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martes, 22 de junio de 2021

Nada como el cine en casa.

 


Oklahoma 148 es la dirección de la casa donde pase mi infancia y adolescencia, los textos de esta colaboración tienen que ver con esos años y las reflexiones que hago 40 años después.

Armando Enríquez Vázquez

Desde mi infancia entrar al cine era algo extraordinario, más que asistir a un estadio, incluso más catártico que la iglesia para un creyente verdadero. Lo que sucedía al apagarse las luces del recinto e iniciar la proyección del Noticiero Continental y lo que hoy llamamos en nuestro prefecto espanglish trailers y entonces conocíamos más castizamente como cortos o avances, que nos invitaban a regresar, era una experiencia única e irrepetible, aunque se tratara de la misma cinta. Subir las escaleras o esperar la apertura del lobby de la sala era el preámbulo de que algo maravilloso estaba por suceder, comparable únicamente al abrir un libro y permitir que las primeras palabras ejerzan su seducción en el alma. A la entrada de los cines enormes vitrinas llenas de fotografías del rodaje o de escenas de la película que se exhibía o de las próximas en ser exhibidas, eran el presagio del milagro que estaba por suceder.

La oferta de los cines se reducía a los estrenos mexicanos de la época; los churros nacionales y aquel breve momento de gloria en la producción de principios de los setenta cuando dentro del populismo y demagogia; Luis Echeverría y su hermano Rodolfo decidieron hacer del cine nacional otra de sus cajas chicas y mina de oro para productores mediocres o falsos que se aprovecharon del llamado Banco Cinematográfico que prestó dinero a diestra y siniestra y sin garantía alguna, aun así películas como México Reed Insurgente de Paul Leduc, El Profeta Mimí de Pepe Estrada,  El principio de Gonzalo Martínez, Mecánica nacional y Las fuerzas vivas de Luis Alcoriza, El castillo de la pureza dirigida por Arturo Ripstein, fueron las excepciones que permitieron el regreso de los mexicanos a ver su cine y llenar las salas importantes de la capital, mientras los otros, autonombrados directores de cine, huían con el dinero de los mexicanos a cambio de nada.

Fue en salas enormes como arenas de lucha donde vi mis primeras cintas de Muestra Internacional de Cine con mi abuela materna que me llevó a ver El niño salvaje de Francois Truffaut y Derzu Uzala de Akira Kurosawa y tan sólo unos años después mientras estaba en la secundaria compré con los ahorros de mis domingos mi primer pase para una Muestra Internacional de Cine que se veía en los años setenta únicamente en el Cine Roble, que murió en 1985 con el terremoto. Su lugar lo ocupa hoy un recinto donde se llevan a cabo otro tipo de espectáculos menos dignos y más actuados; es la sede de la Cámara de Senadores de la República. En aquellos años después de dos semanas de cintas de todo el mundo, la Muestra terminaba con un blockbuster gringo en otro cine extinto, el Cine Latino, donde vi Encuentros cercanos del tercer tipo de Spielberg y una de mis películas favoritas de todos los tiempos Alien de Ridley Scott.

El cine como sala de exhibición, fue un recinto sagrado, una utopía llena de aventuras, historias desgarradoras y personajes a los que quería parecerme, inspiración para textos e ideas primarias que vaciaba en cuadernos. Pero también era un lugar lleno de personas que iban al cine a decir tonterías y hablar cuando no debían. Una vez fui con mi hermano Gonzalo a ver Vestida para matar de Brian de Palma a unos cines que había en la pequeña plaza que esta sobre Insurgentes sur, frente al Parque Hundido, donde hoy están las oficinas de una empresa de seguridad. Yo había visto la película una semana antes y quería volver a verla. Delante de nosotros en la fila para entrar en la sala, había una pareja de imbéciles que en su charla de enamorados a él se ocurrió revelarle a ella quien era el asesino en la cinta. Mi hermano después de la muy merecida mentada de madre a la pareja no vio la película a gusto.

