martes, 22 de mayo de 2018

El triunfo de los chilaquiles.




Tal vez es su sencillez, tal vez la creatividad que se puede aplicar a ellos, pero el éxito de los chilaquiles esta de manifiesto no solo en restaurantes, fondas y cafeterías, cada día hay más puestos en las esquinas que ofrecen el delicioso y chilango desayuno, que comienza a competir con los tamales y las tortas de tamal durante décadas el rey del desayuno godín y de parte de la escenografía matutina de la ciudad. Los tamales afuera de las oficinas de gobierno, privadas, de las estaciones del metro y de las terminales de transporte público. En las esquinas de unidades habitacionales las tamaleras de aluminio, la enorme bolsa de bolilllos y las ollas con atole de arroz, chocolate, prometían al chilango un sustancioso desayuno de masa envuelta de maíz en pan, que es masa de trigo, disuelto en una bebida de masa de maíz que asegura la construcción de un bloque sólido en el estómago del comensal que le asegura un estado de plenitud y satisfacción por las próximas dos o tres semanas en lo que los jugos gástricos logran disolver esa poderosa mezcla.
La delicia de una torta de tamal es superada únicamente por la delicia de una torta de chilaquiles. Masa de maíz envuelta en masa de trigo, de una manera diferente y más sustanciosa. La torta de chilaquiles como el plato mismo está lleno de variantes y posibilidades; frijoles refritos en una de las tapas, aguacate, crema, pollo, chorizo, cochinita pibil y una de mis favoritas una pechuga empanizada.
Los hay verdes, rojos, negros, rojo oscuro como el alma del chile morita que penetra la tortilla. Con epazote dicen los clásicos, pero que tal con cilantro o con orégano integrados en la salsa.
Claro que en los puestos de chilaquiles como en los de tamales queda la opción de ordenar los chilaquiles solos. Pero la torta pretende convertirlos en un desayuno completo, aunque aún no descubro un puesto callejero en el que los ofrezcan con huevos.
Aunque hay un lugar donde si les ponen huevo revuelto. La fiebre por los chilaquiles llegó a la competencia de Starbucks, el mexicanísimo Cielito Café ofrece un envuelto de chilaquiles que además de los chilaquiles incluye huevo revuelto. Hay que decir que es una gran innovación en la oferta de los panecitos y croissants que son más caros pero iguales que los cuernitos de jamón y queso amarillo que venden en el Oxxo.
En los restaurantes ofrecen diferentes variantes. Por ejemplo, en Don Manolito van acompañados con la mezcla de carnes de un delicioso taco del Villamelón, y en una pizzería tan ecléctica como El Perro Negro existe una pizza de chilaquiles.
Lo único que debe tener un plato de chilaquiles que se respete es que los totopos deben haber hervido con la salsa, nada de esas aberraciones que tienen por costumbre los restaurantes de servir totopos bañados con salsa para que el chilaquil tenga un crujiente que es característico de los nachos o de los doritos no de los chilaquiles.
Los chilaquiles platillo de crudos y tragones dispuestos a comer quien sabe cuantas tortillas recortadas y en el mejor de los casos sin batirse, porque entonces la cantidad de tortillas puede ser monstruosa van conquistando las esquinas de la Ciudad y con ello se democratizan y pierden ese estigma de alivio matutino de una noche desenfrenada en el consumo de alcohol cuando menos.


Armando Enríquez Vázquez

sábado, 3 de marzo de 2018

Pan y café en Iztacalco.



