viernes, 9 de septiembre de 2016

El deslumbrante fulgor de una bombilla de 60 watts.

   


Cuando era niño el mercado de Santa Julia era una especie de tierra prometida. Todos aquellos fines de semana que me quedaba a dormir junto con alguno de mis hermanos en la casa de mis abuelos, implicaban un domingo lleno de rituales que en algún momento de la mañana incluía la visita al mercado de Santa Julia.
Esto sucedió durante los años finales de la década de 1960 y los primeros de los años setenta del siglo pasado. Mis abuelos vivían en la colonia Anzures, por aquellos días no existía aún el circuito interior; la avenida Melchor Ocampo de amplios carriles con un enorme camellón en desnivel ocupaba su lugar. El camellón tenía escaleras para acabar con la diferencia de alturas que separaba la colonia Cuauhtémoc de Anzures. Tampoco existían los ejes viales Thiers y Mississippi eran grandes avenidas y lo mismo sucedía con Revolución y Patriotismo que tenían flujo en ambos sentidos y servían para llegar de nuestra casa en la Colonia Nápoles a la casa de los abuelos.
El ritual dominical, iniciaba ya fuera con una caminata que dábamos con mi abuelo, para ponernos a la altura de él nos poníamos uno de sus sombreros de fieltro, por las calles de Anzures desde Michelet, donde vivían mis abuelos, hasta Mariano Escobedo donde está el hotel Camino Real y de regreso, o con un paseo en caballo en el cercano zoológico de Chapultepec. Las rejas verdes abiertas con globeros que parecían custodiarlas y al entrar la calzada principal que ostentaba cacatúas y diferentes pericos y loros de vistosos plumajes a los cuales no encerraba jaula alguna, imagino deben haber estado encadenados a los enormes aros metálicos que como farolas decoraban ambos extremos de la calzada hasta llegar a las taquillas donde mi abuelo nos rentaba caballos en los cuales en un principio se recorría el interior del parque, de pronto un día los caballos ya no podían ir por el interior del parque y entonces el recorrido era en el perímetro de las verde reja del zoológico, arriba de un jamelgo de paso cansado y con una cuerda que llegaba a la mano de un hombre que paso aún más cansino, jalaba supuestamente al animal se recorría de memoria los andadores del zoológico, al tiempo que me sentía el Llanero Solitario del programa de televisión, a pesar de que caballo que montaba semana a semana no se parecía a Plata, ni en el tipo de corcel y mucho menos en el pelaje,  alcanzaba a ver a uno que otro de los habitantes del Chapultepec. Aquel animal era pinto con manchas cafés y blancas, y Pinto se llamaba el caballo que aquellos domingos montaba en el zoológico, como a mi abuelo le gustaba llegar recién abierto el parque, casi nunca había problema en montar a ese mismo caballo. Por lo general el paseo a Chapultepec terminaba cuando antes de subir al auto del abuelo este nos compraba uno de esos globos, entonces muy sencillos, decorados con líneas gruesas de tinta o puntos, los más elaborados portaban el logo de Batman, que custodiaban la entrada del Zoológico.
Después había que llevar a mi abuela a la iglesia a misa. La iglesia aún está en la calle de Río Po, antes de llegar a la Iglesia, mi abuelo estacionaba su carro frente al mismo puesto de periódico donde compraba el periódico, el encargado de puesto lo vía llegar y ya tenía el periódico de mi abuelo, que no se tenía ni que bajar del auto; él leía Novedades, mientras que en casa mi padre leía El Excélsior. Lo que sí variaba era lo mi abuelo nos compraba y el hombre aquel espera un momento a la puerta del carro en lo que decidíamos que comics de editorial novero íbamos a querer; El inspector ardilla, Lorenzo y Pepita, Periquita, La pequeña Lulú, El pájaro loco y Andi Panda, eran nuestras lecturas favoritas de los domingos por la mañana. El hombre tomaba el pedido y regresaba con las historietas.
Ya con el material de lectura nos dirigíamos a la iglesia. Mi abuela entraba a escuchar la misa, cubierta de mantilla, mientras mi abuelo y nosotros permanecíamos en el carro leyendo. Rara, muy rara vez entrabamos en la Iglesia.