Claro que había otros problemas; como muchas cosas en México de antaño, la mayoría de las salas de cine pertenecían al gobierno federal que los mantenía en el peor estado posible. La empresa estatal se llamaba COTSA (Compañía Operadora de Teatros).  Siempre había a la entrada un burócrata de traje caqui o verde luido y lentes de vidrio verde al estilo el máximo líder sindical del país; Fidel Velázquez, que sin inmutarse recogía los boletos.

Las palomitas no se hacían en la dulcería, llegaban al cine en enormes bolsas de plástico, amarillas, secas y sospechosamente inodoras, se vaciaban en vitrinas con el eterno foco de tungsteno de 100 watts para calentarlas. Copas de plástico con una porción que hoy consideraríamos raquítica de helado napolitano y las cajitas de Pon pon’s de Sanborn’s. Las butacas tenían una separación entre una y otra menor a los 15 cm. lo que por un lado ayudaba a tener esa rodilla del que se sentaba atrás de uno como parte integrado del respaldo y la rodilla propia como parte del respaldo del que tenía uno enfrente, era una arquitectura muy humana. Por otro esa separación impedía a las personas de cierta altura sentarse a la mitad de la fila a menos de que fuera en la primera línea de butacas. Durante décadas me ví obligado a sentarme en el asiento junto al pasillo para poder sentarme en diagonal y no lastimarme las rodillas. Lo mejor era entrar con las luces apagadas porque así no te enterabas que era aquel revestimiento pegajoso que era común a la mayoría de las salas de cine y lo peor fue que con los años comenzaron a aparecer un gran número de gatos en ciertas salas de COTSA y aun así el gobierno lanzó una campaña de publicidad con la llegada de las primeras video caseteras que decía el cine se ve bien en el cine o una tarugada similar. La única ventaja era que ciertos cines tenían Permanencia Voluntaria, lo que significaba que una vez pagado el boleto podías quedarte en el cine todo el día, a veces este tipo de cines tenían doble función por lo que vías dos películas por el precio de una.  



El cine dejó de ser una experiencia agradable conforme pasaron los años; nunca faltaban los que utilizaban la sala para platicar sobre otros asuntos, lo que iban tratando de adivinar la trama en voz alta y si su pronóstico se volvía realidad lo celebraban como quien corea un gol. Los que masticaban su gaznate con la boca abierta haciendo un ruido que opacaba los efectos especiales de la cinta, el que te clavaba las rodillas en el respaldo del asiento. Estos males con el tiempo y la llegada de las video caseteras, dvd, blurays y las recientes plataformas sólo han logrado vulgarizar la experiencia de acudir a la sala a su máxima expresión, hoy la gente piensa que puede entrar al cine para comportarse de la misma forma que lo hace en la sala de su casa y no porque haya sido el espectador modelo en mi vida, cometí muchas impertinencias sentado o intentando sentarme antes de iniciar la cinta. Pero cuando las luces se apagan uno se calla y deja que la magia suceda. De la misma manera creer que la sala de cine es la extensión natural de la sección de comida rápida del centro comercial ha transformado el cine en una experiencia aromática que no necesariamente es la más deseada y apetitosa. A lo mejor si en las zonas de venta de alimentos se incluyeran garnachas y tacos al pastor la sala sería más atractiva.

La llegada de los celulares y los millenials sólo han empeorado esa experiencia antes maravillosa. Afortunadamente ahora hay funciones en las mañanas entre semana que nos permiten ir al cine y tener a pocos o ningún otro ser humano en la sala.

Lo que la pandemia nos ha enseñado, yo lo he sabido y practicado por más de veinte años; no es necesario, ni imprescindible ir al cine hoy tenemos muchas opciones para ver las películas, documentales y cortos, a la hora, en el momento y el día que se me de la gana o tenga el tiempo para hacerlo, pero lo más importante sin que el prójimo nos joda la experiencia. Hoy que Cinemex anuncia cierre de salas, lo único triste es que nunca se hayan dado cuenta de lo que estaba sucediendo a diferencia de Cinépolis que desde hace años ya tiene la opción de Cinépolis Click.

 En los setenta y ochenta no existían opciones para ver películas de viejas o de un par de meses atrás si hay no en la cartelera. Pero eso será tema de otro texto sobre mi educación cinematográfica.