Por razones que no vienen al caso en esta ocasión hace unas semanas tuve que pasar parte de la mañana del domingo en una zona de la Ciudad que es para mi totalmente desconocida, la Delegación Iztacalco, próxima alcaldía con el mismo nombre, en específico en la zona de las colonias Reforma Iztaccihuatl Norte y Sur, en los límites de la Delegación con la Delegación Benito Juárez.
Siempre me ha resultado interesante y enigmático como una calle, en especial una avenida puede marcar una diferencia entre dos zonas de la misma colonia, o de dos colonias, siempre hay una que se ve y esta mucho mejor que la otra. Así sucede con la avenida Andrés Molina Enríquez al dividir la colonia Reforma Iztaccihuatl en Norte y Sur. La parte norte se ve mejor en todo que la sur.
Incluso a una cuadra de Andrés Molina Enríquez a la altura de playa Erizo, hay un parquecito lleno de aparatos para hacer ejercicio, resbaladillas, mesitas, columpios y bancas para los visitantes. El parque lleva el nombre de Mariano Matamoros quien no se sí gustaba de vacacionar en algún lugar llamado Playa Erizo, o porque la calle lleva un nombre tan sugestivo, pues a sólo un par de cuadras al sur en la colonia del otro lado de la avenida se encuentra al menos uno de esos altares que se conocen como punto de venta para los narcomenudistas. Mientras que al centro del Parque Mariano Matamoros se encuentra una moderna central policíaca de tamaño ideal para dar servicio a la colonia y con una mucho mejor estética y comodidad para los policías que las horribles torres blancas que abundan por toda la Ciudad y muchas veces únicamente sirven de refugio y escusado para los indigentes de la metrópoli.
Pero más allá de la comparación clasista y racista, una vez que llegué al parque Matamoros me senté en una banca resignado a mi espera, la gente llegaba al parque en esa costumbre tan millenial de pasear, entrenar y platicar con sus perros. Perros de todas las razas que delata quienes viven en departamento y quienes en casa. Perros que con cansancio miran a sus entusiastas y solos dueños.
Pero también había un par de niños que jugaban en la gran cantidad de juegos. Como si en esa zona de la Delegación Iztacalco, existieran más juegos y perros por metro cuadrado que niños.
De pronto apareció una persona con la clásica bolsa café de papel estraza que delata la presencia de una panadería, así que me levanté de la banca y reinicié mi andar en dirección contraria al caminar del hombre de la bolsa de papel estraza. No estaba equivocado y al llegar a la esquina del Parque Mariano Matamoros vi en contra esquina una pared blanca que anunciaba en discretas letras “Panadería Garage”, las mesitas improvisadas y sillas de tijera de metal pintadas de blanco, como la fachada del negocio, delataban la venta de café, así que ya sin importar el asunto del pan me encaminé a la panadería con la mira en tomar café y concluir la espera en una de esas mesitas sobre la acera de la Playa Erizo. La panadería como su nombre lo dice ocupa lo que alguna vez fue el estacionamiento del pequeño edificio en el que se ubica y la puerta de la cocina a la acera es la puerta autentica de un garaje modificada, al interior de la panadería que exhibe sus creaciones de panadería dulce en estantes que dan a las ventanas, también hay mesitas con sillas, lo que significa que el lugar goza de cierta fama, o al menos eso esperan los dueños, pero por ser domingo en la mañana los clientes que entraron a comprar pan y se fueron, el único sentado tomando café era yo.
La sorpresa fue no sólo encontrar un café bastante decente, si no un extraordinario pan artesanal, una enorme galleta cuadrada cubierta de almendra fileteada y un pequeño, pero sustancioso, cuernito relleno de higo acompañaron mi café y mi lectura.
Además del ir y venir dominical de la gente en una colonia popular, la cantidad de árboles en la zona a diferencia de la enorme paca de asfalto y cemento de la colonia “de enfrente” llenaba el aire con el canto de diferentes aves, desde el espectacular canto del zanate al agudo piar de los gorriones y otros cantos que me resultaron desconocidos pero que eran claros y sonoros.



El hecho de que fuera domingo por la mañana anuló la posibilidad del grito del vendedor de gas, la campana de la basura, el motor de los camiones de reparto y los claxonazos de todos aquellos que saliendo tarde de casa pretenden llegar temprano a su trabajo, como si en lugar de un auto tuvieran un helicóptero.
La calidad del pan y la banda sonora que acompañó mi lectura me invitan a regresar un día a la calle de Playa Erizo y a la Panaderia Garage.


Armando Enríquez Vázquez

lunes, 19 de febrero de 2018

La Ciudad de mis (temblo)amores.