El Novedades me gustaba por su sección infantil llamada; Mi periodiquito. El Excélsior por su nota roja. Cierto día en la nota roja de El Excélsior apareció una foto de uno de los costados de la iglesia a la que íbamos los domingos a llevar a mi abuela, los ladrillos se veían oscuros. Un hombre se había suicidado al interior del templo rociándose gasolina y prendiéndose al más puro estilo bonzo. Eso explicaba la nota. Fue la primera vez que leí la palabra, cuyo significado no explicaba la nota, y me llamó la atención, no entendía que significaba y que relación tenía con un hombre que se había prendido fuego a sí mismo. Bonzo sonaba al payaso o a la serie de televisión Bonanza.  
Al siguiente domingo al ir a la iglesia bajé del auto con todo el morbo y la curiosidad, dizque a acompañar a mi abuela a misa, la celosía de ladrillos al costado de la fachada de la iglesia aun mostraba la marca negra que las llamas le habían impregnado y a la cual no podía dejar de mirar desde la banca. Esa fue la última vez que fuimos a aquella iglesia. Mi abuela optó por una que estaba en Polanco cerca del Parque Lincoln donde un nuevo elemento se unió al ritual dominguero, mientras mi abuela entraba a escuchar misa, nosotros engullíamos los tamales que una mujer mantenía en una olla de aluminio, para después “hacer la digestión” leyendo en el interior del carro de mi abuelo.
Tras la misa, regresábamos a la casa y mi abuela se bajaba del carro, para que nosotros, los nietos en compañía del abuelo, finalizáramos el ritual dominical con la visita al mercado de Santa Julia, motivo de ser desde mis ojos infantiles de esa serie de actos que marcaban el domingo. El Mercado era un lugar lleno de promesas y que se volvía una expectativa conforme avanzaba la semana.
Mi abuelo estacionaba el carro en esas calles de barrio bravo y peligroso encargándoselo a un hombre que buscaba como ganarse uno pesos para curar la cruda o mantener la briaga y al que nadie había designado aun con el eufemismo de franelero.
El mercado se dividía en dos alas, tal vez en dos edificios diferentes, uno era para los productos perecederos, a ese nunca íbamos. Jamás comimos absolutamente nada en el mercado, ni compramos fruta o verdura. Nosotros íbamos al edificio dedicado a productos de otro tipo; había zapatos, artículos de tlapalería, ropa y el destino de nuestra andanza por los pasillos oscuros iluminados por el brillo amarillento de focos, que imagino de poco watts por lo amarillo de la luz. La culminación de un domingo lleno de agasajos; los puestos de los juguetes. Bolsas con soldados de la guardia real inglesa de plástico y con las casacas pintadas en diferentes colores. Los clásicos luchadores congelados en la posición de brazos abiertos y las mascaras pintadas con los colores de los principales ídolos de los niños. Pelotas de hule espuma y raquetas de bádminton. Cochecitos de Matchbox. Juegos de antifaces del Llanero Solitario. Arcos de madera y flechas con punta de succión. Los puestos de juguetes parecían estar mejor iluminados que el resto del galerón de estrechos pasillos, incluso tenían un brillo interior, aunque en realidad estoy seguro de que no era así. Por unos minutos el mundo parecía concentrarse en ese pequeño local donde los juguetes se amontonaban.
Cada domingo salíamos del mercado de Santa Julia con un valioso cargamento en una sencilla bolsa de plástico, que llenaba de novedad la tarde el domingo y conforme pasaba la semana los soldaditos, luchadores y gallitos de bádminton se perdían en la oscuridad de un enorme cajón lleno de juguetes, que parecía no tener fin porque todos aquellos domingos mi abuelo nos compraba nuevos juguetes que con la avaricia de los niños aceptábamos.
Nunca he regresado al mercado de Santa Julia, no sé donde está, pero permanece en la geografía mítica de mi niñez como un lugar semi oscuro; la cueva del dragón que resguardaba un tesoro de plástico al que cada domingo con la ayuda de mi abuelo, le robábamos unos cuantos juguetes.

viernes, 1 de agosto de 2008

Examen admisión UNAM



Sábado de Ilusiones.