Este texto fue publicado originalmente en megaurbe.com.mx el 26 de febrero de 2021 

Las fotografías son de mi autoría también. 

lunes, 24 de abril de 2017

Porque ya no voy al cine.



Más allá de las cuestiones dramáticas, hace mucho que decidí ir al cine lo menos posible. Por un lado, el exceso de remakes y melodramas de cuarta disfrazados de cine arte, mientras que por otro la exagerada cantidad de superhéroes crean una oferta cada día menos tentadora.
 Sin embargo, más allá de esas cuestiones temáticas, como decía, existen razones de peso, que se han ido acumulando con el paso de los años para evitarme la molestia de ir al cine. Debo confesar que la idea no es nueva en mí. La percepción de la importancia de no ir al cine empezó a mediados de los años ochenta cuando la mayoría de las salas de cine en México, eran operadas por COTSA (Compañía Operadora de Teatros) un organismo del gobierno federal. A mediados de esa década las audiencias comenzaron a abandonar las salas de cine por muchas razones; pésimas butacas, diseñadas para personas que midieran menos de un metro cuarenta de altura. La gente con una altura mayor se veía atrapada entre asientos de la fila de enfrente que laceraban las rodillas pues la altura de la butacas era menor a la de los hombros de su ocupante y la rigidez del respaldo de la butaca en la uno estaba sentado, por lo que en mi caso prefería sentarme en los asientos pegados a los pasillos y así extender las piernas en diagonal, lo cual llevaba el peligro de hacer tropezar a alguien que entrara a la sala una vez iniciada la función y tener que enfrentar algún tipo de reclamo que podía terminar en bronca o peor aun terminar con el pantalón lleno de algún refresco dulzón y pegajoso, recubierto de palomitas.  La proyección dejaba mucho que desear y en más de una ocasión el proyeccionista conocido por el espectador mexicano como “Cácaro”, olvidaba cambiar de rollo y dejaba por minutos a la sala en la oscuridad mientras las mentadas de madre aumentaban. Una vez en un dizque cine cultural del Sur de la Ciudad, el “Cácaro”, tuvo  la creativa idea, por no llamarla descuido o pachecada de intercambiar los rollos de la película como le dio la gana creando gran confusión entre los espectadores que vimos una película totalmente diferente al resto del mundo.
Las palomitas eran infames; secas, de color amarillo, algunas veces hasta rancias, y no se hacían en la dulcería del cine. Llegaban en sospechosas y enormes bolsas de plástico a la dulcería, donde un dependiente se dedicaba a vaciarlas en una vitrina que funcionaba bajo el mismo principio que lo hacen muchos puestos callejeros de carnitas donde la fuente de calor, sí es que había alguna, era un foco de sesenta watts. Te las daban en una pequeña bolsa de papel y ese era el único tamaño posible. El servicio era nulo y todos los cines sin importar la zona de la ciudad en la que se encontrara parecían oficinas de la Secretaria de la Reforma Agraria, operados y atendidos por maestros del SNTE y de la CNTE. Pero estábamos acostumbrados a una mediocre exhibición en mediocres cines del Estado, con estrenos que llegaban con meses de retraso en el mejor de los casos y que pasaban por la censura. Hasta las salas privadas como las de Organización Ramírez, que controlaban algunas salas; el Cine Agustín Lara, entre los que recuerdo, en Patriotismo o los infames Choricinemas de Plaza Universidad, famosos por vender siempre más boletos que asientos tenían las salas, así como por ser uno de los primeros complejos con varias salas diminutas en el espacio que anteriormente servía para un solo cine, o las salas de Gustavo Alatriste que tenían nombres de cineastas y exhibían un poco de softporno, otro de autores de culto y otro tanto de underground. La más de las veces, todo cabía en una sola película, En cuanto al servicio eran iguales y a veces hasta peores. Muchos de los espectadores hacían honor a las películas que se exhibían por eternidades; entre indigentes y obsesos por ver desnudos en las pantallas.