Desde la infancia me hicieron y tal vez a todos los niños de mi generación en los años sesenta y setenta consciente de la sismicidad de la Ciudad de México. Los libros de geografía nos enseñaban que el Eje Neovolcánico es una de las zonas más sísmicas del continente americano y en el se encuentra la Ciudad de México. También aprendimos que en la capital del país tiembla decenas de veces en un día y que estos microsismos son una de las características de la ciudad. En otro de los libros de lecturas de la SEP de la primaria existía una lectura sobre el terremoto de 1957. Durante mi infancia y adolescencia la imagen mental de la victoria alada que simboliza a la capital del país cayendo como una plomada desde la parte superior de la columna de la Independencia vivó en mi mente y junto a la crónica o relato de lo sucedido la madrugada del 28 de julio de 1957 imaginaba de una manera meramente literaria la tragedia que esa madrugada acaeció en el entonces Distrito Federal.
Muchos años después ví una fotografía de la cabeza de monumento chilango aplastada contra el asfalto de Paseo de la Reforma.
En casa, mi madre nos enseño a mis hermanos y a mí a no temerle a los temblores, los temblores como la lluvia son un fenómeno natural, de mayor magnitud y más cercano a un catastrófico huracán categoría 5 habría que aclarar, pero un fenómeno natural.
En 1979 un terremoto madrugador acabó con la Universidad Iberoamericana en su campus original de la colonia Campestre Churubusco. Corrió en esos días la leyenda urbana del niño monstruo de Acapulco. Un niño realmente horrible, nadie sabe como y esa era parte del encanto de la historia que dejaba a los demonios e interpretación personal la representación de este fenómeno, nació en Acapulco. Al verlo el médico aterrado alcanzo a decir que niño tan feo. A lo que el bebé antes que llorar contestó al doctor: “Feo lo que va a pasar ahora”. Esas fueron las primeras y últimas palabras del infante que en ese momento murió y comenzó ese terrible terremoto de 1979.
Pero fue seis años después cuando una gran parte de mexicanos nacidos después del 57 o un poco antes nos enfrentamos por primera vez a una verdadera tragedia.
El terremoto del 19 de septiembre de 1985 nos demostró la fragilidad de la capital mexicana que, durante las décadas de crecimiento en los cincuenta, sesenta y setenta también encubrió a constructores y autoridades corruptas. Miles de mexicanos, nunca sabremos cuantos, murieron a causa de edificios mal construidos y de un nulo protocolo de prevención para sismos. Las escenas de la improvisación llegaron a tal grado de ridículo, que un parque de beisbol cuyo campo fue rociado de toneladas de hielo sirvió de morgue para depositar miles de cuerpos. O las listas de personas desconocidas, miembros y bolsas de vísceras que estaba pegada en los tableros de información de la Delegación Cuauhtémoc semanas después del sismo.
Los que vivimos es sismo de 1985, aprendimos de la peor manera lo peligroso que es un terremoto y escuchamos las mil formas de salvar la vida, cuando la realidad y el destino son incuestionables y despiadados.
A partir de la tragedia de 1985, el protocolo de prevención creció y gracias a los investigadores de la UNAM se crearon las primeras alarmas sísmicas que se colocaron en las costas de Guerrero y hoy existen también en la costa de Oaxaca. Antes de las alarmas y su angustiante sonido, los temblores de cualquier tipo nos pescaban totalmente desprevenidos, de pronto se movía la tierra y sanseacabó, con la alarma sísmica existe un preámbulo al temblor que se convierte para muchos en una especie de tortura que desemboca en el terror que les genera el que la tierra se mueva.
La alarma sísmica es una agonía para muchos, una tortura conspiracional para otros que insisten que el gobierno pretende matarlos en la angustiosa espera de que la tierra se mueva. Lo cierto es que la creación e implementación de la alarma nos ha permitido no sólo angustiarnos más, sino salir en calzones de manera más rápida a la calle y conocer a vecinos con los que bajo otras circunstancias jamás hubiéramos cruzado palabra.
Tras el pasado terremoto del viernes 16 de febrero de 2018, algunas redes sociales mostraron una foto de amantes afuera de un hotel de paso de la ciudad, las mujeres ocultando el rostro, pero las ropas interiores puestas con las prisas de un coito interruptus por alarma sísmica dejaban ver que cualquier pasión muere con el sonido rítmico y agudo de la advertencia.
En broma y en serio muchos habitantes de la Ciudad de México piden que se cambie el sonido de la alarma como si esto fuera a cambiar la angustia que siente en cuanto escuchan el sonido que advierta la llegada de un movimiento telúrico. Hay quienes piden tres tonos de alarma diferente, una para temblores, otro para terremotos y uno que indique el fin del mundo.
Hace poco caminando por las calles del centro me topé con la bella construcción de la casa de los condes de Heras, que alberga el archivo histórico de la Ciudad de México y para mi sorpresa a la entrada de la casona colonial se encuentra la cabeza destrozada de la victoria alada, a la que los chilangos llamamos equivocadamente “Ángel”, memoria del terremoto del 57 y recordatorio de que la ciudad es una donde los temblores son el pan nuestro de cada día, como la lluvia y el tráfico infernal.