Armando Enríquez Vázquez

La cita fue el sábado 21 de junio a las ocho de la mañana en el Colegio Madrid. Cuadras antes de llegar, vendedores de lápices, gomas y sacapuntas para aquellos que olvidan lo imprescindible. Cientos de muchachos a pie, taxi, carro familiar, todos acompañados por un amigo o familiar, la mayoría escoltados por todos los miembros de la familia, van a presentar su examen de admisión para las prepas de la UNAM.
Llegando a la entrada del Colegio los chicos separados de sus padres por un mecate forman una fila. Los padres y familiares los acompañamos hasta que ingresan a la escuela.
Junto a nosotros un padre aconseja a su hija:
-¡No importa quién se siente junto a ti, no lo dejes copiar!
Más atrás una familia; papá, mamá, abuelos, hermanos y tal vez, primos, lanza porras a un chico, quién con una actitud fanfarrona parece encaminarse a un ring de box más que a un examen. Otra familia camina en silencio, cabizbaja cómo quién acompaña a un reo al patíbulo. Los muchachos entran al colegio, afuera los familiares y amigos se truenan los dedos, inmóviles ven a los muchachos perderse entre los demás aspirantes. Quieren creer que ése que acaba de entrar es el futuro Octavio Paz, Mario Molina, Julieta Fierro, o en su defecto el siguiente Mosh o Imaz iniciando su carrera. Cuándo los jóvenes son llevados a las aulas y se han extinguido los gritos de “¡Tú puedes campeón!”, Las miradas entusiastas, se tornan normales y el pecho henchido de orgullo recupera su forma de voluminoso abdomen; inicia la espera. Como soldados los familiares dan la media vuelta y se disponen a desayunar; unos suben a sus autos y se dirigen a restaurantes cercanos, otros se suben a los autos y destapan Tupperwares con sándwiches o fruta, la mayoría sólo tiene que caminar tres pasos para encontrarse con un verdadero mercado de alimentos; quesadillas, tacos, gorditas, tlacoyos, sopes, pambazos, tortas, café de olla, Nescafe, o para los exigentes un capuchino o frapuchino. Se arman sobremesas colectivas. Sentados en la acera hay quienes leen el periódico. En el interior de sus autos, otros prefieren dormir una siesta. Hay quién aprovecha para lavar su auto. Un gordo se sienta en la mitad de la calle en lo que pretende ser flor de loto, acompañado de un ridículo perrito, mientras su esposa le trae un gran pedazo de flan de los puestos aledaños.
Pasadas dos horas, la gente comienza a ponerse de pie, se acerca a la puerta por donde han de salir los muchachos. Expectantes los padres miramos al portón azul cerrado. Son poco más de la diez treinta cuando salen los primeros muchachos, casi al mismo tiempo llega un impuntual con su mamá, pretende que lo dejen entrar. A mi lado varios se quejan en voz baja; “No puede ser, porque no se levantó temprano como todos”. Otras voces lo apoyan. El muchacho se limita a sonreír bobaliconamente de cara a la multitud, mientras su madre discute con el guardia. Una espontánea corre a la puerta, cruzando los mecates llega hasta la puerta, algunos le aplauden. Una joven le comenta: “Es la mamá de Pepe, le encanta hacer desmadre, es bien argüendera”. Más jóvenes salen del examen, mientras las señoras siguen discutiendo. El muchacho continúa parado sonriendo frente a la gente. La mamá de Pepe voltea pidiendo aplausos. Al final no logran nada. Ni aplausos ni que lo dejen pasar. El muchacho se retira sonriente.
Los aspirantes van saliendo; tranquilos, sonrientes, mordiéndose las uñas, con ganas de llorar; “Ahora que le dijo a mis papás…”
Uno de los últimos en salir, sale silbando con los brazos en alto y haciendo la “V” de la victoria, Lleva una camiseta del TRI, ahora su única ilusión es que por la noche la selección goleé a Belice.