A mediados de los años ochenta los amantes del cine comenzaron a abandonar las salas de cine, se culpaba a la inseguridad, a lo vacío que estaban muchos de los cines que parecían estadios, pero nadie se atrevía a decir la verdad, porque tenía un gusto a placer culposo; las videocaseteras comenzaban a ganar terreno al cine y frente a una mala exhibición en una sala incomoda estaban los primeros sistemas de audio estéreo para televisiones y la videocasetera que tenía un botón de pausa que le permitía pararse a preparar palomitas en el también novedoso, en ese entonces, horno de microondas, ir al baño y hasta se podía con otro botón regresar las secuencias más candentes de la película y ponerle pausa para verle los senos a su actriz favorita. Las salas de cine comenzaron a vaciarse, y en lugar de espectadores muchas de las salas comenzaron a llenarse sospechosamente de gatos. Llegué a estar en salas que tenían más felinos que seres humanos. Esto trajo otra consecuencia poco atractiva, los cines olían a orines de gato y a veces a orines humanos combinados.
En 1988, viví durante unos meses en la Xalapa, Veracruz, donde no solo descubrí que los cines de COTSA sufrían también abandono, sino que los cines en provincia eran el refugio perfecto para burócratas veracruzanos que se iban de “pinta de su trabajo” y dormían a pierna suelta en las incomodas butacas y además nadie objetaba el que se fumara dentro de la sala o se bebiera. Una vez pagado el boleto uno era libre de hacer lo que quisiera.
Cuando finalmente el Estado descentralizador de Salinas decidió que los cines eran un muy mal negocio y los vendió, el daño estaba hecho. Con el tiempo surgieron los Cinemex, Cinemark, Cinepolis; al parecer la modernidad finalmente había llegado a la exhibición de películas en nuestro país, buenas copias, audios que cada día son programados para engendrar generaciones de seres humanos sordos, palomitas hechas en la antesala, en envases gigantescos rebosantes de mantequilla, caramelo, chamoy y tan caras que equivalen a una comida corrida en las calles de nuestra ciudad. Refrescos en cubeta para ser un obeso del primer mundo sin la molestia de tener pasaporte, hot dogs, nachos y últimamente placeres alimenticios que parecen sibaritas, pero en realidad son sólo otra manera de llamar a una torta de jamón y queso. En el camino a la modernidad se perdieron los gaznates y los pistaches.
Pero más allá de los gustos alimenticios cuando la gente regresó a las salas de cine, creyó y sigue en el malentendido de estar en la sala de su casa. Existen nuevos y muy creativos espectadores; el que lee el titulo y los créditos de la película en voz alta. El que lleva a sus hijos a películas en inglés cuando los niños no saben leer aun y no lee los subtítulos a todos a su alrededor.  El que platica toda la película, el que a gritos anticipa lo que el cree que va a suceder, los novios que se pelearon antes de entrar a la sala y tratan de reconciliarse dentro de ella, para poder ir a cenar o a tener sexo de reconciliación después de la película. Las ancianas que no dejan de hablar de los buenos actores que había hace 40 años. Incluso alguna vez me tocó que antes de la función al subir el telón para dar paso a los cortos apareciera una declaración de amor y un adolescente llenara de flores, palomitas y refrescos a una muchachita con la que extasiado sudó la palma de su mano durante toda la función. Además de retrasar el inicio de la cinta por más de 20 minutos.
Alguna vez pensé que refugiarse en las funciones matutinas era un gran remedio para evitar a los espectadores de cine, pero ya ni eso resulta.  Las salas están llenas de pubertos de pinta o de cuarentonas y cincuentonas de regreso de su terapia. Todas quieren ver películas de Woody Allen o Bergman como sucedáneo de café y magdalenas, pero terminan viendo Los Vengadores, o un chick flick rodeadas de las amigas de sus hijas y llorando e ilusionándose como ellas.
En fin, las únicas emociones que quedan en los cines ya no tienen nada que ver con una experiencia estética, sino con el evitar ser baleado mientras ve un anuncio de que bella es la vida.

Armando Enríquez Vázquez

Una primera versión de este texto apareció en el portal palabrasmalditas.net
imagen: otroblog,blogspot.com