Armando Enríquez Vázquez

jueves, 15 de febrero de 2018

Dulces de la infancia chilanga sesentera.



En las casas de algunas tías postizas existían bomboneras de cristal cortado, ese cursi material que acostumbraba remarcar el mal gusto de la clase media mexicana, llenas de los dulces de Laposse.
La pastilla perfectamente redonda y solida de dulce, algún color que podríamos atribuir también a una canica; tenue y transparente; amarillo, rojo, azul o aqua. También, uno totalmente transparente. Al centro, en teoría, una pasita; característica principal de todos ellos y de la marca.
Durante la infancia esa pasa inmersa en el caramelo, cual una mosca atrapada en ámbar, me causaba cierta repulsión, superada con los años, descubrí que liberar la pasa con la lengua al consumir el caramelo se convertía no sólo en una recompensa, si no el propósito principal del dulce, cuyo sabor de cierta forma resulta poco atractivo, y hasta secundario en el consumo de la golosina. En un país donde los caramelos y golosinas tienen sabores intensos y que resultan agresivos en otras latitudes, el dulce de Laposse es inocuo.
Hoy esos caramelos siguen existiendo y muchas veces al encontrármelos me regresan cuarenta y tantos años a otros tiempos qué si no eran más sencillos, eran más simples, como su sabor.
Eugenio Sue fue un afamado escritor y mucho menos afamado cirujano, pero su mención siempre me lleva a otro médico: El doctor Urquiza, pediatra de la familia, cuyo consultorio se encontraba en calle que lleva el nombre del francés y a otro dulce inocuo pero cuyo sabor aun despierta la memoria de mis papilas gustativas. Las paletitas de anís de Larín. Esa era la recompensa que el buen doctor daba a sus pacientes tras la consulta que iba acompañada de una vacuna.
Las paletitas eran pequeñas, de color transparente y con una envoltura roja con diferentes figuritas en negro, si mal no recuerdo un gato arqueado entre ellas. Con el tiempo y la desaparición de Larín, las paletas de anís desaparecieron de las tiendas y tal vez de la memoria de muchos.
Los Tín Larín, chocolate emblemático de la marca es hoy producido por Nestlé.
Para los niños mexicanos, al menos desde que tengo uso de razón la combinación entre el chile y el azúcar es condición primordial para una buena golosina y si además tiene algún tipo de acidez la combinación es perfecta. De ahí que los niños mexicanos desarrollen una gastritis crónica a los 12 años lo que produce una evolución en las células de las paredes estomacales que las convierte en una especie de recubrimiento metálico que blinda al mexicano de cualquier problema estomacal por el resto de su vida.
De los Miguelitos en polvo, a los líquidos, pasando por chabacanos rojos, otros en una espesa pasta de chile y aquellos que de tanta sal han perdido hasta el hueso y hacen que las momias de Guanajuato parezcan frescas doncellas universitarias, en los años sesenta y principio de los setentas los niños ya disfrutábamos de todas estas golosinas deliciosamente tóxicas.
Pulpa de tamarindo con chile en unas graciosas ollitas de barro que uno vaciaba del dulce cual oso hormiguero en un termitero, con la lengua recorriendo todos los rinconcitos internos de la olla con la punta de la lengua.
Otros dulces que sobreviven y son de los favoritos y marcan la vida de un niño mexicano son aquellos que se elaboran con el mexicanísimo y versátil cacahuate; la palanqueta, popular golosina que durante años se vendía envuelta como un chocolate, en envoltura plástica y al interior de papel encerado para que con la melaza no te quedaran los dedos pegajosos. Hace mucho que este tipo de palanqueta desapareció para que las palanquetas quedaran solamente como dulces artesanales.
Los mazapanes que a falta de almendra y exceso de cacahuate se producen en México con esta semilla y que desde que tengo memoria existen en dos marcas: Cerezo y De la Rosa.
Y los infaltables cacahuates japoneses con su camisa dura de harina con soya y algunas veces un poco de picante, ahora también de limón y que en la adolescencia se vuelven centro de la experimentación al agregarle salsas picantes, jugo de limón, chamoy líquido, churritos y lo que se les ocurra a los chicos de hoy.
En los años sesenta o principios de los setenta surgieron también otros dos corrosivos polvitos que eran dignos de ingerir. Salim y Chilim, venían un sobrecito metálico y plastificado. Uno era una combinación de limón y sal capaz de producir en su acidez que uno mantuviera los ojos cerrados de manera involuntaria por cerca de cinco horas y mis riñones aun no terminan de procesar tanta sal y el otro incluía además chile lo que lo hacía un tratamiento alternativo a la cirugía de úlceras pues las cauterizaba al momento del contacto con las paredes del estómago.
En esa misma exageración existía un chocolate llamado Postre, con una muy poco atractiva envoltura verde olivo, que tenía relleno de chocolate suave, frutas cristalizadas, pasas y una cantidad de alcohol necesaria para despertar al gene responsable del alcoholismo en cualquier niño que lo probara.
Algo similar sucedía con todas las marcas y presentaciones de cerezas en chocolate, las frutas deben haber permanecido décadas absorbiendo cualquiera que fuera aquel licor, porque en nada sabían a cereza y la azúcar del chocolate únicamente ayudaba a que el sopor producido por el alcohol lo llevara a uno como niño a un estado de duermevela que sólo hasta muchos años después comprendí que era el inició de la embriaguez.
Después habrían de llegar los dulces combinados con ingredientes efervescentes que hacía que toda una fiesta de niños pareciera la sala de emergencia de un hospital con críos llenos de espuma en la boca. Los duces Selz y las Burbusodas, que además eran picantes por lo que la espuma rojiza hacía sin duda más dramática la escena.
La llegada del Tratado de Libre Comercio acabó con muchas de estas empresas y con sabores que a muchos nos remiten a la infancia.