Imagen: testprep.about.com

lunes, 25 de febrero de 2008

chilango


Exiliarse en la Ciudad de México. Armando Enríquez Exilio. (del latín exillium.) 1.m. Separación de una persona de la tierra en que vive. 2. m. Expatriación, generalmente por motivos políticos. 3. m. Efecto de estar exiliada una persona. 4. m. Lugar en que vive el exiliado. (Diccionario de la Real Academia Española) Durante mi infancia y juventud fui testigo, como muchos otros mexicanos, de la migración a nuestro país de cientos de exiliados; Chilenos, argentinos, uruguayos. Rostros extraviados y de extraviados en lo que se hacían a las nuevas costumbres. Años después viviendo en una ciudad de provincia, un amigo pasando por la dolorosa fase de la separación, con el rostro extraviado, sentenció en la mesa de un restaurante: “No puedo vivir en la misma ciudad que vive la mujer a la que amo”. Así que una par de semanas después abandonó la ciudad en cuestión, en busca de un lugar para vivir. Es decir se exilió. En parte este amigo tenía razón, pues las pequeñas ciudades de nuestra provincia no permiten el terminar una relación de una manera sana, uno siempre se encontrará un tercero que contará las últimas historias de la mitad perdida. Eso sin contar las innumerables veces que uno se tropieza, encuentra o ve a lo lejos a la persona alguna vez amada; queda el caso extremo de con los años volverse punto de referencia por alguna circunstancia fortuita: “Él era el que andaba con la actual gobernadora, que tonto no quiso pedirle perdón y ahora mira, ella con treinta guaruras y el igual de jodido que siempre”, o “A ese lo abandonó la esposa y se fue con un norteño que conoció un día en un café donde lo estaba esperando y le dejó a los seis hijos, desde entonces anda como lelo”. Pero, para casi todos, es muy difícil abandonar el terruño con la idea de no volver pronto o tal vez nunca. A pesar de ello, la idea de ser exiliado para algunos encierra cierto encanto y nostalgia. Nosotros; habitantes de una de las ciudades más grandes del mundo no tenemos que preocuparnos por estas cosas. Vivimos, dado el caso, el mejor de los mundos posibles en nuestra majestuosa ciudad. Conocemos la geografía y sus fallas, mantenemos sitios favoritos y los iconos citadinos siguen allí para referencia común y a pesar de ello aún podemos sumergirnos en la nostalgia del desterrado metiéndonos en lugares nunca antes vistos dentro de la misma urbe. Sí no se quiere exagerar basta con sólo mudarse un par de cuadras en cualquier dirección y de pronto todo se vuelve nuevo y diferente. Nunca he sabido de nadie que abandone nuestra Ciudad por penas de amor, ni tampoco de alguien que se tope con su ex, a menos que lo tenga planeado. Es más fácil ser sorprendido o sorprender a la pareja en el engaño, que a la ex, así como así. Perderse en la ciudad es fácil, tan sólo hay que saber la hora, el día, y el lugar para caminar sin la preocupación de toparnos con algún conocido. De Tlalpan a la Roma, de la Moctezuma a Santa Fe, la ciudad es el mejor lugar si uno quiere sentirse exiliado; nuestra ciudad es en sí protagónica; todos los que en ella habitamos tenemos papeles secundarios, que sirven sólo para enmarcar sus calles. Sus fascinantes zonas no nos pertenecen. Hoy en día, ninguna embajada nos daría exilio bajo el pretexto de ser perseguidos políticos, hoy menos que nunca, cuando campesinos veracruzanos se pasean encuerados por los principales edificios gubernamentales, sin escandalizar a nadie, y los líderes universitarios se hacen viejos dentro del sistema jugando a no estar de acuerdo para no perder su identidad. Cuando las guerrillas duran doce días y se sientan a negociar la paz por 10 años y a publicar libros de ironías. ¿Qué país nos abriría sus puertas y que argumentos le daríamos a Amnistía Internacional para interceder por nosotros? Sufrir un exilio hoy en día, sólo se puede llevar a cabo en autofinanciamiento o con una beca del CONACYT u otra dependencia gubernamental: Pero entonces Amnistía Internacional intercederá inmediatamente en la repatriación porque no se puede vivir en condiciones tan humillantes. Total, si lo que buscamos es el exilio, en nuestra ciudad se encuentra la pregunta y la respuesta. Hace un par de semanas me encontré a un viejo amigo al que no veía hacía más de quince años, ni él, ni yo nos hemos ido de la ciudad, simplemente nuestros círculos de trabajo y de andar por la vida han sido diferentes. Fue un encuentro como de viejos exiliados que coinciden en un espacio neutro y nuestra plática se centró, cual exiliados, en los viejos tiempos y en los conocidos de antaño. Actualmente si uno se muda a ciertas zonas de la colonia Del Valle, de la Nápoles, en último de los casos de la Condesa puede sentirse en Buenos Aires o en Bogota, con fortuna te encuentras algunos narcos de poca monta originarios de Europa oriental y terminas aprendiendo un idioma diferente, incluso si tienes ganas de sentirte en Addis Abeba o en Bophal solo tienes que adentrarte en ciertas zonas de Iztapalapa donde después de ser asaltado y golpeado todavía te preguntarás en que dialecto hablaban tus agresores. Busca las agencias de modelos y haz fila en un casting, hasta puedes encontrarte a otro mexicano para sentirte minoría solidaria, en el mejor de los casos, porque en el peor al detectar que eres mexicano él te ignorará por completo, tal y como lo haría en el extranjero. La zona del hospital ABC y el Colegio Americano en Observatorio es inigualable para sentirse en East L.A. o siéntate un viernes por la tarde en el camellón de la calle de Horacio en Polanco a comer falafel y ver pasar a los Hasadim. Exiliarse en la Ciudad de México, es una más de las ventajas de la aldea global. Hoy en día no necesitas recibir descargas eléctricas en los genitales con picana para salir de tu país, es más no necesitas salir de tu casa para sentirte extranjero; sólo contrata Sky o Directv y activa los canales que tienen audio en inglés, sin subtítulos; deja en la memoria del control remoto Deustche Welle, Rai y Televisión Portuguesa como únicas opciones. Sí te quieres deprimir por momentos programa también Telemundo, suscríbete a un servicio de email con servidor y dominio en otro país, y sólo comunícate con tus amigos y seres queridos a través de él. Conserva tus credenciales de Sams y de Blockbuster ya que son internacionales. Trata de sólo pasear por lugares que te son desconocidos, sin arriesgar el físico.Siente como lo harías en cualquier lugar desconocido al que llegarás a vivir desconfianza por todo mundo (Perdón, se me olvidaba que eso es innato a todos nosotros, los chilangos), Viaja siempre solo; La frialdad de los chilangos ayuda a acrecentar el sentido de soledad y aislamiento. Evita usar el auto, camina, así descubrirás mil y un detalles de la ciudad que te harán sentir que no la conoces para nada. Pero lo más importante es que trates de recobrar el sentido de sorpresa y entonces trates de recordar en cada calle, avenida, edificio y centro comercial que era lo que estaba en ese lugar hace cinco años y entonces te darás cuenta de que lo quieras o no eres un exiliado posted by cernicalo at 6:50 AM Tuesday, March 30, 2004 Durante los últimos veinte años los Chilangos hemos tolerado el ardor y envidia de todos aquellos que siempre han queridos vivir en una ciudad y hemos tenido que sonreír cuando un grupo de simpáticos aborígenes de sus regiones, armados y en estado alterado nos dicen: “ Haz patria Mata un Chilango”. Valgan para todos ustedes las siguientes aclaraciones. 1.La Ciudad de México, como su nombre lo indica es la única ciudad en nuestro país y esto es tan cierto que su nombre en otros idiomas nos da la misma idea. Mexico´s City es el ejemplo más claro. Chilango: Se dice de aquel que nace en la Región de la Ciudad de México, sin discriminación de raza, sexo, religión, signo del RH, forma de conducir o aspiraciones políticas. 