre el chile y el azúcar es condición primordial para una buena golosina y si además tiene algún tipo de acidez la combinación es perfecta. De ahí que los niños mexicanos desarrollen una gastritis crónica a los 12 años lo que produce una evolución en las células de las paredes estomacales que las convierte en una especie de recubrimiento metálico que blinda al mexicano de cualquier problema estomacal por el resto de su vida.
De los Miguelitos en polvo, a los líquidos, pasando por chabacanos rojos, otros en una espesa pasta de chile y aquellos que de tanta sal han perdido hasta el hueso y hacen que las momias de Guanajuato parezcan frescas doncellas universitarias, en los años sesenta y principio de los setentas los niños ya disfrutábamos de todas estas golosinas deliciosamente tóxicas.
Pulpa de tamarindo con chile en unas graciosas ollitas de barro que uno vaciaba del dulce cual oso hormiguero en un termitero, con la lengua recorriendo todos los rinconcitos internos de la olla con la punta de la lengua.
Otros dulces que sobreviven y son de los favoritos y marcan la vida de un niño mexicano son aquellos que se elaboran con el mexicanísimo y versátil cacahuate; la palanqueta, popular golosina que durante años se vendía envuelta como un chocolate, en envoltura plástica y al interior de papel encerado para que con la melaza no te quedaran los dedos pegajosos. Hace mucho que este tipo de palanqueta desapareció para que las palanquetas quedaran solamente como dulces artesanales.
Los mazapanes que a falta de almendra y exceso de cacahuate se producen en México con esta semilla y que desde que tengo memoria existen en dos marcas: Cerezo y De la Rosa.
Y los infaltables cacahuates japoneses con su camisa dura de harina con soya y algunas veces un poco de picante, ahora también de limón y que en la adolescencia se vuelven centro de la experimentación al agregarle salsas picantes, jugo de limón, chamoy líquido, churritos y lo que se les ocurra a los chicos de hoy.
En los años sesenta o principios de los setenta surgieron también otros dos corrosivos polvitos que eran dignos de ingerir. Salim y Chilim, venían un sobrecito metálico y plastificado. Uno era una combinación de limón y sal capaz de producir en su acidez que uno mantuviera los ojos cerrados de manera involuntaria por cerca de cinco horas y mis riñones aun no terminan de procesar tanta sal y el otro incluía además chile lo que lo hacía un tratamiento alternativo a la cirugía de úlceras pues las cauterizaba al momento del contacto con las paredes del estómago.
En esa misma exageración existía un chocolate llamado Postre, con una muy poco atractiva envoltura verde olivo, que tenía relleno de chocolate suave, frutas cristalizadas, pasas y una cantidad de alcohol necesaria para despertar al gene responsable del alcoholismo en cualquier niño que lo probara.
Algo similar sucedía con todas las marcas y presentaciones de cerezas en chocolate, las frutas deben haber permanecido décadas absorbiendo cualquiera que fuera aquel licor, porque en nada sabían a cereza y la azúcar del chocolate únicamente ayudaba a que el sopor producido por el alcohol lo llevara a uno como niño a un estado de duermevela que sólo hasta muchos años después comprendí que era el inició de la embriaguez.
Después habrían de llegar los dulces combinados con ingredientes efervescentes que hacía que toda una fiesta de niños pareciera la sala de emergencia de un hospital con críos llenos de espuma en la boca. Los duces Selz y las Burbusodas, que además eran picantes por lo que la espuma rojiza hacía sin duda más dramática la escena.
La llegada del Tratado de Libre Comercio acabó con muchas de estas empresas y con sabores que a muchos nos remiten a la infancia.




Armando Enríquez Vázquez

lunes, 23 de enero de 2017

El tirapapas y otros juguetes de una infancia neandertal.