Armando Enríquez Vázquez

lunes, 23 de octubre de 2017

El taco que sale de una canasta.



Ahora resulta que el taco de canasta que encontramos en casi todas las esquinas de la Ciudad de México viene y tiene su cuna en el estado de Tlaxcala. No conformes con ayudar a los enemigos a destruir Tenochtitlan, los tlaxcaltecas ahora están decididos a mostrarse como los padres del taco de canasta y surtidores de todos y cada uno de los millones de tacos de canasta que devoramos a tarascadas los chilangos todos los días, algo muy cuestionable. A pesar de que varios medios de comunicación en los últimos años se han vuelto eco de esta leyenda urbana, yo tengo mis dudas.
Y antes de enumerar mis razones para dudar de esta afirmación muy aventurada hablemos del taco de canasta. El que llamamos taco de canasta en su humilde origen era conocido como taco sudado, mucho porque los tacos mantienen la humedad de la tortilla gracias al aceite ardiendo que se les pone al momento de ponerlos en la canasta, otro poco por ir envueltos en trapos como gordo en sauna. Los guisos con los que puede ir relleno son por lo general salsa de chicharrón, adobo, mole verde, o sencillamente papa, amanera de pure o simplemente aplastada, y frijoles refritos. Van acompañados por una salsa verde con aguacate que no guacamole o por chiles encurtidos. Algo que los tlaxcaltecas niegan, ellos en su leyenda prefieren añadir la historia de una salsa, por lo general horrenda, hecha a partir de tomates verdes y chiles hervidos, a los que añaden cebolla y cilantro crudos. En más de una ocasión he notado en esa salsa el dejo de vinagre de chiles encurtidos, con las consiguientes agruras.
Ahora sí las razones que me hacen dudar de esta historia.
Primero, aunque todo el estado de Tlaxcala se dedicara a hacer tacos de canasta no se darían abasto para alimentar a los 23 millones de habitantes de la zona metropolitana. Una cosa es que el pueblo de San Vicente Xiloxochitla se dedique a hacer tacos de canasta al por mayor y otra que todos los tacos de canasta de los que nos alimentamos en la Ciudad de México provengan de una población que tiene apenas 2,500 habitantes. Otra versión de la historia atribuye el origen de los tacos al alcalde de Nativitas Tlaxcala, municipio donde se encuentra el pueblo de San Vicente. Lo que permite aumentar el número de manos en la fabricación de los tacos al menos en 20,000 personas. Como tampoco creo en todo el diminuto estado de Tlaxcala se produzcan a diario el número de tortillas necesarias para alimentar con tacos de canasta a capitalinos y chilangos, por más que el nombre del estado signifique Lugar del pan de maíz o sea de la tortilla. Ya ni hablar de los ingredientes para los guisados que rellenan las tortillas con aceite.
Dos. ¿Dónde se encuentran las fuentes históricas que nos demuestren que el envolver los tacos en papel o en trapos para mantenerlos calientes sea un descubrimiento tlaxcalteca? Los mineros zacatecanos, desde tiempos de la colonia, también bajaban su almuerzo en canastas y los guisos iban envueltos en tortillas y trapos para mantener el mayor tiempo posible la temperatura. Tal vez, y no tengo manera de comprobarlo a los tlaxcaltecas se les ocurrió añadir el aceite hirviendo como un elemento más que ayudara a mantener los tacos calientitos y ya de paso las capas de cebollas.