2. Uno es de la Ciudad de México sea de donde sea de la Comunidad de la Ciudad de México. Ya, ya sabemos que si eres de Zapopan no eres de Guadalajara. Pero aquí eres Chilango tanto si naces en San Cristóbal de las Casas como si vives en la Narvarte. Eres Chilango y punto. 3. Debido a lo anterior, la expresión "ir al pueblo" no es una frase despreciativa tintada de centralismo. El significado es "irse de vacaciones o pasar un fin de semana en el lugar de procedencia de la familia". Aunque tú sigas siendo Chilango, tus padres y hermanos pueden ser de cualquier otro sitio. Los pobres. 4. Es absolutamente falso que la Ciudad de México no tenga playa. Si no, visiten Acapulco o Cipolite durante cualquier periodo vacacional o puente. 5. La expresión "esta a la vuelta" se traduce por "esta a 40 minutos en coche o 60 andando", pero bueno ¿Tu sabes lo grande que es la Ciudad de México? ¿No te digo que la playa la tenemos en Acapulco? 6. Si vamos de visita a sus encantadoras comunidades provincianas y preguntamos si el mole que estamos comiendo es de metate, y en realidad es Doña María, no hagan chistes sobre el asunto. Ya nos gustaría verlos a ustedes en el Metro o afuera de la Torre Mayor. 7. Se pongan como se pongan los Regios, el metro de la Ciudad de México es el más bonito de México. Y ni crean que su macroplaza, con esa horrible fuente de Poseidón y su espectáculo de luces y sonido son alto diseño; tienen el buen gusto de un conductor de pesera al diseñar su cabina de conductor. 9. En La ciudad de México no llamamos “muebles” a los automóviles, ni virote a los bolillos; conocemos las tortas y jamás se nos ocurriría sumergirlas en salsa, sabemos que el picante va adentro del pan, tampoco tenemos que nombrar a nuestros alimentos con nombres repugnantes como carne masticada; distinguimos bien entre la comida y la mierda. 9. No se dejen engañar. Los que pronuncian "Ej que" en vez de "Es que", no son Chilangos. Provienen de los cinturones de miseria de nuestra gran ciudad, que es muy diferente, Aunque se ostenten como Jefes del gobierno. Aquí siempre ha habido clases hasta en los acentos. 10. No critiquen a los Chilangos porque se van todos los fines de semana de la ciudad porque no la aguantan. No, los que se van los fines de semana son los que NO SON DE LA CIUDAD DE MÉXICO y vuelven a casa. Los Chilangos salimos en Puentes. Dos días del fin de semana no nos alcanzan para llegar a los confines de nuestra ciudad. Porque eso sí, en la Ciudad de México no hay inmigrantes y si los hay, sus hijos son Chilangos. 11. Los Chilangos amamos nuestra ciudad, y nos encanta que todos la conozcan y vean la grandeza de México-Tenochtitlán, por eso les pedimos a todos aquellos que bajo el pretexto de venir a manifestarse en ella, vienen, dos y hasta tres veces al año, a ver que la gloria si existe, se abstengan de hacer cosas que en sus cándidas y moralinas provincias no se atreven a hacer como andar encuerados por las calles. También les recordamos que existen los baños, aquí no están en su casa donde se acostumbra defecar al aire libre. A los poblanos se les recuerda que las luces de las esquinas se llaman semáforos y sirven para regular el tráfico, pidan en las casetas de la autopista un instructivo. Recuerden a donde fueran hagan lo que vean. 12. La Ciudad de México fue fundada en el siglo catorce. Cuando los españoles llegaron se sorprendieron de la limpieza y organización de Tenochtitlan. Los Chilangos tenemos mucho de que sentirnos orgullosos, pero tú no, por favor quítale los colores payos a tus placas de Jalisco, que no es lo mismo ser el ombligo de la luna que un rió de mierda. 13. Por último la próxima vez que con ánimo de resentimiento o de odio digas; Haz patria mata un Chilango ten en mente dos cosas: Puedes estar matando a tu madre..., pues todos ustedes tienen familia Chilanga, y dos y más importante; ¿Qué sería de ustedes sin nosotros?... Sencillo no podrían participar y ganar en la Academia, Big Brother y otros reality. Mapa de la ciudad de México y sus alrededores.