A finales de la década de los años sesenta del siglo pasado, los niños jugábamos con juguetes que hoy serían más que mal vistos, además de que resultarían totalmente carentes de emoción para cualquier infante de este siglo.
Niños que se conectan por más de cuatro horas al día a tablets o teléfonos y matan de manera aséptica a seres humanos o monstruos humanoides de todo tipo, deben encontrar incongruente el que los niños de hace cincuenta años salieran a la calle a los jardines de sus casas o conjuntos habitacionales a dispararle a las lagartijas, tórtolas o cualquier ser vivo pequeño o mediano, con resorteras en el mejor de los casos o con rifles o pistolas de municiones o diábolos en el más extremo, que se ensuciaran con tierra al cavar un poco para descubrir lombrices y cochinillas.
Se jugaba con verdaderos peligros como trompos de punta de clavo y nadie pensaba en usar casco, ni rodilleras cuando se trepaba en la bicicleta, la patineta o los patines. Las rodillas y codos raspados no representaban la irresponsabilidad de los padres, sino una infancia normal, común y corriente.
Como tampoco era visto como irresponsable, ni inseguro que niños y adolescentes jugaran en las calles de la ciudad, los parque no eran los excusados de los perros de departamento, sino lugares donde encontrábamos estadios de futbol y canchas de badmington, terreno de espías y de una escenografía estupenda para esconderse tras los árboles.
Pero, además, sin vivir en el país de Jauja, había juguetes y propuestas para divertirse desperdiciando comida de manera políticamente incorrecta. Uno de los clásicos era una pistola de metal llamada el tirapapas. Una pistola de metal que disparaba trozos de papa cruda o de cualquier otro tubérculo, verdura o fruta similar a la papa, chayote crudo, por ejemplo, o camote o jícama. La punta de la pistola era un pequeño cilindro hueco que se introducía en la papa y al jalar la pistola esta quedaba cargada con un trozo del tubérculo y lista para disparar.
El tirapapas no solo era un juguete que hoy se consideraría peligroso, pues un papazo en el ojo no resulta ni gracioso, y mucho menos inocuo. De hecho, alguna vez uno de mis hermanos, le reventó una ampolla a otro de ellos disparándole el trozo de papa directo al ámpula. Pero además como promotor del desperdicio de comida, difícilmente ganaría un premio en la actualidad al mejor juguete del año.
Sin embargo, el tirapapas gozaba nos sólo de la aprobación de los padres, sino de las autoridades, como muchas veces hoy los productos milagro y hasta comercial de televisión tenía, por lo que no era mal visto por los responsables de autorizar la comercialización de juguetes en el país. Lo mismo sucedía con rifles y pistolas de municiones y diábolos, que se exhibían en los escaparates en tiendas departamentales y supermercados, junto con las municiones que utilizaban las supuestas armas de juguete, que podían provocar mayores daños que las resorteras.
Lo cierto es que detrás de estos juguetes que hoy pueden parecer para niños y padres nacidos en la época de los neandertales, existía una gran diversión. También, existían los carritos de baleros y su versión comercial llamada Avalancha. Estos sencillos vehículos construidos con una tabla de madera, y un palo al frente del vehículo que iba atornillado a la tabla, en los extremos de este madero se ponían dos ruedas y otras dos en la parte posterior de la tabla. Las ruedas eran por lo general hechas con baleros de metal, como aquellos que antaño se utilizaban para los rieles de ciertas puertas, como las de los closets de las casas, a los extremos del madero frontal en el que se ponían las ruedas delanteras se amarraba también un mecate que en las manos del conductor hacía las veces de volante, aunque el intrépido conductor se ayudaba también con los pies puestos en el madero para conducir, y su humilde origen debe encontrarse en los tiempos de crisis de inicios del siglo XX. La avalancha era ya un producto de tiempos mejores, las llantas eran hechas exprofeso para el vehículo, la Avalancha contaba con un volante y un freno. De cualquier manera, la inestabilidad del carrito era enorme y su punto de gravedad dependía de la altura y peso del o los conductores lo que siempre terminaba en volcaduras, enormes hoyos en la ropa y sangrantes raspaduras en codos, rodillas y cara de los participantes.
La aséptica tecnología no había llegado a las vidas sencillas de los niños que en lugar de googlear cualquier palabra o persona preferíamos ver como los caracoles de tierra morían retorciéndose y produciendo una gran cantidad de baba al ponerles un poco de sal común. Una especie de Alka Seltzer de la naturaleza y que por el simple hecho de escribir acerca de esto ahora mismo un sinnúmero de millenials de gran conciencia, pero ignorantes en todos los sentidos deben estar preparando ya la pira de leña verde.
Lo que me lleva a otro de los juguetes clásicos de aquellos días, los juegos de química. Al regalar uno de estos sets de tubos de ensayo llenos de sustancias, los padres, abuelos o tíos seguramente pensaban que estaban formando al siguiente Niels Bohr, sin siquiera saber quién era ese güey. Los niños buscábamos hacer la mezcla correcta para hacernos invisibles y no ir a la escuela. No recuerdo exactamente que sustancias venían en aquellos tubitos, recuerdo que todas tenían nombres que sonaban a sustancias alquímicas que nos permitirían transmutar lo que mezcláramos en el más importante descubrimiento de la humanidad, tengo la sospecha que no todas pasarían por la aprobación de las oficinas de gobierno respectivas hoy en día. A pesar de que todo set poseía un instructivo, lo interesante y el reto era mezclar estas sustancias de manera aleatoria y a nuestra discreción. Nunca nada más allá de una sustancia apestosa surgió de aquellas mezclas.
Hoy que muchos retos e ideas de los adolescentes provienen de una anónima comunidad en Internet, sería muy importante volver a lo básico y dejar a los niños y jóvenes rasparse las rodillas de manera indecente, nada más para que vean que no pasa nada y uno se divierte más.      


Armando Enríquez Vázquez