Tres. Lo cierto es que sí los tacos vinieran todos los días desde Tlaxcala llegarían fríos a Santa Fe, a Reforma, a Polanco. Por más rápida que pueda ser una camioneta que está obligada a cruzar Río Frío y un par de horas para atravesar de los Reyes la Paz a Viaducto Miguel Alemán. No hay manera que llegaran calientes a su destino. Esa simple hipótesis ya destruye el mito del origen omnipresente tlaxcalteca.
Cuatro. De acuerdo con las notas esta tradición tlaxcalteca data de los años cuarenta, y surgió de la necesidad de los habitantes de San Vicente Xiloxochitla o de Nativitas en general. Existen marcas como Canastakis establecidas en la Colonia Del Valle desde hace más de 46 años y recuerdo que se anunciaban en televisión cuando surgieron allá por los años setenta. Dudo, sin querer ofender a los tlaxcaltecas que los tacos de Canastakis vengan de San Vicente.
Así como Canastakis, hay otro gran local de tacos de canasta, se trata de Tacos Joven en Narvarte, sin lugar a duda los mejores tacos de canasta de todo México, no hay manera que estos grasientos y encebollados tacos y la insuperable la salsa de morita con chicharrón para acompañarlos cuyas canastas llegan una tras otra reponiendo a la que se acaba, vengan con tanta oportunidad desde Tlaxacala. Estos tacos difícilmente pueden ser superados, su mejor competidor se encuentra en la calle de Madero casi llegando al Zócalo. La fila de personas que espera comerse un taco de Los Especiales invade por varios metros la calle-andador del Centro Histórico de la Ciudad de México. Ahí se ha perdido la tradición de la canasta de artesanal, que ha sido sustituida por una canasta metálica que asemeja al cazo que se utiliza para las carnitas. Pero una de las evidencias más contundentes es que Abel Quezada, el gran caricaturista y artista gráfico, ya dibujaba a finales de los años cincuenta taqueros con sus canastas rodeadas de moscas y comensales a su alrededor. De la canasta sobresale el típico trapo que envuelve a los tacos. No hay manera de que un producto que humildemente se tenía primero que posicionar en Tlaxaca, llegara a ser tan popular en la Ciudad de México en menos de diez años, como para formar parte de la escena urbana de una caricatura de Quezada.
Otra cosa que también dudo es lo supuestamente tradicional de la salsa verde vaciada en un enorme frasco de mayonesa que pende de las bicicletas que venden los tacos de canasta, durante años los tacos de canasta se acompañaban de chiles encurtidos, como aún se encuentran las salseras de Canastakis, Pase Joven y Los Especiales, vale la pena resaltar que estos encurtidos son realmente excepcionales en el último establecimiento. La otra salsa clásica para el taco de canasta es la salsa verde con aguacate. Incluso recuerdo que lustros atrás a través del vidrio de los frascos se podía observar algunos trozos de la fruta suspendidos en la mezcla. Y como mencioné unos renglones antes la salsa de morita con chicharrón única del Villamelón y de Pase Joven, hace que estos últimos se destaquen en la oferta del taco de canasta.
El plástico azul, tampoco puede venir desde los años cuarenta. Creo que los tlaxcaltecas hacen un simpático esfuerzo por atribuirse la paternidad de esta delicia urbana. Pero creo que falta seriedad en la aseveración. El taco de canasta, aun si fuera de origen tlaxcalteca, admitiendo el dicho, sin conceder, es básicamente un producto que consumimos los ciudadanos de la capital.

Armando Enríquez Vázquez

viernes, 14 de julio de 2017

Pequeño breviario del transporte público y concesionado de la Ciudad de México.




Pensar en todos los diferentes tipos de transportes que recorren la ciudad de México llevando diariamente de un lado a otro a personas por una módica, o no tanto, suma de dinero, me ha llevado a enumerarlos no de la manera oficial y ortodoxa, si no de la manera coloquial en la que chilangos y anexos preferimos nombrarlos a partir de la experiencia y de sentir ciudadano lastimado y herido por este tipo de medios que utilizamos para movernos. El orden no es alfabético, como tampoco por importancia, es tan aleatorio como la frecuencia en la logística de la gran mayoría de ellos.  
Pesera: Extinto transporte público en el que usuario pagaba un peso por transportarse de un lugar a otro. Hoy utilizado por aquellos que vivieron los idílicos tiempos en que se amarraban a los perros con longaniza.
Pecera: Actual transporte público fabricado hace por lo menos tres décadas, lleno de vidrios para que los automovilistas que van en las cercanías a estos vehículos puedan observar con claridad el sufrimiento de los usuarios retacados al interior del vehículo y ocasionalmente un asalto o a un flasher o ambas cosas.
Pecerdo: Dícese de todo aquel que conduce unidades de transporte público concesionado y que tiene como hábito de vida el transportar pasajeros como si fueran recuas, sin respetar señales de tráfico, carriles asignados o los oídos de los usuarios.
Pecerda: Por extensión el vehículo que conducen estos neandertales o imbéciles profundos a los que por alguna misteriosa e inexplicable razón las autoridades de la Ciudad de México y el Estado de México les han dado licencias para conducir. Por lo general es también una desgracia en la limpieza interior del vehículo.
Ruletero: Arcaísmo que se utilizaba para designar a los taxis y que pudiera ser utilizado aún en nuestros días, pues subirse a un taxi en ciertas zonas es jugarse la vida en una especie de ruleta rusa donde uno puede ser asaltado, violado, asesinado o simplemente contraer algún tipo de infección cutánea mortal debido al pésimo estado higiénico que tienen casi todas las unidades.
Chimuerto: Antiquísimo camión o pecera cuya circulación ha sido prohibida por las autoridades de la Ciudad de México y aprobada por las del Estado de México, donde la muerte se manifiesta en diferentes formas: tétanos causado por los oxidados fierros que conforman tubos y asientos y en muchos lugares son considerados armas blanca, también materializada en el conductor de la unidad que por lo general es un ser de ultratumba cuya misión es llevarse a la almas de este a otros mundos no necesariamente mejores, o por los asaltantes y violadores coludidos con choferes y autoridades para robar a diestra y siniestra a pasajeros.
Taximiento: Aparato utilizado por los taxis aprobado y calibrado por las autoridades para cobrar a los usuarios, funciona y marca tarifas diferente según el taxi, el taxista y el pasajero.
Taxi de sitio: Automóvil cuyo taximiento funciona con la misma arbitrariedad que el taxi de la calle, pero que está autorizado a cobrar mucho más por el mismo servicio, únicamente por el hecho de hacer fila para estafar al pasaje.
Cajita Feliz: Llamase a los últimos vagones del metro a ciertas horas y en ciertas líneas donde diferentes grupos de la sociedad se dan cita para tocarse y tener algún tipo de encuentros sexuales.
Cocodrilos, Delfines y Ballenas: Antiguos transportes públicos que hacían referencia a la riqueza de fauna que los chilangos esperaban exterminar en todo el territorio nacional y anticipaban la llegada de Cyborgs, Replicantes y Monster Trucks al mundo.
La limusina anaranjada: Enorme vehículo de color naranja que corre sobre rieles y bajo tierra en la mayoría de las estaciones y se conoce también como Metro.
Hasta aquí por el momento.

Armando Enriquez Vázquez

lunes, 3 de julio de 2017

Melchor Ocampo perdido en el Circuito Interior.



Mis abuelos vivían en Anzures, en la calle de Michelet, en Anzures. Al final de la calle hay una especie de cuchilla truncada, donde la calle se une a una avenida en desnivel que se llama Darwin y paralela a la antigua Melchor Ocampo, la calle de Thiers es la otra calle de esta cuchilla, y como hoy, era la que bajaba conectando Anzures, con la colonia Cuauhtémoc y al cruzar Melchor Ocampo se convierte en Río Mississippi.
El llamado progreso acabó con Melchor Ocampo y su enorme camellón, que tenía escalinatas para subir de la Colonia Cuauhtémoc a Anzures, lo convirtió en una enorme vía sin semáforos a la que llamamos Circuito Interior, el arbolado y verde camellón dio paso al gris concreto que tanto gusta a los grises burócratas y mandatarios de la Ciudad de México y del entonces Distrito Federal, como si el color de sus ideas tuviera algo que ver con el de una ciudad habitable.
A finales de los años sesenta, muchos fines de semana los pasaba en casa de mis abuelos. Recuerdo que cuando el hombre llegó a la Luna lo vimos en un extraño mueble que mis abuelos tenían en la sala en el que se encontraban juntos el televisor blanco y negro de bulbos, el tocadiscos y el radio. También, recuerdo: enormes latas de Chilorio con una etiqueta azul cielo y un enorme cerdo, cajitas de madera con papeles brillantes de colores que guardaban cajeta con nueces que le regalaban a mi abuelo y recuerdo paseos matutinos, con mi abuelo, que iniciaban saliendo por la puerta de la casa, caminábamos media cuadra llegábamos a Darwin y caminábamos hasta Mariano Escobedo, donde hoy se encuentra el Hotel Camino Real. Abajo, del otro lado de Melchor Ocampo, iniciaba el camino de unas cuantas cuadras que llegaba a Paseo de la Reforma y al Cine Diana.
En aquellos días Paseo de la Reforma era una avenida donde se encontraban imponentes cines, recuerdos de las décadas de los cuarentas y cincuentas del siglo XX que hoy son solo memoria de algunos cuantos: El Chapultepec, donde se encuentra la Torre Mayor, El Diana hoy convertido en esas multisalas que huelen a palomitas y desinfectante que se diseñan a partir de cajas de zapatos, El Latino moderno en sus días, con su enorme pantalla y una alfombra azul que descendía como ladera y en la que los infantes se rodaban previo a la función. El Roble, que a sin hacer honor a su nombre quedo dañado por el hachazo del temblor de 1985 y que hoy se ha convertido en la sede del senado de la nación.
Pero abajo donde Thiers se convierte en Mississippi, había tiendas y negocios que desaparecieron con la llegada del Circuito Interior, sólo un antro de mala muerte sobrevivió un par de décadas y una tienda de piñatas que despliega la gran variedad de diseños y personajes convertidos en figuras de papel y cartón que los niños se encargan de destrozar a punta de garrotazos.  
Pero mi recuerdo más borroso tiene que ver con ese enorme camellón con escalinatas que desapareció. La infalible acción de aquellos gobiernos del PRI encargados de borrar la memoria de la ciudad en aras de nombres idiotas y tecnócratas, Periférico, Viaducto, Circuito Interior, han intentado siempre de volver impersonal a la gloriosa Ciudad de México. Tal vez los habitantes de Río Guadalquivir, no sepan con exactitud donde se encuentra, la vía fluvial que da origen al nombre de la calle, ni que provincias cruza el cauce del río, pero al dar su dirección la darán con mayor gusto que aquel que se limita a Norte 25 número 345 interior 7, quien sin duda se debe sentir totalmente despersonalizado y debe estar buscando la oportunidad como el jugador de futbol americano de los Bengalíes de Cincinnati cambiar su nombre por el de Ochocinco.
Así gracias a grúas, Bulldozer, aplanadoras y una capa de asfalto Melchor Ocampo dejó de ser el nombre de aquella calle para convertirse en desangelado Circuito Interior, poco después en aras de cerrar ese circuito la calle de José Vasconcelos también sucumbió al genérico Circuito Interior, al desaparecer una calle por amplia que sea pero que tiene características para el transitar de seres humanos, desaparecen comercios sustituidos por el negro humo que es expedido por los camiones que nunca han sido regulados y siempre han servido para que el mito de la contaminación en la capital de la república no lo sea. Por veloces y destartalados transportes colectivos concesionados que atropellan a peatones y los derechos humanos de aquellos que por necesidad o masoquismo se transportan en ellos.  
Río Mississippi recibe hoy un cauce de automóviles que muchas veces la convierte en imposible de cruzar y en otros momentos cuando el número de vehículos supera las posibilidades lógicas de circular a cualquier velocidad, se transforma en un rio congelado que los peatones cruzamos hasta en cámara lento o paso de gallo-gallina, seguros que habremos de llegar sin peligro a la otra acera.
Existen muchas cosas de la geografía de Melchor Ocampo y detalles que no recuerdo, solo sé qué como en los tiempos actuales, en los años setenta, primero se pensaba en el concreto que en las áreas verdes.
Quedaron calles con nombre de hombres menos importantes en la memoria colectiva de la historia oficial de México, como Protasio Tagle o Vito Alesio Robles, pero Melchor Ocampo perdido o mejor dicho sepultado por el concreto hidráulico de una modernidad sin sentido, ni dignidad, ha perdido aquella magnifica avenida, su camellón y la oportunidad de ser parte de la Guía Roji de nuestra cotidianidad.

Armando Enríquez Vázquez